Jueves 26 de Julio

Estoy en el avión. Ya pasé mi maleta para que viaje por abajo. Mi maleta está mala, no sube la palanca, a pesar de que traté de abrirla con destornilladores. Mi amigo Ricardo me dijo que llevara un diario de este viaje porque sabe que no me gusta viajar. He luchado para saber en qué debería escribirlo. Si a mano, si en el computador, si en el celular. Y si es en un cuaderno, qué tipo de cuaderno… No entiendo, de verdad es un gran problema para mí. He arruinado todos los procesos de escritura que tengo con este tipo de dudas. He usado y he usufructuado de una máquina de escribir, un hardware de procesador de texto de los años 90 -que es como una calculadora analógica pero con teclas, no números-, un cuaderno, un cuaderno planificador, dos computadores… Lo último que hice fue llenar un panel de corcho con anotaciones y fotos, como en las investigaciones de homicidio. Me gustaría que este tipo de dudas me llevara a hacer algún tipo de invento, una nueva máquina, pero no lo he hecho, y  todos mis escritos están dispersos.

Al menos esa es una cosa que me gusta de estar en el avión, es estar adentro una obra enorme de ingeniería. Las decisiones de cómo armar una mesa reclinable -esta no es la que se dobla adentro del mango de un asiento, es la que va al frente… el color incluso, hay un color que tienen los asientos y las mesas. Es el mismo color de carcasas de computadoras, de consolas blancas, es un blanco más cremoso.

La comida, con su empaquetamiento metálico y la presentación que parece de plasticina fue lo primero que me hizo pensar en la palabra ingeniería.

Lo más terrible de los escritos que no he terminado es un cuento que llevo más dos años escribiendo y no lo termino porque está desparramado en todos esos formatos. Y en parte no lo termino porque no quiero que me abandone, es mi compañía principal, es lo que acompaña mi mente. Se trata de un Rey, y fue lo que inició mis investigaciones sobre los castillos. Este es uno de los motivos por los cuales viajo, porque jamás he visto un castillo ni he sentido el temor de estar ante un rey o un monumento así. Conocer la arquitectura de palacios, de jardines, el enfrentamiento con una belleza física tanto del paisaje como de esos humanos europeos, que te hacen sentir más bruto, te hacen volverte mal educado por mirarlos fijo a la cara mucho rato… Eso siento que vengo a hacer. Y al matrimonio de mi mejor amigo, que conocí en Karate a los 12 años. Se casa en Bulgaria.

Ya pasaron la comida, le pedí el pan que le sobrara a mi compañera de asiento.

Siempre quise reconstruir los asientos de los aviones en mi pieza, con cosas que tenía a mano, como dos sillas de oficina, cinturones, papel de aluminio. Hasta pensé postular a un fondo de cultura, presentándolo como si fuera un montaje de arte, para tener la excusa de armar un asiento de avión. Me acuerdo que una vez me confundí, y se me mezcló la recreación: estaba pensando en cómo armar los cinturones que mantienen fijo al viajero, y se me mezcló la reconstrucción del asiento de avión y la de una silla eléctrica.

Antes me hiperventilaba en el avión por pensar en cómo lo hicieron, me ponía a hablar muy fuerte, se me caía la cocacola que me servían, de entusiasmo. Hoy vi algunos jóvenes hiperventilados en el aeropuerto. Ahora veo que me sigue impresionando lo mismo de esta nave, pero sin ningún entusiasmo. Sin ningunas ganas de comentarlo, es decir, de hacer algún tipo de nuevo amigo. Y eso es raro en mí, que he estado durante años fijada con el tema de la amistad.

