El miércoles 3 de octubre de 2007, en una audiencia general, Benedicto XVI recordó y elogió al santo y “doctor de la Iglesia” Cirilo de Alejandría. “También hoy, continuando nuestro camino siguiendo las huellas de los Padres de la Iglesia, nos encontramos con una gran figura: san Cirilo de Alejandría. Vinculado a la controversia cristológica que llevó al concilio de Éfeso del año 431 y último representante de relieve de la tradición alejandrina, san Cirilo fue definido más tarde en el Oriente griego como «custodio de la exactitud» —que quiere decir custodio de la verdadera fe— e incluso como «sello de los Padres»”, dijo el entonces monarca católico. “San Cirilo de Alejandría fue un incansable y firme testigo de Jesucristo”. Nacido el año 370 o 373, y muerto en 444, Cirilo también fue quien ordenó el secuestro, tortura y masacre de la filósofa Hipatia, el año 415. Eso no lo dijo el papa.

Según cuenta Sócrates el Escolástico —un historiador griego del siglo IV—, Hipatia era hija del filósofo Teón y se formó en las ideas de Platón y Plotino, o sea, en el neoplatonismo. Tal era su sabiduría y elocuencia que incluso llegaban personas de fuera de Alejandría para oírla, “consiguió tales logros en literatura y ciencia que sobrepasó a todos los filósofos de su propio tiempo”, cuenta Sócrates. “Como muestra del dominio de sí misma y la sencillez de maneras que adquirió como consecuencia de cultivar su mente, solía no poco frecuentemente aparecer en público frente a los magistrados. Nunca se sintió intimidada por acudir a una asamblea de hombres. A causa de su extraordinaria dignidad y virtud, todos los hombres la admiraban sobremanera”.

Esa figuración la hizo enredarse en “las intrigas políticas” de Alejandría, en particular en la disputa de poder entre Orestes, el prefecto imperial de la ciudad, y Cirilo, el patriarca cristiano. La disputa entre ambas autoridades incluyen asesinatos y saqueos; el propio Orestes fue apedreado y, en represalia, ordenó que se apresara y se torturara al monje responsable del ataque. Hipatia, que nada tenía que ver con el asunto, pero cuya inteligencia y carisma causaba resquemores entre los cristianos, pagó con su cuerpo las luchas de poder. “Como tenía frecuentes entrevistas con Orestes —dice Sócrates—, fue proclamado calumniosamente que ella era la responsable de que Orestes no se entendiera con el obispo [Cirilo]. Algunos de ellos [los cristianos], formando parte de una fiera y fanática turba cuyo líder era un tal Pedro, la vigilaron mientras regresaba a su casa. La sacaron de su carruaje y la arrastraron hasta la iglesia llamada Cesarión, donde la desnudaron y la asesinaron con fragmentos de cerámica [o sea, la cortaron hasta matarla]. Después de descuartizarla, llevaron sus restos a un lugar llamado Cinaron, y allí los quemaron. Este asunto dejó caer el mayor de los oprobios, no sólo sobre Cirilo, sino sobre toda la iglesia de Alejandría”.

La historia de Hipatia la recuperó el director chileno-español Alejandro Amenabar en la película Ágora (2009), con Rachel Weisz en el papel de la filósofa. Creo que fue la primera vez que oí de esta mártir del conocimiento. Hoy, casi diez años después, vuelvo a encontrarme con ella, esta vez en un libro de Michel Onfray, Decadencia. Vida y muerte del judeocristianismo. Allí nos cuenta que para Hipatia, al igual que para todos los filósofos de la época, la filosofía no era pura teoría, sino “una invitación a llevar una vida filosófica”. También cultivó la astronomía y las matemáticas, y fue diseñadora de instrumentos de navegación. Como en la filosofía, su acercamiento a las matemáticas también era práctico —moral y político—, pues creía que su dominio “aseguraba una verdadera sabiduría que abría la posibilidad de ejercer el poder”, según escribe Onfray. No extraña, entonces, que se involucrara en los asuntos públicos, terreno vedado por entonces a las mujeres.

Un día, en una clase, imaginemos que mientras hablaba de Platón, uno de sus alumnos le declaró su amor a Hipatia. Ella respondió al inflamado estudiante entregándole un paño, quizás el que usaba entre las piernas, manchado con la sangre de su menstruación. ¿Qué quiso enseñarle?

 

+ Juan Rodríguez M. (Santiago de Chile, 1983) estudió filosofía y trabaja como periodista en el suplemento Artes y Letras del diario El Mercurio.

 

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