Traducción de Ignacio Morales

Primavera, cordillera de la costa

El resplandor de mi fogata es rojo oscuro y sin llamas
un círculo de ceniza blanca se expande alrededor.
Me levanto y salgo a caminar bajo la luz de la luna, cada vez
que miro atrás el rojo es más oscuro y la luz más pequeña.
Escorpión se alza tarde con Marte capturado en su garra;
la luna ha venido antes que ellos, la luz
como un coro de niños en los jóvenes árboles de laurel.
Es abril; el sábalo, el pez iracundo,
remonta los ríos; hay trillium en los cañones húmedos;
la fétida lengua de víbora cuelga junto a la cascada.
Aquí hubo una granja alguna vez, ya casi ha desaparecido.
Después de la granja, ovejas  y fuego
hace mucho quemaron las secuoyas de la quebrada,
y los abetos de la cima; hoy el suelo
es pedregoso e irregular, pequeñas rocas planas
se extienden y cubren la superficie como escamas.
Veinte años atrás la creciente erosión
derribó el gran roble encima de la casa.
Ahora no queda nada más que los cimientos
tapados por la hiedra venenosa, y sobre la cima,
seis solitarios, abominables postes;
las vigas de secuoya del granero hacen un puente
sobre  el hondo lecho del arroyo seco;
los cerros están cubiertos de avena silvestre
seca y blanca a esta altura del verano.
Camino entre los fortuitos restos del huerto.
Un topo iluminado por la luna
agita su túnel como una vena colérica;
Orión camina con la cintura bajo la niebla del océano;
Leo se agacha bajo el zenit.
Ya hay pequeños y duros frutos en los ciruelos.
La pureza de las flores del manzano es increíble.
A medida que el viento se calma, su fragancia
flota alrededor como un humo espeso.
Todo el día rodeadas del zumbido de las abejas,
bajo la luz de la luna son silenciosas e inmaculadas.

Primavera, Sierra Nevada

Una vez más Escorpión brilla sobre el paso
encima del cañón, pulcro y radiante,
como la inspiración en el cerebro de Arquímedes.
He visto esta luz sobre el mar tibio,
sobre las playas de palmeras, fosforescente y vibrante;
la luz viva en el agua agitándose tras cada brazada,
frotándose contra los labios, llenando el pelo flotante.
Aquí donde estuvieron los glaciares y aun está la nieve,
la piedra es límpida como la luz, la luz inmutable como la roca.
La relación entre piedra, hielo y estrellas es sistemática e imperecedera;
lo nuevo emerge tras siglos, una roca se desprende de los acantilados,
el glaciar se contrae y se torna gris,
la corriente corta nuevas sinuosidades en la pradera,
el sol se mueve a través del espacio y con este, la tierra,
las estrellas cambian de lugar.
La nieve ha durado más este año,
más de lo que cualquiera pueda recordar. La pradera más baja es un lago,
las siguientes están nevadas, el paso está cubierto de nieve,
solo las rocas más escarpadas están desnudas. Entre el paso
y en la última planicie se abren unos cien pies,
un estrecho abismo azul atravesado por una cascada,
salpicada con la luz del amanecer en lo alto, negra y turbulenta
cuando desaparece otra vez en la nieve.
El mundo está lleno de fuentes ocultas de agua en movimiento
que palpita en los oídos como éter;
las agujas de granito se alzan en la nieve, pálidas como el acero;
sobre la mina de cobre el desfiladero es de un rojo sanguíneo,
la blanca nieve llega hasta el borde del desfiladero;
el cielo se acerca a mis ojos como los ojos azules
de alguien besado en sueños.
Desciendo al campamento,
a las jóvenes, pegajosas y arrugadas hojas del álamo,
a las primeras violetas y al ciclamen silvestre,
y cocino la cena en el crepúsculo azul.
Toda la noche los venados pasan sobre la nieve con sus pezuñas afiladas,
en la oscuridad sus hocicos fríos encuentran el pasto tierno
en el borde de la nieve.

