+Este texto apareció por primera vez en la revista Internacional Situacionista en marzo de 1966.
Gracias a Ricardo Vivallo por recordarlo.

Entre el 13 y el 16 de agosto de 1965, se levantó la población negra de Los Angeles. Un incidente en que se enfrentaron policías de tráfico y transeúntes desembocó en dos jornadas de revueltas espontáneas. Los crecientes refuerzos de las fuerzas del orden no lograron recobrar el control de la calle. Hacia el tercer día, los negros tomaron las armas, saqueando las armerías , de modo que pudieron disparar incluso contra los helicópteros de la policía. Varios miles de soldados y policías —la fuerza militar de una división de infantería, apoyada por tanques— tuvieron que entrar en combate para impedir que la revuelta desbordara los límites del barrio de Watts y luego reconquistarlo en numerosas batallas callejeras que se prolongaron durante varios días. Los insurgentes procedieron al saqueo generalizado de las tiendas y les prendieron fuego. Según las cifras oficiales, se contaron treinta y dos muertos, de los cuales veintisiete eran negros, más de ochocientos heridos y tres mil encarcelados.

Las reacciones de todos lados fueron de aquella claridad que el acontecimiento revolucionario, por el hecho de ser él mismo una clarificación en actos de los problemas existentes, tiene siempre el privilegio de conferir a los diversos matices de pensamiento de sus adversarios. El jefe de la policía, William Parker, declinó todas las ofertas de mediación de las grandes organizaciones negras, afirmando con justeza que «esos amotinados no tienen jefes». Y ciertamente, como los negros no tenían jefes, fue éste el momento de la verdad para cada bando. ¿Qué esperaba, por cierto, en aquel mismo momento uno de esos jefes en paro, Roy Wilkins, el secretario general de la National Association for the Advancement of Colored People? Declaró que se debía «usar toda la fuerza necesaria para reprimir los motines». Y el cardenal de Los Angeles, Mclntyre, que protestó en voz alta, no protestaba contra la violencia de la represión, como podía creerse oportuno en estos tiempos de aggiornamento de la influencia romana; protestaba con la mayor urgencia ante «una revuelta premeditada contra los derechos del vecino, contra el respeto a la ley y el mantenimiento del orden», y llamó a los católicos a oponerse a los saqueos y a los «actos de violencia sin justificación aparente». Y todos aquellos que llegaban a ver las «justificaciones aparentes» de la rabia de los negros de Los Ángeles, aunque ciertamente no la justificación real, todos los pensadores y los «responsables» de la izquierda mundial y de su nulidad, deploraron la irresponsabilidad y el desorden, los saqueos y, sobre todo, el hecho de que lo primero que se saqueó fueron tiendas de alcohol y de armas, así como los dos mil focos de incendio contabilizados con los que los incendiarios de Watts iluminaron su batalla y su fiesta.

Entonces, ¿quién ha salido en defensa de los insurgentes de Los Ángeles, en los términos que ellos merecen? Vamos a hacerlo nosotros. Dejemos que los economistas lloren sus veintisiete millones de dólares perdidos, los urbanistas uno de sus más bellos supermarkets disuelto en humo y Mclntyre a su sheriff abatido; dejemos que los sociólogos se quejen del absurdo y la ebriedad de la revuelta. El papel de una publicación revolucionaria es no sólo darles la razón a los insurgentes de Los Angeles, sino contribuir a darles sus razones, explicar teóricamente la verdad cuya búsqueda expresa esa acción práctica.

En el Llamamiento publicado en Argel en julio de 1965, tras el golpe de Estado de Bumedian, los situacionistas, al exponer a los argelinos y a los revolucionarios del mundo las condiciones vigentes en Argelia y en el resto del mundo como un todo, señalaron, entre otros ejemplos, el movimiento de los negros norteamericanos, que, «si logra afirmarse con consecuencia», desvelará las contradicciones del capitalismo más avanzado. Cinco semanas después, esa consecuencia se manifestó en la calle. Ya existen tanto la crítica teórica de la sociedad moderna, en lo que ésta tiene de más novedoso, como la crítica en actos de esa misma sociedad; todavía están separadas, pero también han avanzado hasta llegar a las mismas realidades, hablando de lo mismo. Esas dos críticas se explican la una a la otra, y cada una es inexplicable sin la otra. La teoría de la supervivencia y del espectáculo queda ilustrada y verificada por esos actos incomprensibles para la falsa conciencia americana, y ella a su vez ilustrarla un día esos actos.

