Por María Pía Escobar

Ya no pido con esperanza, más bien imploro con desesperación, que todo aquel que insista en raspar el pote de su yogurt, ya vacío, se detenga. Ese desagradable y rápido movimiento de escarbar -sólo justificado si lo que se busca es un cofre en la arena- en el mejor de los casos servirá para rescatar una cantidad de yogurt tan mínima que solo llenaría la punta de una cuchara de té.

Y el sonido: el kuj kujj kujjj de un plástico que se hace mierda.

Quien raspe el pote de su yogurt, ya vacío, será el creador de una horrorosa experiencia sensorial. Horrorosa experiencia que hoy mismo, hace poco, presencié, y que logró que mi aspecto, en su totalidad, se asemejara al del pez de la imagen, un animal que ya se rindió y se entregó a la poderosa marea de la infelicidad.

Pero la importancia del pez va más allá de una mera identificación: no solo me sacó del perturbado estado mañanero en el que me había sumergido el raspado de un pote de yogurt vacío, como acabo de escribir, al verme reflejada en él; además, gatilló un proceso mental que derivó en un contundente aprendizaje.

Gracias pez.

Un proceso que, entre sus cuatro etapas -llegada de la imagen del pez, admiración del pez, descubrimiento de la verdad y aprendizaje vital-, no duró más de un minuto y medio. Un minuto y medio bien utilizado, en comparación al minuto y medio que había destinado justo antes en fantasear con el desconocido que últimamente ambiciono (deseo es una palabra muy comprometedora).

Para entender el aprendizaje, revisemos el proceso.

Primero, la llegada de la imagen del pez. Tiempo aproximado: 32 segundos.

Mientras buscaba dibujos de animales, dibujos antiguos, para ser exacta, destacó la imagen del pez. Entre ballenas de quijada cuadrada, flamencos colorados, una jirafa blanca y monos de distintos tamaños y poses, destacó, como ya dije, este pez, un pez con facciones humanas de resignación.

Y aquí comienza la etapa 2 del proceso: admiración del pez. Tiempo aproximado: 18 segundos.

Pero antes:

Nací en Asunción a fines de los ochenta, a un año de los noventa, en un suelo rojo, envuelta en un aire plagado de mosquitos y olor a mango. Viví hasta los cinco años en la calle Pitiantuta y, mientras caminaba por ella, o por cualquier calle paraguaya, comía galletas y pastafrolas de guayaba. Además, tomaba Guaraná. Querida Guaraná, una de las tantas bebidas de fantasía que ofrece el mercado. En esa época, también, creí ver a una muñeca que giraba su cabeza para mirarme fijamente.

El párrafo anterior, biográfico, es el argumento que escogí para destacar que todo lo escrito aquí es verdadero.

Además, soy humana, y según me han dicho, debo escribir de nostalgias y dolores.

Cada palabra es cierta.

Revisemos ahora la etapa 2 del sinuoso camino de mi aprendizaje.

Esta etapa tuvo una duración de casi 20 segundos, 18 segundos exactos, démosle crédito a Sandford Fleming.

La actitud nefasta del pez me cautivó, no hay expresión más certera. Una identificación absoluta del pez con mi estado luego de haber presenciado, como ya manifesté, el raspado de un pote de yogurt vacío.

Mas luego de la identificación vinieron las dudas, curiosidad sobre la vida del pez, sobre su comportamiento, su hábitat, sus enemigos, su crianza, la cantidad de huevos que debe poner para continuar con su especie. Me pregunté incluso si el pez seguía en los mares o si ya lo perdimos, como a la cabra de los pirineos, extinta en el 2000, cuanto tenía yo 10 años y vivía en Chile, lejos de mi querida Guaraná y ni sospechaba de la existencia de la cabra de los pirineos.

Vislumbré al pececito en las profundidades, cerca de cangrejos, alejado de mantarrayas. Lo imaginé con su facción de resignación entre rocas, algas y morenas; imaginé también cómo detenía su marcha para comer un caracol.

