Por Marcela Fuentealba

Hija natural, Natalia Berbelagua. Emecé, Santiago 2019

Se empieza con curiosidad y se termina con el corazón abierto. El «suceso» de conocer al propio padre a los 30 años inicia una novela familiar tan peculiar que se vuelve entrañable, o casi, porque varios de los participantes están realmente locos y, como sabe Natalia Berbelagua, la locura es una enfermedad terrible de la falta de amor: cuando arrasa luego no queda más que la muerte, siempre anunciada por la intuición, la seguridad de habitar en una impredecible debacle. La escritora, la literatura, se empeña entonces contra la locura y contra la muerte (contra ese miedo terrible de su madre que ella no cargará), lo que no se trata de rechazarla sino más bien de abrazarla, comprenderla y encararla hasta las últimas consecuencias. Entonces, como cantó tan dulce e imperioso el poeta Dylan Thomas, la muerte no tendrá dominio, estaremos más allá de buscar y de perder.

Una hija natural, como se llamaba en Chile a los niños no nacidos bajo matrimonio hasta 1998 –increíble–, tras ponerle juicio, rastrear a su familia, recibir humillantes negativas, sigue buscando al padre hasta que aparece. Esta falta masculina tiene como contexto una vida familiar llena de sentimientos, o de algo así como un psiquismo contra la desgracia. Todas las mujeres se emparejaron con hombres farreros, descomprometidos y desconsiderados, y luego de sobreponerse a ellos, optaron por una vida casi de convento, religiosa por sobrevivencia, desconfiada hasta la melancolía, en algunas de ellas sobria y en otras estridentemente dramática.

Entre esos extremos de peligro real y protección asfixiante, el relato fluye «natural» a pesar de su rareza, como esas plantas que en un recodo florecen hermosas. Seguimos una vida que se va volviendo propia precisamente por su disolución: la que escribe entiende que está constituida por todos esos muertos y vivos de su familia, también los que la abandonaron. Su potencia ante ellos es poder articularlos, armar sus historias. Aunque sea el relato muy privado y valiente de esa vida, de algún modo no hay ego, sino antes una imperiosa necesidad de entender y de amar, que perdura en el desarraigo y la sensación de ser puros fragmentos. El amor es terriblemente difícil. (Entiendo ahora por qué siempre que veía las muchas selfies que la autora publica por rachas en redes sociales, no me parecía narcisista sino que percibía algo franco, como si se mostrara para ver y no por querer manipular nada. Ni siquiera eran humorísticas: siempre bien vestida, con la misma expresión neutra, eran formas de parecer o ser alguien).

Al multiplicarse en lo propio, se sostiene más en el amor y su imposibilidad, como consta en la historia paralela a la del padre, su pareja, un literato depresivo a quien logra seguir queriendo hasta que cada uno puede “mejorarse” de la enfermedad de la tristeza. Hasta tocar fondo, hasta la desesperación y el llanto brutal (cuando no se puede ni leer: cuando las palabras se pierden), entonces el corazón hecho trizas deja de buscar, puede sanarse para seguir viviendo: la escritura es un método ante la pérdida. Recuerdo otros escritores que me han parecido sobresalientes en esta manera de encarar lo difícil, como la francesa Delphine de Vigan sobre su madre loca, o el mismo Ricardo Vivallo (gran amigo de la autora) sobre la depresión, y queda en mi memoria, con la sobriedad de su abuela y la energía de su madre, y su templanza y su ternura, palabras que lamentablemente hoy se dicen muy poco.