Hasta ese momento, las manifestaciones de los negros a favor de los «derechos civiles» habían sido mantenidas por sus jefes dentro de una legalidad que toleraba los peores actos de violencia de las fuerzas de orden y de los racistas, como en marzo pasado en Alabama, durante la marcha sobre Montgomery; y, aun después de ese escándalo, un discreto acuerdo entre el gobierno federal, el gobernador Wallace y el pastor King había logrado que la marcha de Selma, el 10 de marzo, reculara a la primera intimación, con dignidad y rezando. El enfrentamiento que la multitud de los manifestantes esperaba en aquella ocasión no había sido más que el espectáculo del enfrenta miento posible. Al mismo tiempo, la no-violencia había llegado al ridículo límite de su coraje: exponerse a los golpes del enemigo y luego llevar la grandeza moral al punto de ahorrarle la necesidad de volver a usar su fuerza. Pero el dato fundamental es que el movimiento por los derechos civiles no planteaba más que problemas legales por medios legales. Es lógico apelar a la ley legalmente.

Lo irracional es estar mendigando legalmente ante la ilegalidad flagrante, como si ésta fuese un absurdo que se deshace cuando se lo señala con el dedo. Es patente que la ilegalidad superficial y descaradamente visible que los negros siguen padeciendo en muchos estados americanos hunde sus raíces en una contradicción económico-social que no incumbe a las leyes vigentes y que tampoco ninguna ley jurídica futura podrá deshacer, en contra de las leyes más fundamentales de la sociedad en la que los negros americanos finalmente se atreven a reclamar que se los deje vivir. Los negros americanos en verdad quieren nada menos que la subversión total de esta sociedad. Y el problema de la subversión necesaria surge por sí solo desde el momento en que los negros recurren a medios subversivos; el caso es que el paso a tales medios se les presenta en su vida cotidiana como lo más accidental y a la vez lo más objetivamente justificado. Eso ya no es la crisis de la condición de los negros en América; es la crisis de la condición de América, puesta sobre el tapete primeramente por los negros. No hubo en eso ningún conflicto racial: los negros no atacaron a los blancos que encontraron a su paso, sino solamente a los policías blancos, lo mismo que la comunidad negra no llegó a incluir a los tenderos negros, ni tan siquiera a los automovilistas negros. El propio Luther King tuvo que admitir que se habían rebasado los límites de su especialidad, al declarar en octubre en París que «éstas no eran revueltas raciales, sino de clase».

La revuelta de Los Angeles es una revuelta contra la mercancía, contra el mundo de la mercancía y del trabajador-consumidor jerárquicamente sometido a las medidas de la mercancía. Los negros de Los Angeles –igual que las bandas de jóvenes delincuentes de todos los países avanzados, pero de modo más radical, por estar a la altura de una clase que carece globalmente de porvenir, de una parte del proletariado que no puede creer en ninguna oportunidad notable de promoción o de integración– toman al pie de la letra la propaganda del capitalismo moderno y su publicidad de la abundancia. Ellos quieren enseguida todos los objetos expuestos y disponibles en abstracto, porque los quieren usar. Por eso mismo recusan su valor de cambio, la realidad mercantil que es su molde, su motivación y su finalidad última, y que lo ha seleccionado todo. Mediante el robo y el regalo encuentran un uso que desmiente enseguida la racionalidad opresora de la mercancía, sacando a la luz lo arbitrario e innecesario de sus relaciones y de su misma fabricación. El saqueo del barrio de Watts mostró la realización más sumaria del principio bastardo «A cada uno según sus falsas necesidades», las necesidades determinadas y producidas por el sistema económico que el saqueo precisamente rechaza. Pero como esa abundancia se toma al pie de la letra y se alcanza en lo inmediato, en lugar de perseguirla indefinidamente en la carrera del trabajo alienado y del acrecentamiento de las necesidades sociales aplazadas, los verdaderos deseos están expresándose ya en la fiesta, en la afirmación lúdica y en el potlatch de la destrucción.

