De Salas nunca se supo su nombre, el verdadero sólo lo supieron su madre, su maestra y alguno que otro intruso que curioseó en su expediente antes de su cambio de nombre que lo dejó como “Salas” a secas y que a algunos les recordaba frías aulas de escuelas fantasmas y a otros los goles que embocó el matador en el mundial del 98. Es más, quienes intentaron conocerlo, que entre peritos y policías encubiertos no fueron pocos, dicen que su padre nunca fue Salas, el hombre ausente, sino un tal Reinier, que igualmente fue ausente, pero belga.

De ese tal Reinier se cuentan historias que dan para reír y vomitar a la vez, como cuando la madre de Salas, una vez encinta, preguntó a Reinier ¿Somos o no somos? mientras se sobajeaba el vientre y apuntaba una revista que bien podría haber tenido fotografías de bebés en cunas como cupones de descuentos para baratijas de matrimonio. De Reinier no se supo más después de ese día, cuando supo que la madre de Salas quería contraer matrimonio o bien el útero después de nueve meses. Repitió Non mil y una veces mientras movía la cabeza y desapareció en medio de la noche de un 10 de febrero de un perdido 2001. En realidad de Reinier sí se supo, una carta se supo, a nombre de la madre de Salas, que en el remitente había tachado el origen, pero que a contraluz se leía perfectamente Oruro y nada más. La carta era escueta: Si es mujer, no la llames Ana.

Así pasó el tiempo y los nueve meses fueron dos minutos y los dos primeros años fueron un cuarto de hora que pasaron como batido de ala de colibrí. Esos primeros años de mutismo Salas solo escuchó a su madre llenarlos de llantos y canciones desgarradoras que salían de una radio desvencijada mientras ella repetía el nombre de Reinier entre sollozos. Quizás por eso Reinier fue la primera palabra de Salas y a la vez el nombre del guion que entregó a los 11 años en la escuela al momento de repasar teatro en la asignatura de lenguaje. Algunos apoderados consideraron aberrante que el niño se haya apostado en el escenario y que su único acto, y quizás último acto, fuese atar a la rata que había encontrado en el entretecho de la escuela durante el canto a la bandera. Obviamente obtuvo un uno, aunque cuando el profesor vociferó el título de la obra ante toda la clase, junto a su respectiva calificación, el corazón de Salas brincó en su agujero.

Salas terminó el cuarto medio a los 22 años, edad en la que muchos de sus compañeros se desvivían por follar como buscando oro, pero él no, él trabajaba reparando día y noche un rotor de helicóptero que había rescatado de entre los escombros de atrás de su casa. Ese año a Salas le dieron la última oportunidad de aprobar biología, asignatura que había sido por años su talón de Aquiles y se tomó el asunto en serio y en diciembre deslumbró con una disertación sobre la sangre, la hemoglobina y la condición de cianosis. Todos sus profesores le aplaudieron cuando a final de año subió a la palestra a recibir de manos del director en persona el título de enseñanza media junto a un diploma que versaba Desarrollo y Superación Personal. En ese momento Salas no dijo nada, pero cuando el director se acercó a preguntarle qué lo había motivado a hacer tamaña presentación él respondió que fue muy fácil, que su madre había muerto azul por intoxicación con anilina en la fábrica de telas en la que trabajaba y que mientras esperaba el acta médica, solo pudo leer sobre la anilina para matar el tiempo.

Ya fuera del colegio, Salas aprovechó su conocimiento mecánico con el rotor para hacer el servicio militar y así optar por una especialidad en motores fuera de borda. El problema fue el conflicto con la argentina de Ménem, reelecto en un fraude electoral para el período 2019-2023, que ante la inminente rivalidad con el mercado chileno de armas terminó con levantamientos fronterizos armados. Así fue como el sueño de Salas pasó de automotriz a la turba brutal de soñar años de regresar y volver y no marchar hacia la argentina por el paso Samoré con el derecho de armas como bandera de lucha o el derecho a vender armas o que el vecino no se arme para contra uno o alguna otra mentira. Salas en realidad nunca creyó en esto y cuando el capitán del batallón gritaba desenfrenado ¡sometamos o matemos! antes de invadir un pequeño poblado del interior o antes de fusilar a algún poblador desarmado, Salas sufría una especie de convulsión imperceptible y gritaba un mantra desesperado para sus adentros: amo la pacífica paloma, amo la pacífica paloma, amo la pacífica paloma. Y cuando tuvo al capitán de espaldas durante el asalto a la biblioteca Juan Benigar en Aluminé, Salas gritó el mantra, pero no en silencio, gritó desde la médula, mientras descargaba su fusil sobre el capitán chileno y gritaba el mantra cada vez más fuerte hasta que se vio sin municiones y al capitán esparciéndose por el entablillado del piso. En un instinto súbito Salas se quitó la ropa y corrió, como un civil, entre los silbidos de balas antiparalelas y los estallidos inequívocos. Corrió kilómetros solo en calzoncillos, alejándose del candor y el polvo hasta el lecho del río, hasta perderse del radar de la estrella solitaria.

