Muchas veces pensé que podíamos ser Manuel Gutiérrez. O eso era lo que nos decían nuestros padres. Al menos ese año, 2011, cuando estaba en el colegio y aún creía en la justicia.

El 2011 pasaron muchas cosas, sobre todo en agosto, aunque para mí comenzaron en mayo, diría que antes, en los pasillos, en algunas asambleas, en una que otra marcha de no más de cien estudiantes desde la calle Arturo Prat hasta la Plaza de Armas, exigiéndole a Pablo Zalaquett, alcalde de la comuna de Santiago, menos represión, más plata, que echara al rector de turno. Era el chorro del guanaco, las fuerzas especiales formadas, mirándonos firmes, acechando el momento de avanzar contra nosotros.

A veces avanzaban. Recuerdo el primer día de la toma. Finales de mayo o principios de junio. Frío seco y neblina. Veíamos a Rodrigo Hinzpeter y al propio Zalaquett en la tele, los oíamos amenazarnos por la radio. Esa madrugada la pasé en mi casa, pero me escapé y no contesté el teléfono unos días. Un compañero me recibió en la entrada. Tuve que pasarme por el patio que daba a la calle San Diego. En los techos de una caseta de guardia ya había compañeros vigilando, haciendo de los tarros de café la mejor alcancía para pedir plata. El olor a basura quemada se esparcía; las fogatas, el vino, el pisco barato.

Los pacos vinieron luego de unas noches. Se había armado un plan. Escondernos en un subterráneo a medio hacer, húmedo y repleto de cadáveres de gatos y ratones. O pasarnos a la casa central de la Universidad de Chile, y así, a la mañana siguiente tras el desalojo, retomarnos el liceo.

Varios desalojos violentos. Una foto muestra, en el patio central, de un lado de la mitad de la multicancha a los estudiantes y del otro las fuerzas especiales. Formados, en silencio, dispuestos al ataque y arrastrarnos hacia las micros verdes, meternos presos y salir de noche, tirándonos sillas y mesas, los pacos dejando escapar lacrimógenas, y nosotros con mangueras de la red húmeda tratando de apaciguar los efectos picosos de las bombas. A más de alguno lo dejaron sangrando a lumazos. O lo zamarrearon hasta romperle la ropa. Ese era el espanto: ver a un paco con un fierro amenazándote desde lejos, tú corrías nomás. Todos éramos Manuel Gutiérrez. Exagero quizá. Aunque la violencia es así, se permea tanto que un día puedes salir de tu casa y un paco, noche de protesta, te dispara.

Un año antes que terminara el liceo y entrara a la universidad, un alumno, en la ceremonia de su egreso, hizo un discurso crítico contra el colegio. Una profesora contaba que él primero preparó uno falso, que fue entregado a las autoridades, pero a la hora de la ceremonia dio el que causó tanto revuelo: salió en entrevistas en CNN Chile, en The Clinic, El mostrador y varios medios más.

El joven, ese día, habló de lo que los institutanos callábamos ‒que callamos todavía en la universidad, que nos avergüenza en entrevistas de trabajo, en coloquios, en presentaciones de libros o inauguraciones de museos‒, de aquello que roza el fanatismo, los 18 presidentes de la República, presidentes que usufructuaron de su clase y del autoritarismo –el joven resumió la muerte de 3500 obreros del salitre durante el gobierno de Pedro Montt–, de Laurence Golborne, del exitismo, la soberbia, del machismo, de frases «corran como hombres, no como maricones», del olvido, de abusos laborales y de la crisis de la educación municipal.

Estaba de acuerdo en todo. Cuando lo vi por la tele, pensé por qué nunca este tipo de cosas se había dado. Quizá, por un lado, la instancia oficial. Hace unas semanas conocí a un psicoanalista institutano orgulloso de egresar en el Teatro Municipal, y ver en el público a Eduardo Frei Montalva. Es decir, el presidente iba la ceremonia. Pensé, también, en el egreso de mi generación, en el patio del liceo, y sin un discurso crítico, con un pauteo cuidadoso. Y tampoco. Si un joven emitía ese discurso era por algo. No es que no se hubiera hablado. No es que fuera porque sí. Creo que el 2011 fue clave, más allá de si el joven del discurso hubiera participado en las movilizaciones. Había un switch que cambió.