El hombre que destruye las mercancías demuestra su superioridad humana frente a las mercancías. No permanecerá prisionero de las formas arbitrarias de las que se ha revestido la imagen de su necesidad. En las llamas de Watts se ha dado el paso del consumo a la consumación. Los grandes frigoríficos robados por personas que no tenían electricidad o a quienes se les había cortado el suministro es la mejor imagen de la mentira de la abundancia que se ha trocado en verdad en juego. La producción mercantil, cuando se la deja de comprar, se torna criticable y modificable en todas las formas particulares que haya asumido. Sólo cuando se la paga con dinero, en cuanto signo de un rango dentro de la supervivencia, se la respeta como a un fetiche admirable.

La sociedad de la abundancia halla su respuesta natural en el saqueo; pero no era ésta de ninguna manera una abundancia natural y humana, sino una abundancia de mercancías. Y el saqueo, por el cual se desmorona inmediatamente la mercancía en cuanto tal, muestra también la ultima ratio de la mercancía: el ejército, la policía y demás cuerpos especializados que ostentan en el Estado el monopolio de la violencia armada.
¿Qué es un policía? Es el servidor activo de la mercancía; es el hombre totalmente sometido a la mercancía, por obra del cual este o aquel otro producto del trabajo humano sigue siendo una mercancía cuya mágica voluntad es que se la pague, y no simplemente un vulgar frigorífico o un fusil, una cosa ciega, pasiva e insensible, a merced de cualquiera que la use. Detrás de la indignidad de depender del policía, los negros rechazan la indignidad de depender de las mercancías.

La juventud sin porvenir mercantil de Watts ha elegido otra cualidad del presente, y la verdad de ese presente fue irrecusable al punto de arrastrar consigo a toda la población, a las mujeres, los niños e incluso a los sociólogos que estaban presentes. Una joven socióloga negra de aquel barrio, Bobbi Hollon, declaró en octubre al Herald Tribune: «Antes a la gente le daba vergüenza decir que era de Watts; lo decían como entre dientes. Ahora lo dicen con orgullo. Unos cabros que iban siempre con la camisa abierta hasta la cintura, capaces de cargarse a navajazos a quien sea en medio segundo, se presentaban aquí cada mañana a las siete. Organizaban el reparto de comida. Claro, no hay que hacerse ilusiones, la habían robado (…). Todas esas mentiras cristianas se han utilizado contra los negros durante demasiado tiempo. Esa gente podría estar saqueando durante diez años, y no recuperaría ni la mitad del dinero que les han robado en las tiendas durante todos esos años… Yo no soy más que una chica negra.» Bobbi Hollon, que ha decidido no lavar nunca la sangre que le manchó las alpargatas durante la revuelta, dice que «ahora el mundo entero está mirando al barrio de Watts».

¿Cómo hacen los hombres la historia a partir de unas condiciones preestablecidas para disuadirlos de intervenir en ella? Los negros de Los Angeles están mejor pagados que los de ninguna otra parte de Estados Unidos, pero también están más separados aún que en otras partes de la riqueza máxima, que se ostenta precisamente en California. Hollywood, el polo del espectáculo mundial, está en su vecindad inmediata. Se les promete que, con paciencia, accederán a la prosperidad americana; pero ellos ven que esa prosperidad no es una esfera estable, sino una escalera sin fin. Cuanto más suben, tanto más se van alejando de la cúspide, porque están en condiciones desfavorables desde el punto de partida, porque están menos cualificados y, por tanto, tienen el mayor número de parados, y, en fin, porque la jerarquía que los aplasta no es tan sólo la del poder adquisitivo, cual hecho económico puro: la suya es una inferioridad esencial, que en todos los aspectos de la vida cotidiana les imponen las costumbres y los prejuicios de una sociedad en la que todo poder humano se ajusta al poder adquisitivo. Así como la riqueza humana de los negros norteamericanos suscita odio y se la considera criminal, así tampoco la riqueza dineraria acaba de hacerlos aceptables dentro de la alienación americana: la riqueza individual no los convierte sino en ricos negros, porque los negros en su conjunto tienen que representar la pobreza de una sociedad de riqueza jerarquizada.