Mi mejor amigo que conocí en Karate se llama Thomas. Él fue de los primeros en decir que yo parecía un niño argentino, por mi ropa como de hombre, el pelo largo en un moño bajo… A esa edad, la primera vez que se me acercó un señor, me miró fijo y me estiró la mano para darme un saludo recto, un saludo entre caballeros (en este país a las mujeres siempre se les saluda de beso, no de la mano), me acuerdo que temblé, no podía creer que ese hombre o ninguno no supiera que existía una verdad indudable para mí y esa verdad era que yo no era un niño, era una niña de 12 años…  ¿Cómo no había una intuición, un lectura? Recuerdo el miedo que sentí al darme cuenta que otras personas no podían acceder a mi mente.

A pesar de ese miedo, me dio risa que mi amigo haya inventado eso de niño argentino.

Ahora apagan las luces del avión para que durmamos, cerraron las ventanas para que pase el tiempo más rápido, aunque es de día, son las 2:40 pm.

 

Lunes 30 de Julio

Ya fue el matrimonio aquí Sozopol, y me quedé dos días para conocerlo. Ya se habían ido todos los invitados y mi amigo Thomas iba camino a su luna de miel.

El mar en Sozopol no tiene olas, no se puede jugar a Baywatch, a ahogarse, cosas a las que jugábamos con mis hermanas cuando chicas. En el mar me acordé que en una piscina jugué una vez a que los flotadores eran consolas de Naves. Las consolas tenían bandejas con botones para pedir comida, y eran deslizadas por unas aeromozas. Debí imaginarme eso porque los trajes de baño de niñas parecen uniformes de azafatas.

Una de las anfitrionas del hotel estaba maquillada como princesa Disney. “Así son las mujeres de los Balcanes” me había dicho ayer Thomas. La anfitriona me contó que en un monasterio vio dos peces dorados y pidió un deseo.

Tenía puesta una polera blanca parecida a una que yo tengo. Sin querer me puse esa polera en la tarde y cuando nos encontramos, dijo algo en búlgaro a otra trabajadora.

Me pregunté si le dijo que yo estaba copiándole, que me quería vestir con su ropa.

 

Martes 31 de Julio

Hoy tomé el bus de vuelta a Sofía y le mostré mi ticket al conductor. El dijo que no era el ticket correcto, lo miró rápido, se subió y cerró las puertas. Le toqué las puertas de nuevo, pidiéndole por favor que me abriera, porque no me abría. Se enojó y empezó a gritarme en búlgaro, me imaginé que me decía “¿tengo cara de hablar en inglés?” porque yo le gritaba de vuelta en inglés. Ni siquiera quiso abrirme las puertas para poner mi maleta, le tuve que pedir por favor. Bajó y le pasé la maleta, pero no me quedé mirando hasta el final si la había subido. Cuando ya estaba sentada en el bus, mirando por la ventana dudé de hecho si la había subido, quizás la había dejado en la calle de enojado.

Me quedé dormida como cuando uno se queda dormido después de que te encierran en la pieza castigado, y te pones a gritar y hacer una pataleta que dura horas, hasta que te quedas dormido. De repente sentí que alguien me sacudía el brazo, era el conductor de bus que me despertó, me dijo mi nombre. “Florencia, aquí está el recibo del pasaje”. Me pareció que decirme mi nombre era una forma de pedir disculpas, de decirme que hiciéramos las paces.

Ese tipo de perdón solo lo he vivido antes en la noche, cuando estoy durmiendo y sueño que se soluciona un problema, que ya no estamos peleados.

 

+ Florencia Edwards escribe poesía y cuentos. Ganó el primer lugar de poesía, concurso Vita Joven el año 2004. El premio era la impresión de 100 copias de un poemario llamado “Queso Derretido”. El 2009 ganó el primer lugar en el concurso de poesía Universidad Mayor con el poemario “Ya no van a haber robots: aventuras de motel”. El 2010 imprimió y encuadernó, como parte de una colección de libros artesanales creados por el grupo “La Faunita”, su libro de cuentos llamado “Historias de Terror para niños”. Al año siguiente, este libro se tradujo al Francés y se publicó por LC Editions bajo el nombre “Hitler in love”. Actualmente está escribiendo un nuevo poemario para Lecturas Ediciones, y un libro de cuentos para la editorial Saposcat.