Incluso, recuerdo, un discurso de un compañero que se vistió como drag y criticó las prácticas machistas de los profesores. No solo las frases homofóbicas, sino cómo se burlaban y acosaban a nuestras mamás y a nuestras profesoras, sobre los sueldos paritarios en cuanto a género. Hoy no creo que ese discurso se recuerde. Pero de todas formas se me viene a la mente otros gestos, como besarse en los baños, fumar a escondidas, cuestionar el uso del pelo corto, de la vestimenta monocromática, los piercings y aros.

Gerson protagoniza Crónica de un comité (2014) y es testigo directo de la muerte de Manuel Gutiérrez, su hermano. Gerson se encuentra en silla de ruedas, es moreno, de voz ronca, tiene marcas de acné en el rostro. Gerson conserva el mismo semblante duro de Manuel. La imagen de los póster se palpa cuando Gerson toma la cámara y se graba, nos cuenta de su familia evangélica, del asistencialismo de la municipalidad, del fin del Comité para acabar con la justicia militar y con la impunidad del caso de su hermano.

Más adelante, protestas.

Las ferias de Macul.

Camila Vallejo en actividades políticas, Gerson dando un discurso a una multitud, quizá –distingo– en los alrededores del Club Hípico, cerca del campus Beauchef de la Universidad de Chile.

Gerson en un programa nocturno de la televisión. Su abuela ciega escucha, parece emocionada. La hermana y la mamá miran incómodas todo lo que dice Gerson. Hablan de aprovechamiento político. Dicen que Manuel Gutiérrez nunca fue político, que no tenía nada que ver con eso. Era un buen cabro, uno piola, un joven de 16 años muerto por el disparo de un carabinero una noche de protesta.

25 de agosto de 2011. Había vuelto a mi casa. Estaba cansado. Había usado el mismo pantalón semanas enteras. Sentía una capa de sebo en mi cuerpo, obligado a bañarme. La noche era clara. Hace 21 días, Camila Vallejo había llamado a hacer un cacerolazo contra la violencia policial. Ese día terminé mojado por el guanaco. No parábamos de contar las bombas lacrimógenas esparcidas en el patio del liceo.

25 de agosto. El paro convocado por la CUT. Demandas críticas, que aún se discuten y se tranzan no en la calle, o las mismas exigencias perdidas, ya en desuso, que planteaba Gerson en el documental.

Todavía se distingue el avanzar rasposo de la silla de ruedas, en la esquina de un pasaje. Un avanzar escéptico, de duda ante todo: desde los objetivos del comité, la justicia, la lucha política, la familia y la religiosidad.

Crónica de un comité transcurre en 3 años, se evidencia en cercos lo colectivo al narrar, de manera que la muerte y la búsqueda de justicia se intensifican, generan síntesis entre la postura creyente-evangélica de la familia y las reivindicaciones sociales de Gerson, el mismo ejercicio o la misma debilitación de las convicciones. Aquí hay una mirada a la generación del 2011, una mirada desencantada que perdió la inocencia. Sin panfletear sobre la opresión del estado, la discriminación socioeconómica, el esqueleto del documental queda expuesto en la frágil exposición de Manuel Gutiérrez, instalado como póster en mi pieza, en las piezas de mis amigos de toma, en las conversaciones nocturnas, en las veces que fuimos a tomarnos otros colegios, como si eso fuera un aprendizaje o debiéramos enseñárselo a los demás, en resfríos y voces desgastadas para dejar claro quién hablaba más fuerte, si el que apoyaba las movilizaciones o quien no, en el invierno y la marcha de los paraguas, lluviosa, los vinos en caja desparramados, el olor a plástico de las barricadas nocturnas en la Alameda.

+ Pablo Sheng (Santiago, 1995), escritor, fue becario del taller de poesía de la Fundación Neruda, obtuvo el Premio Roberto Bolaño de novela los años 2016 y 2017, publicó Charapo (Cuneta, 2016) y escribe para Revista Santiago.