Todos los observadores han escuchado ese grito que llamaba al reconocimiento universal del sentido de la rebelión: «¡Ésta es la revolución de los negros, y queremos que el mundo lo sepa!» Freedom now es la contraseña de todas las revoluciones de la historia; pero por primera vez no es la miseria sino, por el contrario, la abundancia material lo que se trata de dominar según nuevas leyes. Así que dominar la abundancia no es solamente modificar su reparto, sino redefinir todas sus orientaciones superficiales y profundas. Es el primer paso de una lucha inmensa, de un alcance infinito.

Los negros no están aislados en su lucha, porque en América está naciendo una nueva conciencia proletaria (la conciencia de no ser en nada dueños de la propia actividad y de la propia vida) entre las capas sociales que rechazan el capitalismo moderno y que en este punto se les parecen. Justamente la primera fase de la lucha de los negros dio la señal para una protesta quise está extendiendo. En diciembre de 1964, los estudiantes de Berkeley, tras haber pagado la novatada de su participación en el movimiento por los derechos civiles, se lanzaron a una huelga que ponía en cuestión el funcionamiento de aquella «multiversidad» californiana y, con ello, a la entera organización de la sociedad norteamericana y el papel pasivo que ésta les reserva. Pronto se descubrieron entre la juventud estudiantil las orgías de alcohol y drogas y el relajamiento de la moral sexual que se les reprochaba a los negros. Esa generación de estudiantes inventó luego una primera forma de lucha contra el espectáculo dominante, el teach in, que el 20 de Octubre se retomó en Gran Bretaña, en la Universidad de Edimburgo, a propósito de la crisis de Rodesia. Esa forma, evidentemente primitiva e impura, es el momento de la discusión de los problemas que se niega a limitarse (académicamente) en el tiempo, tratando de llegar al extremo; y este extremo es, naturalmente, la actividad práctica. En octubre, decenas de miles de manifestantes salieron a las calles de Nueva York y de Berkeley, en protesta contra la guerra de Vietnam, haciendo suyo el grito de los rebeldes de Watts: «¡Que se vayan de nuestro barrio y de Vietnam!» Entre los blancos que se están radicalizando, se están traspasando los famosos límites de la legalidad: se imparten «cursos» para aprender a burlar las juntas de reclutamiento (Le Monde, 19 de octubre de 1965), y se queman cartillas militares ante las cámaras de la televisión.

En la sociedad de la abundancia se está expresando el asco que inspiran esa abundancia y el precio que se paga por ella. El espectáculo queda manchado por la actividad autónoma de una capa social avanzada que niega sus valores. El proletariado clásico, hasta donde se había logrado integrar provisionalmente en el sistema capitalista, no había integrado en su seno a los negros (varios sindicatos de Los Angeles los excluían hasta 1959); y ahora los negros son el polo de unificación de cuantos rechazan la lógica de esa integración al capitalismo, el nec plus ultra de toda integración prometida. El bienestar nunca estará lo bastante bien para dejar satisfechos a quienes buscan lo que no está en el mercado, lo que el mercado precisamente elimina. El nivel que ha alcanzado la tecnología de los más privilegiados se convierte en un agravio, más fácil de expresar que el agravio esencial de la reificación. La de Los Angeles es la primera revuelta de la historia que pudo justificarse a menudo alegando la falta de aire acondicionado durante una ola de calor.