Perseguido en Chile como traidor a la patria y condecorado en Argentina como héroe de guerra, Salas se radicó en Villa El Chocón, provincia de Neuquén.  Cuando finalmente se asentó y el incidente de la biblioteca pasó a ser secreto a voces, recibió asilo político y cuando el alguacil del villorrio le preguntó personalmente cuál de todos sería el nombre de su nueva identidad solo una palabra cruzó por su mente. Ese día murió quienfuera que haya sido y nació Salas, nominalmente, aunque Salas ya había sido en realidad todos sus días.

En El Chocón frecuentaba una cantina inmunda en las que habían reemplazado las ventanas por papel celofán. Allí conoció a Sara Varas, en uno de esos encuentros fortuitos de lo que el mismo Salas creía que, si fuera una construcción, serían los bloques de un enclenque faro que llamaría amor ¿Acaso hubo búhos acá? Le escuchó decir mientras limpiaba un clóset, o placard según ella, con una mancha blancuzca y alargada con pintas verduzcas, como mancha fecal de lechuza que se escurría en vertical. Cuando Salas escuchó la pregunta, su corazón volvió a brincar en su cavidad y la garganta se le aguó de emociones nuevas cuando escuchó, de esos mismos labios, aquel nombre y apellido.

La conquista fue un trámite. Salas parecía imantado por Sara, que en un principio se mostró indiferente, luego de invitaciones y convites terminó cediendo, sobretodo por el hecho de que Salas no era un octogenario alcohólico y además era condecorado de guerra. Amad a la dama, fue lo último que escuchó del padre de Sara, el momento preciso en que entregaba la mano de su hija en matrimonio, en un altar cojo, en una iglesia coja de un pueblo que parecía tener sólo un pie al caminar. Esa misma noche los novios partieron a Neuquén, capital provincial, a una escasa luna de miel en un hotel que en realidad había sido clausurado por plaga de tucuras. Con Sara en el balanceo del llanto y todos los locales comerciales cerrados, Salas debió buscar alojamiento acorde a su presupuesto. Limay era el nombre del hostal que encontraron, y también del hijo del dueño del mismo, un moreno robusto de facciones toscas que a pesar de las súplicas de Salas y el lloriqueo inconsolable de Sara no cedió su habitación y los recién casados debieron compartir pieza con otros 3 ronquidos, cada uno más sonoro que el anterior. En medio de la noche hicieron el amor por primera vez, torpe y en silencio, tratando de fundir el placer entre los ronquidos de los vecinos, hasta que, en un arranque de osadía, entre los dos comenzaron a gemir cada vez más fuerte y, en ese instante, para Salas, Sara Varas era Sara Varas hacia todos los lados y direcciones y de todas las formas posibles: Sara Varas o Sara Varas y decirlo entre gemidos, mientras entre los dos eran uno, le quitaba el sentido mismo a las palabras.

Quizás ese fue el punto que cambió todo, o por lo menos para Sara. Esa noche, la misma de la luna de miel, terminaron esposados en la comisaría más cercana por heridas graves. No, no Salas, mucho menos Sara, sino un vecino de los ronquidos que, en un arranque de osadía más grande que el de los dos amantes, pidió entre bostezos; Amigo, no gima. La petición fue como un sortilegio violento que infundió una ira irrefrenable en Salas, que en un segundo estaba dentro de Sara y en el siguiente estuvo encima del vecino, asestando golpes ciegos en la oscuridad, algunos sobre el rostro del vecino y otros sobre Sara, sin quererlo, pero la batahola era tan grande y la oscuridad tan profunda como la rabia. Esa noche el comisario interrogó a Salas por las razones de su arrebato y este, de lo más calmado y a la vez culpable al ver el rostro entintado de Sara, no supo qué responder. Sara tomó distancia, un poco asustada cuando estaba sola y bastante asustada cuando estaba Salas cerca, que parecía no procesar lo que había sucedido y cuando por fin Sara se armó de valor y preguntó a Salas si acaso él le haría daño, Salas la miró con una sonrisa ambidiestra, que bien podría significar no, mi amor, como también te arrojaría de un tren, pero para suerte de Sara y su criatura, la respuesta de Salas fue sólo una: A ti no, bonita. A Sara se le llenó el rostro de una sonrisa colorada que compartió mientras tomaba una mano de Salas y la posaba sobre su vientre a la vez que decía algún tipo de cliché para dar a entender que en vez de dos serían tres y la sonrisa de Salas pasó de ambidiestra a estupefacta y luego de estupefacta a trastornada y de trastornada a sin sonrisa y así arrancó a encerrarse en la habitación. Esa noche, la del probablemente cuatro de marzo, pero que firmó 32 de febrero de 2023, Salas escribió la primera entrada de su bitácora de viajes y vio por última vez a Sara Varas.

