“¿Querí’ conocernos?”, me dijo un compañero el primer día. Cuando Melissa rompió conmigo dejó de importarme el tiempo libre y me internaba allí hasta los festivos o los fines de semana. Cualquier día es el mismo si es que estás en el extranjero. Yo quería tener dinero y la mejor época se acercaba, las abultadas cenas de fin de año necesitaban productos y los productos nos necesitaban. Vestía de negro, recuerdo, era casi invisible, y para conocerlos estaba en el lugar correcto.

No volví a ver al tipo que me dijo eso. Me contaron que se fue y yo entendí que por mi culpa. Cuando un nuevo llega, a alguno de los más irresponsables, a algún rebelde que era atrapado comiendo o chateando en plena caja, lo trasladaban de castigo a un supermercado más pobre. “Porque en este solo se quedan los millonarios”, me diría alguna vez Yakeline, mi primera jefa. Conseguir trabajo, además, era parte de los requisitos que Melissa exigía para regresar conmigo. No bastaban las ganas, y aunque ella nunca lo dijo, el que yo esté aquí, en Santiago, apenas cumplidos los 20 años, se sentía como casi una condición suya para continuar con lo que teníamos.

Jamás soy de los que toman la iniciativa, así que en el trabajo me dediqué a hacer lo necesario y no más. Rápido se dieron cuenta de que no era de allí y no podía hacer mucho para ocultarlo: la cara, el acento, no sé qué más. Les dije mi nombre, pero fue en vano, me empezaron a decir “el negro” y estaba bien, yo lo era.

Aun así terminé conociendo a más gente de la que imaginé en Nataniel Cox y los recuerdo a todos. Como la Javi, por ejemplo, la primera chica que me habló —pelo rubio tomado en un moño con una flor, ojos verdes saltones, una chaqueta de cuero negro con tachas que combinaba con nuestro uniforme— y que solía aparecer de golpe a mi costado exigiendo un beso como saludo. Yo, torpemente, le extendía la mano pero ella de un tirón me acercaba a su cuerpo. “Hola y chau, negro. La Yakeline dice que te vayai’. Que te vayai’ al tiro”, decía con su vozarrón profundo.

A diario, cuando lo repetía, me ponía nervioso y sudaban mis manos. Las bolsas se pegaban en ellas, entonces la Javi tomaba una y decía: “Hueón, tení’ que abrirlas así, mira, por el medio”, pero eso nunca funcionó. Era lento y las cajeras, aun sabiéndolo, no dejaban de lanzar productos, que aprendería con el tiempo, como el rostro de los clientes y hasta el monto de las propinas que a veces también tiraban; el jodido pitido de las cajas y esa musiquita que dicen impulsa la compra. Las preguntas frías, también, igualitas a las máquinas: “¿Quiere pagar con tarjeta?”, “¿donaría cinco pesos para la fundación Paréntesis?”.  “Negro, la Yakeline dice que te vayai, que te vayai al tiro”, repetía, y me arrancaba del lugar.

Yakeline, la encargada de los empaques que me había hecho entrar al súper, también vestía de negro: los zapatos, el banano, la polera que nos obligaban comprar y que llevaba un logotipo de color fosforescente bordado en el rincón izquierdo. La había conocido en la fiesta de una amiga en común que tenían con Melissa. Ella debía acompañarme esa noche, pero se enojó y fui solo. No había comido ese día, no tenía más dinero, llevaba como cinco meses en Santiago y me habían echado ya de dos trabajos. Había hablado con mi mamá, le había dicho que solo esperaría dos semanas más y lo mismo le dije a Melissa. En la fiesta, en el quincho de un edificio cercano al metro Santa Ana, no sé cómo fue que terminé pegado por horas viendo bailar a la Yakeline, y ella sonreía de tanto en tanto, logrando ese rubor extraño en mi cara mezcla de la vergüenza y del alcohol. Cuando tomé la última empanada antes de volver a casa, no sé cómo se apareció a mi costado y me entregó un papel con su número. Con una palmada media brusca lo estrelló contra mi pecho junto con un billete rosa y me habló de un trabajo para mí. Probablemente fue Melissa quien le dijo que yo andaba buscando uno, pero Yakeline ni lo mencionó. “Guárdate estas cinco lucas”, repitió, “que sea para tu pasaje”.