Otoño, Sierra Nevada

Está mañana el zorzal ermitaño no estuvo para el desayuno,
su lugar fue tomado por una familia de carboneros;
por la tarde una bandada de colibríes pasaron hacia el sur,
girando en el viento sobre la montura entre
el monte Ritter y el Banner, siguiendo la ruta migratoria
hacia el sur, desde las cimas de la Sierra hasta Guatemala.
Todo el día nubes oscuras han cruzado la cara de la montaña,
la sombra de un águila dorado hila entre las nubes
sobre la cara del glaciar.
Al atardecer la luna monta sobre la espalda curvada de Escorpión,
la Osa mayor se arrodilla sobre la montaña
diez grados bajo la luna
Venus se esconde en la neblina que emana del gran valle.
Jupiter, en oposición al sol, se alza en el alpenglow
entre los picos quemados. El canto ventrílocuo 
de un búho se mezcla con el sonido de la cascada.
Ahora resuena un trueno distante en el viento este.
La cara este de la montaña
se ilumina por los rayos remotos y el cielo
arde momentáneamente sobre el paso como una aurora.
Hay una tormenta en las montañas blancas,
en los áridos picos de 14 mil pies;
la lluvia cae en los estrechos picos grises
y los oscuros juncales y blancos salares de Nevada.
Justo antes de que la luna se torne un denso y pequeño cúmulo,
resplandeciente como un racimo metálico de uvas,
se mueve sobre la cima de la Sierra y desciende sobre la ladera oeste.
Escarcha, color y cuerpo de la nube,
se extiende sobre la ciénaga bajo mi campamento.
Las hirsutas matas de pino enano
son difusas e indistintas en la luz lunar,
solo sus sombras son realmente visibles.
El lago inmóvil  sostiene las estrellas
y los picos en lo más hondo de sí sin temblor alguno.
En las orillas los geométricos fragmentos de hielo
se expanden con sus maravillosas matemáticas en silencio.
Toda la noche los ojos de los venados resplandecen un instante
al cruzar el radio de mi fogata.
Por la mañana el camino parece una carretera de ovejas,
todas las huellas apuntan hacia el cañón inferior.
“De este modo” dice Tyndall, “los asuntos de este pequeño lugar
son modificados y producidos por la inclinación del eje terrestre,
la cadena de dependencia que opera a través de la creación,
y vincula por igual, el movimiento de un planeta con los intereses
de hombres y marmotas”.

 

SUBIENDO LA MONTAÑA MILESTONE, 22 DE AGOSTO, 1937

Por un mes, andando sobre las sierras,
un poema se ha estado juntando en mi mente,
detalles del significado y el ritmo,
de la manera en que los poemas lo hacen, pero aun sin un centro.
Anoche recordé la fecha y todo
comenzó a unirse y a tomar un propósito.
Nos sentamos tarde mientras Deneb se movía sobre el zenit
y le conté a Marie todo sobre Boston, como se veía
esa última terrible semana, como cientos lloraban
impotentes en las calles esa última medianoche.
Le conté cómo esas horas cambiaron las vidas de miles,
cómo América fue para siempre un lugar diferente
para muchos después de eso.
En la mañana
nadamos en el lago frío y transparente, libélulas
azules vuelan sobre los juncos como millones
de delgadas flores de metal, y pienso
en ti tras las rejas en Dedham, Vanzetti.
Diciendo, “¿Quién habría pensado alguna vez que haríamos esta historia?”
Cruzando la brillante pradera de una milla cuadrada
iluminada con margaritas y ciclamen,
el polen del pino flotando
con el movimiento del aire y las mariposas
azul sulfuro se desplazan con la brisa,
te veo en la ácida luz de la prisión, diciendo,
“Adiós camarada”
en la cuenca bajo la cresta
donde los pinos acaban y la prímula de la sierra comienza,
un grupo de abogados le dispara a una botella de whisky.
La botella se mantiene sobre la roca, nadie logra darle.
Mirando atrás sobre los picos y cañones desde el último lago,
el patrón de los seres humanos parece más simple
que las diagonales de agua y roca.
Escalando la ladera, sobre la nieve derretida y las rocas quebradas,
recuerdo lo que dijiste sobre Sacco,
cómo se deslizó en tu mente y demandaste que fuese leído para el registro.
Atravesando por debajo de la rasgada arista,
una mejilla presionada contra la roca
el viento golpeando la otra,
los vi a ambos marchando en un ejército
tú con la bandera roja y negra, Sacco con el estandarte de la serpiente cascabel.
Acelero el paso hasta el último banco de nieve y llego
al indescriptible azul y fragante
polemonium y al cielo muerto y al estéril granito
cristalino y al último monolito de la cumbre.
Estas son las cosas que sobrevivirán mucho tiempo, Vanzetti,
me alegra que en tus días alguna vez estuve erguido entre ellos.
Algún día montañas serán nombradas como tú y Sacco.
Ellos estarán aquí y tu nombre con ellos,
“Cuando estos días no sean más que un pálido recuerdo del tiempo
en que el hombre era un lobo para el hombre”
Pienso que los hombres te recordarán mucho tiempo
parados sobre las montañas
muchos hombres, mucho tiempo, camarada.

+ Kenneth Rexroth (1905 – 1982) fue un escritor, poeta y artista estadounidense. Es considerado uno de los padres de la Contracultura norteamericana.
+ Ignacio Morales (Santiago, 1986), poeta y traductor. Ha publicado Volvo (Libros Tadeys, 2017) y las antologías de poesía escolar Miraré el sol y me quemaré con gusto (2015) y Ven a bailar contra el oleaje, ven a gozar la fácil destrucción del cisne, 14 poetas del Apocalipsis (2016), por el sello Épica social americana. Actualmente reside en São Paulo.

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