Cuando llegué a este lugar pensaba que podría replicar la utopía de la comunidad, y dar en una vuelta de mano, para lo que me había formado. Vengo de una familia influyente arruinada, donde por una o dos generaciones nos ha tocado el karma de lo que hicimos padecer a los otros antes. Ahora soy la no vista, donde mi labor comunicativa no sirve de nada. Un hombre pasa tocando una cacerola manejando por la calle principal sin respuesta y pienso en mis años en Valparaíso, donde el trabajo comunitario tenía razón e identidad. Donde pude compartir y vivir el trabajo con mujeres, vecinos y las historias personales en un ambiente donde todos éramos aprendices. Me paseo por el pueblo, las ferias y las pocas instancias sociales. Veo en lo que me convertí, una voz sin retorno, donde no hay pancartas, rayados o incendios que digan que esto está mal. Paso por silencio a ser parte de este mundo donde el oprimido quiere ser el opresor.

A pocos meses de haber llegado a Curanipe, entrando a un restaurant del pueblo a comer una empanada, el dueño nos invitó a mi pareja y a mí a un bajativo (la manera de digerir un algo extraño que aún no sabía como iba a ser). «Tú eres el menor de x familia, familia ilustre de la zona » Le dijo. «Mi abuelo y mi padre trabajaron con los G» Con los ojos brillantes de pertenecer por economía a algo que le resultaba una aspiración y valor personal. Con un vaso lleno de menta, sin hielo, caliente y corrosivo subimos a la terraza. Esa tarde supe que la familia Pinochet era de Chanco (una localidad cercana con una playa fantasma con al menos tres naufragios de cientos de muertos), y que fueron de los inmigrantes que se salvaron de las olas y la furiosidad de las aguas. «La caravana de la muerte no pasó por ahí porque respetó a su pueblo» dijo el dueño del local.

Cuando respondí no somos de derecha y no estamos del lado de los que explotan, el dueño del restaurant se sintió parte de una broma de la que no quería participar. «Soy escritora y marxista» le dije para provocar. «No apoyo el modelo económico que opera». Rematé. Desde ese momento este hombre se sintió tan incómodo que no me saludó más.

Un pueblo silencioso, donde el síndrome de Estocolmo ha causado estragos, me remite a que mi mirada urbana y artística no sirve de nada. Evópoli y la Udi son las voces que los asemejan a lo que desean y los emparentan con ese mundo con lo que han soñado por precariedad. Cabañas de veraneo, monocultivos y construcciones que les den la dignidad perdida. Algo se desjustó desde la dictadura. Un pueblo contra su propio pueblo, donde ni la belleza de los lugares ni la calidad humana tienen el valor suficiente frente a lo que propone el sistema mayor.

No somos los salvadores de nada, pero no escuchar ni cacerola ni manifestación alguna nos llena de impotencia de ser ciudadanos de ninguna parte. La dictadura hizo una tarea enorme y profunda. A más de treinta años del horror cunde el silencio. Y ese blanco de la voz que nada dice, que confronta, devuelve la mirada de lo que hemos sido al fin y al cabo. Es el triunfo de la desconfianza de la constitución del 80. Desconfiar del vecino, creer que la televisión dice la verdad. Acá estamos los de los pueblos abandonados queriendo narrar y aportar. Unos pocos ciudadanos rurales luchan desde adentro y revalorizan la vida campesina, la tierra, las plantas, los animales y la tranquilidad. La mirada lejana a las ciudades que arden nos muestra lo que no hemos sido capaces de cambiar. El ojo que intenta cambiar el mundo que no le pertenece. Lo que la educación desde el inicio de estos tiempos violentos no quiebra porque no lo hace carne. Dejo el último poema de Victor Jara que como un anticipo treinta años después en el Estadio Nacional, se vuelve contingente para este fin de semana negro.

“En esta pequeña parte de la ciudad.
Somos cinco mil.

¿Cuántos somos en total
en las ciudades y en todo el país?

Somos aquí diez mil manos
que siembran y hacen andar las fábricas.

¡Cuánta humanidad
con hambre, frío, pánico, dolor,
presión moral, terror y locura!

Seis de los nuestros se perdieron
en el espacio de las estrellas.

Un muerto, un golpeado como jamás creí
se podría golpear a un ser humano.

Los otros cuatro quisieron quitarse todos los temores,
uno saltando al vacío,
otro golpeándose la cabeza contra el muro,
pero todos con la mirada fija de la muerte.

¡Qué espanto causa el rostro del fascismo!
Llevan a cabo sus planes con precisión artera sin importarles nada.
La sangre para ellos son medallas.
La matanza es acto de heroísmo.

¿Es este el mundo que creaste, Dios mío?
¿Para esto tus siete días de asombro y trabajo?

En estas cuatro murallas sólo existe un número que no progresa.
Que lentamente querrá la muerte.

Pero de pronto me golpea la consciencia
y veo esta marea sin latido
y veo el pulso de las máquinas
y los militares mostrando su rostro de matrona lleno de dulzura.

¿Y México, Cuba, y el mundo?
¡Qué griten esta ignominia!

Somos diez mil manos que no producen.
¿Cuántos somos en toda la patria?

La sangre del Compañero Presidente
golpea más fuerte que bombas y metrallas.

Así golpeará nuestro puño nuevamente.
Canto, que mal me sales
cuando tengo que cantar espanto.

Espanto como el que vivo, como el que muero, espanto.
De verme entre tantos y tantos momentos del infinito
en que el silencio y el grito son las metas de este canto.

Lo que nunca vi, lo que he sentido y lo que siento
hará brotar el momento…”