En América, los negros tienen su propio espectáculo, su prensa, sus revistas y sus estrellas de color, y ellos lo reconocen como tal y se niegan a tragarlo, por mentiroso, porque es una expresión de su indignidad, porque lo
ven minoritario, mero apéndice de un espectáculo general. Se percatan de que ese espectáculo de su consumo deseable es una colonia del espectáculo de los blancos y, por tanto, se dan cuenta más rápidamente de la mentira del entero espectáculo económico-cultural. Al querer participar efectivamente y sin demora en la abundancia, que es el valor oficial de todo norteamericano, reclaman la realización igualitaria del espectáculo de la vida cotidiana en América, la puesta a prueba de los valores mitad celestiales, mitad terrenales de ese espectáculo. Pero en la esencia del espectáculo está el no ser realizable ni inmediata ni igualitariamente, ni tan siquiera para los blancos (los negros sirven justamente de perfecto aval espectacular de esa estimulante desigualdad en la carrera por la abundancia). Cuando los negros exigen que se tome el espectáculo capitalista al pie de la letra, están rechazando ya el espectáculo mismo. El espectáculo es una droga para esclavos.

No quiere que se le tome al pie de la letra, sino que se le siga con un mínimo retraso (cuando deja de haber tal retraso, sale a la luz el engaño). De hecho, en Estados Unidos los blancos son hoy en día los esclavos de la mercancía y los negros sus negadores. Los negros quieren más que los blancos: he aquí el meollo de un problema irresoluble, o que se puede resolver únicamente mediante la disolución de esta sociedad blanca. Por lo tanto, los blancos que quieren salir de su propia esclavitud deben primero sumarse a la revuelta negra, no como afirmación del color, evidentemente, sino como rechazo universal de la mercancía y, en fin, del Estado.

La distancia económica y psicológica que separa a los negros de los blancos les permite ver lo que es el consumidor blanco, y el justo desprecio que ellos sienten hacia los blancos se convierte en desprecio de todo consumidor pasivo. Aquellos blancos que también rechazan ese papel no tienen otra salida que unir su lucha cada vez más a la de los negros, encontrándole ellos mismos sus razones coherentes y sosteniéndolas hasta el final. En caso de deshacerse esa confluencia ante la radicalización de la lucha, se desarrollaría un nacionalismo negro que condenaría a los dos lados a una confrontación al más viejo estilo de la sociedad dominante. Una serie de exterminios recíprocos es el otro término de la alternativa actual, cuando la resignación ya no puede durar más. Los ensayos de un nacionalismo negro, separatista o pro africano, son sueños incapaces de ofrecer una respuesta a la opresión real. Los negros americanos no tienen patria. En América están en su casa y alienados, igual que los demás americanos, pero ellos lo saben. Por tanto, no son el sector atrasado de la sociedad americana, sino el sector más avanzado. Son lo negativo en acción, «el lado malo que produce el movimiento que hace la historia, constituyendo la lucha» (Miseria de la filosofía). Para eso no hay África que valga.

Los negros americanos son producto de la industria moderna, con igual derecho que la electrónica, la publicidad o el ciclotrón, y cargan con las contradicciones que le son propias. Ellos son los hombres a los que el paraíso espectacular debe a la vez integrar y excluir, de manera que el antagonismo entre el espectáculo y la actividad de los hombres se vuelve, en lo que a ellos concierne, de todo punto manifiesto. El espectáculo es universal como la mercancía; pero como el mundo de la mercancía se funda sobre una oposición de clases, la mercancía misma es jerárquica. Esa obligación de la mercancía -y, por ende, del espectáculo que informa el mundo de la mercancía de ser a la vez universal y jerárquica conduce a la jerarquización universal. Pero como esa jerarquización debe permanecer inconfesa, se traduce en valoraciones jerárquicas inconfesables por irracionales, en un mundo de la racionalización sin razón. Es esa jerarquización la que crea en todas partes los racismos: la Inglaterra laborista llega a restringir la inmigración de personas de color; los países industrialmente avanzados de Europa vuelven al racismo importando su subproletariado de la región mediterránea y explotando a sus colonizados en el interior. Y Rusia no deja de ser antisemita porque no ha dejado de ser una sociedad jerárquica, en la que el trabajo se tiene que vender como mercancía. Junto a la mercancía, la jerarquía se recompone siempre bajo formas nuevas y se expande, ya sea entre el dirigente del movimiento obrero y los trabajadores o entre los propietarios de dos modelos de automóviles artificialmente diferenciados. Es la tara original de la racionalidad mercantil, la enfermedad de la razón burguesa, que es enfermedad hereditaria en la burocracia. Pero la indignante absurdidad de ciertas jerarquías, así como el hecho de que toda la fuerza del mundo de la mercancía salga de modo ciego y automático en su defensa, permite ver lo absurdo de toda jerarquía desde el momento en que se inicia la práctica negativa.