La siguiente entrada de la bitácora de viajes se titulaba Newen, que fue lo primero que Salas escuchó de la pareja de hippies que lo subieron a su combi y que lo acarrearon desde Neuquén por todo el interior de la argentina hasta La Quiaca, en la frontera con Bolivia. Ahí bajaron a fumar un porro, o unas flores como ellos le llamaron, mientras arreglaban unos paquetes con huincha de embalaje debajo de los tapabarros y hablaban con un guardia fronterizo chaparro que recibió unos billetes y sonrió más de la cuenta cuando la combi cruzó la frontera imaginaria. El viaje por el altiplano fue humeante, aunque los hippies sostenían que humoso era el término correcto para ese tipo de humo. En Uyuni los hippies tenían una misión: subir el volcán Tunupa y desde su misma cima contactarse con, según ellos, la energía vital y el espíritu dentro de todas las cosas. Salas aceptó, por indiferencia o bien por no tener otra opción, sobre ello nunca habrá claridad. La tarde que subieron al volcán en medio del salar, Salas sintió una ola gástrica que nunca subía y que se atascaba en su estómago y entonces recibió unas hojas amargas que al rato le hicieron desaparecer el malestar. Pero cuando anocheció y ya estaban en la cima con las estrellas titilando casi a su lado, volvió a sentir el mareo y no pudo más que tenderse a mirar el cielo. Ya tendidos los tres sobre la fría roca, los hippies recomendaron en vez de masticar las hojas, fumarlas y cuando Salas fumó también, tosió los pulmones mientras los hippies se reían y suspiraban al cielo. Al rato, Salas dejó de toser y comenzó a reír también y dijo que si acaso alguna vez habían visto las estrellas como esa noche, a lo que el hippie más cercano respondió: La ruta nos aportó otro paso natural. En ese momento Salas cayó en una algarabía interna que los hippies no pudieron explicar. Veía rojos y torbellinos, veía naranjos y tormentas que se abría paso al reflejo del salar y el cielo era uno con la tierra y de pronto vio todo lo que había sido su vida en un segundo y despertó como de un sueño sin dormir y los hippies lo miraron mientras se levantaba y empinaba volcán abajo a toda velocidad y los hippies gritaban desesperados, pero Salas parecía no escuchar o bien escuchaba, pero las palabras se le daban vuelta, pero repito, sobre ello nunca habrá claridad.

Los hippies tampoco pudieron explicar cómo fue que Salas sobrevivió a la bajada del Tunupa en la espesa oscuridad de la noche. Pero de que fue así, fue así. Por eso cuando lo encontraron a la mañana siguiente en cuclillas a la orilla del salar no pudieron más que llorar y abrazarse y agradecer a la pachamama por tanto, Salas sonrió también. Esa mañana Salas se desvivió en un tugurio del centro del pueblo tratando de explicarles su viaje interior y que en realidad, por primera vez desde que su padre lo abandonó, sentía que lo tenía todo claro y que su único objetivo en la vida era o tenía, se corrigió a sí mismo, que ser la venta de sal. Al principio los hippies se rieron a carcajadas, efecto de los fasos que fumaron antes de entrar, pero después entendieron y solo asentían y sonreían, felices de que al menos uno de ellos hubiese encontrado lo que buscaba en ese volcán.