Me sentí extraño y feliz esa noche. Era la primera fiesta en Santiago y me la había pasado mirando a una mujer que no era Melissa, que me ofreció trabajo y, encima, me dio dinero. Quería llegar a casa de todas maneras, celebrar, contárselo, aunque sea en parte. Pero al intentar abrir la puerta del departamento que compartíamos en una torre inmensa, en Estación Central, apenas la dejaban mis tres maletas amontonadas junto a la cocina. Melissa me dijo que era por su madre, que le había dicho que ya era demasiado tiempo, que yo era un holgazán, un mantenido, que por mi bien me regresara a casa.

No me defendí y aguardé en la madrugada como un perro junto a las bancas de ese terminal de buses que se encuentra dentro de un mall. A primera hora busqué una pieza cerca y gasté las ochenta lucas que me quedaban para regresar. Le dije a la dueña que la otra semana le daría un monto de garantía y aceptó. Después me comuniqué con Yakeline. Ella dijo que el trabajo era sencillo, que se trataba solo de empaquetar las compras de los clientes en un supermercado, y que mi sueldo serían las propinas. “Nataniel Cox”, repitió, “¿conoces?”.

Por aventurarme a decirle que sí llegué tarde el primer día, pero quizás también porque seguía jodidamente enamorado de Melissa y olvidarla pesaba tanto que solo mi cama y el sueño podían contenerme. Llevaba la cuenta de los días desde que me echó de casa y no sé por qué también se lo conté a la Yakeline. “Lo bueno es que esto lo puedes hacer mientras tu mente está en cualquier cosa”, me dijo, y le creí. Ese día también pensé que hablaríamos sobre lo que pasó en la fiesta, pero no, solo mencionó que oficialmente yo no podía trabajar allí: no era estudiante, no tenía ningún tipo de visa. “Pero tranquilo”, agregó, “igual puedes quedarte un rato”.

De todas formas, Yakeline tuvo que echar al compañero que me dijo que estaba en el mejor lugar para entender a los chilenos. Su plan, me lo explicó después, era convencer a la supervisora de que algunos malos empaques debían ser removidos y así se abriría una convocatoria nueva. Mientras, yo tendría que estar atento a desaparecer a su señal o hacer algo para conseguir una visa o un RUT, por lo menos. Inventar, además, una historia convincente: que estudiaba algo, que vivía cerca, que me daría el tiempo para trabajar responsablemente porque de verdad lo necesitaba.

Aprendí muchas cosas por esos días. El protocolo era así: puntualidad, vestimenta impecable; hombres bien afeitados, mujeres con el pelo recogido, y a los clientes había que sonreírles siempre. Daba igual si terminaban diciendo: “ups, pagué con tarjeta” o “lo siento, no me sobró nada”. También empacábamos regalos e íbamos a dejar las compras a domicilio.

Un día de esos, Yakeline me contó que se había encontrado con Melissa y yo solo guardé silencio. No sabía qué más decirle y ella prometió nunca más tocar el tema. Al comienzo era la única amiga que tenía en Nataniel Cox, pero empecé a coincidir con el mismo grupo en mis turnos y me apegué a él. Como el supermercado reventaba para fin de año, la cantidad de empaques se elevaba tanto que teníamos que hacer una enorme fila única y rotar cuando recibíamos cien pesos. En esa temporada conocí al Venezuela, por ejemplo, tan flaco que el pantalón se le caía a la cadera; al Carlos, un estudiante de derecho con calvicie prematura; y al David, de mirada arrogante, el más alto del grupo. Todos, plantados allí por horas y discutiendo huevadas coincidimos en algo: nos gustaba mirar culos.

Alguna vez, el Venezuela me dijo que después de empacar un carro enorme, el dueño le dijo que su mujer le alcanzaría la propina y no lo hizo. “Pero la mami tenía un hilito metidito entre las nalgas, que me di por bien pagado, mi negro”, alardeaba, haciéndonos cagar de risa. Entonces creamos un código: cuando alguno detectaba un buen culo, hacía una señal —un ligero silbido o un carraspeo fuerte— y nadie le perdía el rastro, la seguíamos con la mirada hasta que abandonaba el supermercado. Daba igual si entregaba o no propina, las lucas vendrían igual. Cuando Yakeline me dijo que oficialmente era trabajador de Nataniel Cox, al igual que a los productos, ya me había memorizado los culos de por lo menos veinte hembras y, claro, a Melissa cada vez la recordaba menos.