El mundo racional producido por la revolución industrial ha liberado racionalmente a los individuos de sus límites locales y los ha unido a nivel mundial; pero su sinrazón está en volverlos a separar conforme a una lógica oculta que se expresa en ideas demenciales y valoraciones absurdas. El extranjero rodea por todos lados al hombre que se ha convertido en un extranjero en su mundo. Los bárbaros ya no están en los confines de la tierra: están aquí, constituidos como bárbaros precisamente por su participación forzada en el mismo consumo jerarquizado. El humanismo que encubre eso es lo contrario del hombre, la negación de su actividad y de su deseo; es el humanismo de la mercancía, la benevolencia de la mercancía hacia el hombre del que es parásita. Para quienes reducen a los hombres a objetos, los objetos parecen poseer todas las cualidades humanas y las manifestaciones humanas reales se truecan en inconsciencia animal. «Se portaron como una horda de monos en el zoológico», puede decir William Parker, jefe del humanismo de Los Angeles.

Cuando las autoridades de California proclamaron el «estado de insurrección», las compañías de seguros recordaron que ellas no cubren riesgos de ese nivel: es decir, más allá de la supervivencia. Los negros americanos en general no están amenazados en su supervivencia —por lo menos mientras sigan callados-, y el capitalismo ya está lo bastante concentrado y entrelazado con el Estado para repartir «ayudas» a los más pobres. Pero los negros, por el solo hecho de estar rezagados respecto al acrecentamiento de la supervivencia socialmente organizada, están poniendo sobre el tapete los problemas de la vida; lo que ellos reivindican es la vida. Los negros no tienen nada suyo que asegurar; tienen que destruir todas las formas de seguridad y de seguros privados hasta ahora conocidas. Ellos aparecen como lo que realmente son: los enemigos irreconciliables, no ciertamente de la gran mayoría de los americanos, sino del modo de vida alienado de toda la sociedad moderna: el país industrialmente más avanzado no hace sino mostrarnos el camino que se seguirá en todas partes si no se echa abajo el sistema.

Algunos extremistas del nacionalismo negro, para demostrar que no pueden conformarse con menos que un Estado separado, han argumentado que la sociedad americana, aunque les conceda un día entera igualdad económica y civil, a nivel individual no llegará nunca a consentir el matrimonio interracial. Así pues, lo que hace falta es que desaparezca esa sociedad americana, en América y en el mundo entero. El fin de todo prejuicio racial, igual que el fin de tantos otros prejuicios vinculados a las inhibiciones en materia de libertad sexual, se encontrará evidentemente más allá del «matrimonio» mismo, más allá de la familia burguesa, muy quebrantada entre los negros americanos, que reina lo mismo en Rusia que en Estados Unidos, como modelo de relación jerárquica y de estabilidad de un poder heredado (dinero o rango socio-estatal). De un tiempo a esta parte suele decirse que la juventud norteamericana, que, al cabo de treinta años de silencio, está haciéndose oír como fuerza contestataria, acaba de encontrar en la revuelta negra su guerra de España. Hace falta que esta vez sus «brigadas Lincoln» entiendan todo el sentido de la lucha en que se implican y que la defiendan cabalmente en lo que tiene de universal.

Los «excesos» de Los Angeles no son un error político de los negros, lo mismo que la resistencia armada del POUM en Barcelona, en mayo de 1937, no fue una traición a la guerra antifranquista. Una revuelta contra el espectáculo se sitúa en el nivel de la totalidad, porque es una protesta del hombre contra la vida inhumana, aunque no estalle más que en el barrio de Watts; porque empieza a nivel del individuo real y porque la comunidad, de la que el individuo rebelde está separado, es la verdadera naturaleza social del hombre, la naturaleza humana: la superación positiva del espectáculo.

Tomado de: http://www.tlaxcala-int.org