Como todo es cierto, debo sincerarme: imaginé su carne, blanca, firme como la de la albacora, perfecta para la parrilla pues no se desarma -una versión marina del bistec-, pero con alcaparras y un chorrito de limón.

Me sincero nuevamente: por un escaso segundo imaginé que el robusto pececito mordía todo a su paso. Duras imágenes de él, con la misma cara de resignación, arrancando uno o dos o incluso tres de los cinco brazos de una estrella de mar o mordiendo la aleta trasera de alguna foca recién nacida. Imaginé que el daño lo hacía por gusto, solo por el hecho de tener dientes filosos y poder hacerlo.

Pero ese pensamiento negativo se detuvo -duró poco, gracias a dios- al ver la onda en su cabeza. Para mi cerebro, en ese momento de contemplación, el chorro que emerge cerca de su frente no era agua, sino un mechón de pelo puesto hacia un lado. Es decir, vi a un pez semirapado con un atractivo peinado.

 En fin, toda esa admiración, esas dudas y fantasías no superaron los 20 segundos.

Segundos que se detuvieron en seco cuando descubrí la verdad, etapa 3 del proceso de aprendizaje.

Etapa 3: descubrimiento de la verdad. Tiempo aproximado: 5 segundos.

Esta etapa, aunque corta, fue decidora.

Unos determinantes 5 segundos.

Bajo la imagen del pez se puede leer claramente:

Delphinus orca“. Y, bajo “Delphinus orca” lo mismo, pero en otros idiomas.

Es decir, mi querido y angustiado pez que ya se entregó, según creí, a la marea de la infelicidad, es, en presente, ahora, en este preciso momento, y siempre lo fue, un delfín orca, un delfín como los grises, pero con los colores de la orca.

Un delfín que nada por todos los océanos del mundo.

Luego de descubrir la verdad tuve que inhalar hasta el fondo el aire que me rodeaba, un ejercicio que, según dicen, sirve para controlar las emociones que brotan con desenfreno desde el cerebro y el alma.

Pasemos a la etapa 4, el aprendizaje vital. Tiempo aproximado: 15 segundos.

En esta etapa acepté que desconozco a mi personaje.

El cetáceo, pues ni siquiera es pez -como me referí a él en todo momento-, da leche como dieron leche mis abuelas, mi mamá y yo.

Ni siquiera pone huevos.

Tampoco puedo afirmar que coma caracoles, que sea enemigo de mantarrayas o que se haya entregado a la marea de la infelicidad. Ya tampoco soy capaz de especular sobre su estado anímico, menos existencial. El desconocido cetáceo bien podría ser un animal viejo y  malhumorado.

Su rostro no carga con el dolor de la existencia, carga con la fealdad del malintencionado.

Ya ni sé -y con esto me entrego de cuerpo y alma al que lee- si lo que tomaba en la calle Pitiantuta era Guaraná, Coca Cola o la muy chiclosa Pepsi.

¿Me gustaba la guayaba?

¿Hay tantos mosquitos en Paraguay como afirmo?

Es más, ¿tenía siquiera muñecas?

Quién sabrá.

Lo que tampoco sé, y he aquí lo inquietante, es si somos testigos de la obra de un sarcástico y brillante ilustrador o de uno tan egocéntrico que no fue capaz de olvidarse de sí mismo y se autorretrató, a él y su miseria, hasta en un cetáceo, como bien podría haberlo hecho en una flor o en el pote vacío de un puto yogurt.

Hermosa etapa de culminación donde descubrí el peso de la incertidumbre.
*

Fuente de la imagen: Bd 1 plates (1780) – Gemeinnüzzige Naturgeschichte des Thierreichs : – Biodiversity Heritage Library.

María Pía Escobar (Asunción, 1989), Licenciada en Literatura, escribió el libro infantil “Animales Americanos”, finalista del Premio Municipal de Literatura y publicado por el sello editorial Hueders. Próximamente publicará el libro “Exagerados”, en la editorial Saposcat.