Nunca sentí más estabilidad que en ese instante. A mi madre, recuerdo, le llamé un día y le conté emocionado que por primera vez había vuelto a comer en un restaurante, que me había comprado un par de libros y hasta unas Vans. Estaba escribiendo, también; me sobraba tiempo en el trabajo y me dediqué a desperdiciarlo, hasta que terminé matriculado en un curso de dos años sobre redacción web y community manager, la carrera del futuro decían. Se alegró bastante mi vieja. Se alegró toda mi familia.

Melissa siempre quiso trabajar de empaque. Debo admitirlo, todavía pensaba en ella. “No tienes idea de cuánto ganan esos tipos”, me había dicho la primera vez que la acompañé a un supermercado en Santiago, “te juro que voy a entrar algún día”. Pasó al revés, por supuesto, así era con sus promesas. El día que terminó conmigo me dijo que nunca más me volvería a escribir, que haría su vida y que yo hiciera la mía lo más lejos posible de la suya. Asentí y le dije que no había problema. Santiago era grande, más grande que mi ciudad, y quedarme sería también una forma de evitarla, de no encontrarla. Pero un día, meses después de lo que pasó, me escribió.

Sé que te está yendo bien y por eso no me preocupo. Espero que algún día entiendas que la decisión que tomé fue porque mi mamá estaba súper colapsada. Ahora que vives solo quizás puedas entender lo caro que es vivir en este país. El otro día me encontré con Yakeline y me dijo que ya no será más la encargada de tu supermercado, pero no te preocupes, no te echarán. Dice que antes no hablabas mucho, que solo hablabas con ella y que recién te estás soltando con los demás. Dijo también que algunos compañeros te dicen “el mudo” y me dio una risa… no me extraña. Creo que piensa que aún nos vemos, por eso también me dijo que le parece bien que te hayas puesto a estudiar algo. A mí también me da gusto, te lo digo de adentro. Quizás yo me haya equivocado contigo. Tu mamá ya no me volvió a llamar, por cierto, no sé qué le habrás dicho de mí, pero bueno, ya no importa. Cuídate mucho y ojalá nos encontremos un día.

Leí eso en la bandeja del Gmail el día que un compañero me dio la clave del Wifi del restaurante de comida rápida que había en el supermercado. “Negro, ¿qué lees?”, me dijo, intentando mirar la pantalla.  “Ah, una mina caliente”, le respondí, mientras ocultaba rápido el celular. Cuando recordé el mensaje de Melissa más tarde ya me había arrepentido de contestarle. Me sentí estúpido ese día.

Pronto Yakeline dejó de ser la encargada y yo le envié un par de mensajes para agradecerle por su apoyo, pero nunca me respondió. A su puesto terminaron ascendido a David, uno de los tipos con quién mirábamos culos. Me pareció extraño sí, sobre todo porque juraba que la jefa del supermercado ya lo sabía y hasta planeaba echarnos, por eso me alejé del Venezuela, del Carlos, del David. Él me había dicho alguna vez: “loco, la jefa viene y me agarra de los hombros, de los brazos y a mí se me pone dura”. Quizás ahora todo tenía sentido, quizás hasta se había tirado a esa vieja, pensé.

Una vez, después de haber ascendido, David se me acercó y preguntó si yo conocía a alguien, a un compatriota quizás, que quisiera trabajar de empaque. Entonces, cuando creía haber olvidado a Melissa, la recordé. “Habla claro pe, negro”, me dijo en tono burlón al oírme tartamudear, y a mí se me ocurrió recomendarle a la hija de una cajera, de mi cajera favorita, una que me cambiaba hasta las monedas de cinco o de un peso.