Así fue como terminaron los tres cargando la combi con sal del salar. Una Volkswagen Transporter del 91 con 131 kilos de sal y quizás cuantos otros de bocha. El viaje fue accidentado. Primero fue el panne de bencina que sufrieron cerca de Challapata, segundo fue el policía que detuvo la combi por tener una luz delantera quebrada y que luego preguntó que qué hacían con tanta sal y que si acaso estaban drogados, pero que con un par de billetes de Gabriel Moreno Del Rivero sonrió y nada más, y tercero fue la respuesta de Salas a la pregunta de los hippies de si acaso sabía dónde iban. Oruro, respondió Salas, y los hippies al escucharlo imaginaron carnaval y máscaras y promociones de ayahuasca chamánica en medio de los bronces y las deidades, pero lo que encontraron fue quizás la antípoda exacta de lo que imaginaron. Los hippies intentaron vender sus artesanías en la plaza principal, pero fallaron rotundamente al haber emigrado todo resquicio de turista pasado el carnaval. Salas, por su parte, había comprado cientos de frascos de vidrio y dedicó toda una semana a rellenarlos uno por uno y a escribir sobre papel adhesivo la marca de su producto: Las Salas sal. Ahí comenzó su pregón: Las Salas sal, las Salas sal, gritaba día y noche en todas las calles grises y en todas las escaleras estrechas o debajo de la descomunal virgen. Las Salas sal, las Salas sal, gritaba, pero sin efecto. Las Salas sal, las Salas sal, pero no aparecían compradores, ni de entre las caderosas cholitas ni de entre los robustos ancianos hipertensos que masticaban su bolo de coca. Intentó de todo como marketing; dio muestras gratis, hizo intervenciones, compuso el huayno del sodio, las Salas sal, las Salas sal, probó gritando, cantando y hasta dando vuelta las palabras, pero fue inútil, como si en realidad estuviese diciendo lo mismo siendo que en realidad era completamente lo contrario.

Con los días los hippies comenzaron a impacientarse y trataron de convencer a Salas de que fueran a La Paz, a Cocha o a cualquier otro maldito pueblo que no fuera este desierto, pero Salas dijo que no, que él estaba bien, siendo que en realidad no lo estaba y que el hambre se le veía en las costillas. Una mañana que los hippies no pudieron más, abrazaron más de la cuenta a Salas cuando salió a ofrecer su producto y a la vuelta, nuevamente sin vender, en el sitio en que antes estaba estacionaba la combi, sólo encontró su bitácora de viajes, una flor de alambre y un paquete con olor a hierbas. De todas, recogió solo la primera.

Los últimos días de Salas carecieron de importancia en su vida, si es que alguno realmente la tuvo. Deambuló por los pasadizos de Oruro pregonando a duras penas el Las Salas sal sin efecto alguno. Uno que otro transeúnte le intentó dar una limosna, pero Salas parecía decidido a vociferar su producto, sin segundos para favores, como si no tuviera tiempo para lo que no tiene alma.  A veces, cuando entraba al barrio francés o se acercaba a la embajada belga gemía el pregón con desgarro y pequeñas gotas rojas salían de su boca al gritar. Ya para el final, sus piernas eran delgados filamentos que corrían desde su angulosa pelvis hasta sus aplastados pies y ya no pudo subir los cerros y un arbusto de la plaza central de Oruro sería la bóveda de su mausoleo. Caquéxico y uno con los perros, Salas solo era una pequeña flama del incendio que alguna vez fue y ya no sentía hambre ni frío, no sentía nada, ni siquiera pensaba en su pregón, solo veía, como en el Tunupa, lo que había sido su vida, pero no en un segundo, sino día y noche y repasaba todo una vez más, preguntándose qué había pasado. Veía a su madre azul, veía a Reinier borroso, a Sara Varas la veía limpiando el placard, veía a los hippies de ojos rojos y veía las imágenes del volcán dando vueltas una vez más. Veía todo, pero por más que lo intentara, a su criatura la tenía que imaginar. Salas dio vuelta sobre sí mismo para abrazar la tierra y con lo último se preguntó si acaso alguna vez alguien lo hubiese leído de verdad, como si todos tuviesen una dislexia emocional o como si él en realidad fuese una traducción muy literal y con sus fuerzas, con sus últimas fuerzas abrió la bitácora de viajes y entre temblores buscó la última página, esa que siempre está en blanco y a la espera y escribió una frase inequívoca, ininterpretable, leída siempre como es, al derecho o al revés, como a él le hubiese gustado que en realidad lo leyeran, así escribió: Amar da drama.

+ Bastián Besnier (Punta Arenas, 1991), licenciado en Bioquímica. Ha publicado cuentos en revistas digitales como Sensini, Radicales Libres y Al Sur de Todo.
+ Imagen: Lu.Cu.Ma.
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