Que la humanidad se embarque en una guerra contra un enemigo inerte parece un drama de fantasía. Pero nada de esto es fantasía, y para ganar esta batalla como especie humana debemos separarnos entre nosotros. Pero qué guerra más exótica.

Así es. Estamos contra un enemigo que ni siquiera puede verse con el ojo. Un virus que se encuentra en el límite de la definición de la vida. Seres vivos, seres inertes, formas de vida. Los virus no tienen estructura celular pero se reproducen. Y este problema de clasificación no es solo un problema semántico o netamente formal, es que realmente no se sabe lo que son. Si evolucionaron independientes a los seres vivos o también lo fueron en un tiempo remoto.

Solo por un asunto narrativo se hace más llamativa la segunda teoría. Si es así, los virus se presentan como descendientes de un antiguo linaje de organismos vivos que poco a poco fueron simplificándose y dejando todo atrás, incluso su estructura celular. En esta teoría, los virus se entienden como una especie de hálito de vida o de últimos sobrevivientes. Una especie de fantasmas que ya abandonaron todo su cuerpo.

Pero volvamos a nuestra trinchera. Siempre hemos sabido que nuestro mundo se apoya en entidades sutilísimas: los mensajes del DNA, los impulsos de las neuronas, los quarks, los neutrinos errantes del espacio. Sin embargo ahora es como si estuviéramos apoyados sobre lo más leve y microscópico que existe, y no nos deja de impactar cómo una ínfima hebra de ARN nos tiene completamente de rodillas. Y eso que el virus no está hecho a nuestra medida. Hay aquí un asunto de escala. Quizás es por esto que en un principio algunas personas no creían en esta pandemia. Se lo toman como irreal, un mal sueño. Pero ahora, que ya cambiamos nuestros comportamientos y nuestras ciudades están vacías, es inevitablemente que miremos el mundo desde otra óptica.

En este panorama desolador nos llenamos de predicciones. Que el virus va a derrocar el capitalismo (Slavoj Zizek) que el virus no va a derrotar al capitalismo (Byung-Chul Han), que nos vamos a volver más cooperativistas o más egoístas que nunca. No sabemos nada. ¿Y qué hacemos? No queremos volvernos apáticos y que la vida nos resbale. Tampoco ultra-conservadores y apegarnos sesgadamente a un discurso pro-vida como tantos que existen. Se vuelve difícil mantener el equilibrio entre entender la muerte como un hecho inevitable entre esta pandemia que es completamente evitable.

En este período de miedo colectivo, también llama la atención cómo la literatura parece renacer. Al parecer cuando nadie entiende lo que pasa, los libros logran iluminar el mecanismo de ciertos fenómenos. Ahora todos queremos ser expertos en Camus. Mientras algunos ven en La peste (1947) una metáfora sobre la ocupación nazi en Francia, otros simplemente ven una crónica de la enfermedad que azotó a Argelia del siglo XIX, y otros un retrato de la solidaridad o qué sé yo qué otro valor moral que surge en los períodos de mayor adversidad.

En este libro todos los personajes tienen conflictos morales. En lo personal, creo que lo más interesante en él es la pandemia en relación a la religión. Se ve en la transformación del personaje Paneloux, el cura jesuita. Es sabido que en ese entonces la peste se interpretaba como la cólera de Dios por los humanos pecadores. Paneloux ante los primeros brotes de la enfermedad acusa a las personas de ser las responsables de esta desgracia, pero después de presenciar la larga y agonizante muerte de un niño vuelve a evaluar su fe y comienza a predicar otro sermón. Ya no habla de castigo. Ahora la peste manifiesta la opción de transformar la desgracia en un bien potencial. En fin. Como sea. La religión es una ficción que durante siglos intentó dar explicaciones y manipular reacciones. La literatura en cambio es una ficción que en vez de manipular, indaga de manera ambivalente y a la deriva. Abre el espacio sin adoctrinarlo. Y ahora que la religión pierde cada día más su peso, la literatura quedó sola y tiene más que nunca la opción de desligarse de ese afán por soluciones, terapias o consuelos.

Ahora que ya no somos pecadores o que todos lo somos, frente a este virus todos tenemos que cambiar nuestros comportamientos indiscriminadamente. Movernos menos, ver el detalle de nuestros gestos. Detenernos antes de mover la mano por encima del ojo. Pensar en escala minúscula. Quizás, este nuevo modo de atención de paso a una nueva estética. Ya no de grandes discursos ni promesas grandilocuentes, sino la posibilidad de abocarnos a lo micróscopico y a lo leve, a lo lento y a lo curvo. Sobretodo ahora que los pumas bajan a las ciudades que están más tranquilas, y los cóndores vuelan sobre las terrazas de algunas casas.

El miedo tiende a transformarse en odio y “ser lúcido es ver lo ínfimo” dicen por ahí. Eugenio Montale en un poema bastante apocalíptico escribe: “Conserva el polvo del espejo / aún apagadas todas las lámparas”. En este poema, Montale da valor a la vivacidad y a la movilidad de la inteligencia a través de los gestos más tenues. Lo importante, es que lo hace sin importar si estos son los más proclives a desaparecer, o por el contrario, los únicos que logren escapar de la condena de la desgracia y la pesadez.

 

Ileana Elordi (Santiago, 1990). Autora de la novela “Oro” (Emecé Planeta) y “Antología Noreste” (Ediciones Lastarria).

Imagen: F.González Torres