Era un tema lo de las monedas. Yo las separaba siempre en frascos, que reciclaba de los snacks: las de cien y las de quinientos, siempre así. Tenía que ver con una leyenda que me contó esa misma cajera. Una compañera, alguna vez, intentaba cambiar sus monedas cuando de pronto un hombre se le plantó de frente y le ofreció algo: “dame tus monedas de quinientos, todas las que tengas, yo te las cambio por billetes de mil”.

Dicen que les pasó así a por lo menos cinco personas en toda la historia de Nataniel Cox. Algunos imaginábamos que podría ser una especie de artista, alguien que las fundía quizás o que viajaba a Europa o a Norteamérica y las usaba como fichas en los casinos de Mónaco o en Las Vegas. Cuando me lo contaron, empecé a cargarme las monedas para todos lados. En el banano, además, llevaba las de la suerte: un euro, un peso argentino, un centavo de dólar, un peso mexicano, un sol. Todas recibidas en la caja.

Pero pasaron los meses y la suerte jamás llegó. Había terminado con éxito el curso en el instituto y decidí que solo trabajaría unos seis meses más en el supermercado. En todo ese tiempo había visto a tipos amarrados a Nataniel Cox; el súper les absorbió las almas, los sueños, todo. Era tiempo de ponerme un límite. Ahora, solo trabajaba los fines de semana y de lunes a viernes colaboraba con una revista digital. Escribía sobre sexo, outfits de temporada, sitios caros a los que jamás iría. Ya no me encontraba con mis antiguos compañeros y tampoco sabía mucho de ellos. Ya casi nadie me decía “el negro”, aunque lo seguía siendo.

Estaba tan cansado uno de esos días, recuerdo, que yo mismo le pedí al encargado que me mandara al sector de regalos, a ese rincón casi aislado al que acudíamos siempre para dormir, comer completos o meter conversa. Para mí, en cambio, era el único lugar en donde podía contar mis monedas y hasta donde mejor señal tenía del Wifi. Nadie se había preocupado de cambiar la clave, eso me sorprendió, y cuando apenas empezaba a contar mis monedas, apareció nuevamente un mensaje de Melissa. Al WhatsApp esta vez, no más de tres palabras. El tiempo parecía estar haciendo su trabajo y a lo mejor ella aún esperaba verme o quizás hasta lo había intentado. “¿Qué podía perder ahora si le respondía?, ¿acaso yo no tenía cumplidas las metas por las que ella siempre…”

“Hueón, ¿y esa cara?”, me interrumpió de golpe una compañera a la que nunca había visto. “¿Te ha ido mal?”, continuó increpando con la mirada aún pegada en su celular. “Sin suerte”, alcancé a decir, “el súper debería reventar a fin de año”.

No pasó un instante y terminamos hablando de mis primeros y mis últimos días en el súper, de Yakeline, de aquella fiesta, de lo feliz que me sentí cuando oficialmente me convertí en empaque.

Laura, me dijo su nombre, también había oído de ella y sabía incluso del rumor de que la echaron por sus preferencias con algunos empaques, sobre todo con los menores, y yo me sonrojé al escucharla. Son vagos mis recuerdos hasta allí, pero de pronto, una de las monedas de las que contaba se me escapó de la mano y se rodó a través de nuestras sillas. Ella, que era más ágil, la alcanzó primero.

“Una monedita azul”, repitió al mirarla. Tenía una mancha de tinta impregnada en el sello. “Es de la suerte, dicen”. Pero yo no estaba dispuesto a perderla así que alargué mi mano hacia la suya y ella la levantó. “¿La querí’, la querí’?”, empezó a decir y a reírse mucho, “¿la querí’ en serio?”. “¿Por qué no la sacai’ de aquí?”, me retó y la dejó caer por entre el ojal de la polera negra que cubría su sostén. “¡Sácala!”, escuché y me lancé de golpe sobre su teta izquierda.

El aire acondicionado del supermercado había hecho su trabajo. Sonaba un villancico en el altoparlante. No sudaron mis manos, esa vez. Nunca nadie me contó de esa leyenda.

+ Eduardo Andrade (Trujillo, 1993). Es periodista y vive en Santiago desde el 2014. Ha colaborado en diversas revistas. En 2018 publicó el libro de relatos Sudamerican Dream (Ventana Abierta Editores).