“(…) ese episodio de la imaginación (al) que llamamos realidad”.

Fernando Pessoa, Libro del desasosiego.

“No te puedo creer que estás escribiendo sobre eso”, dijo Luis Weinstein cuando le respondí que editaba una novela sobre aparecidos. No me dejó seguir contándole de qué iba y me obligó a acompañarlo a su departamento. Yo salía de la librería Lolita tras una pesquisa de una nueva edición de Pedro Páramo de Juan Rulfo. “Es un tema importante a mis años”, me explicó. Luis es un psiquiatra y poeta que ya debe haber pasado los ochenta y, claro, ha visto partir a muchos amigos. Su cabeza es demasiado inquieta como para aceptar que la nada se tragó a los que murieron y no para de interrogar a gente de su edad u otros intrusos como yo para conocer sus experiencias. Luis sospecha de las coincidencias y el encuentro conmigo lo tenía revolucionado. “Estoy conversando hace unos meses con un cardiólogo amigo, hombre de ciencia, rigurosamente incrédulo, pero ahora me sale con que puede hablar con los muertos… A los pocos días me encuentro contigo. ¡No sé qué pensar!”, exclamó sin ocultar su entusiasmo. Lo escuché con pasmo, luego le conté lo difícil que es lograr verosimilitud cuando es un espectro el que se mete en el cotidiano de una familia. Me escuchó con paciencia de psiquiatra y luego se atrevió con una explicación física de universos que se interceptan sin dejar demasiadas huellas para nuestros pobres sentidos. “Mi impresión es que estamos sometidos a una dictadura positivista que nos obliga a aceptar como verdadero sólo el dato que entregan nuestros instrumentos, nuestros ojos u oídos”, dijo mirando hacia los árboles que se asoman por la ventana. Le pregunté si no estaba traicionando a su profesión, después de todo, un buen psiquiatra debiese distinguir entre una alucinación y una percepción real. Luego de un largo silencio me confesó que cada vez se daba cuenta de que sabía menos, que la realidad tenía pliegues que antes no veía, que las definiciones en psiquiatría evolucionan tan rápido que prefería guardar silencio en muchas cosas. Su incertidumbre me afectó y me dejó más perplejo que lo habitual. Caímos en un mutismo algo ridículo. Luego vimos la posibilidad de juntarnos con su amigo que hablaba con los muertos a ver si podíamos sacar algo en limpio o, por último, reírnos un rato con los cuentos de aparecidos.

Luego de unos minutos, nuestra conversación recayó en el tema que podríamos titular como “la tiranía invisible”. Es un autoritarismo al que nos acomodamos todos y que no requiere de aparato represor, porque la policía somos nosotros mismos. La sanción social es la burla y la condena es el ostracismo de la irrelevancia. Después de un funeral, los únicos que pueden seguir hablando con el muerto, sin mayor costo, son los niños, los ancianos, los locos y los borrachos. El resto debe cuidarse muy bien de andar dialogando o, si se quiere, monologando con quienes ya se embarcaron hacia la otra orilla. ¿Tiene sentido esta discriminación? Todo indica que no. Como el epígrafe de Pessoa que precede este artículo lo sugiere, nosotros imaginamos la realidad a partir de los datos, siempre parciales, que nos entregan los sentidos, pero no tenemos acceso a la realidad en sí. Aceptada esta enorme limitación, ya podríamos hablar con cierto realismo de nuestras capacidades efectivas para dictaminar si, por ejemplo, una conversación que tengamos con un muerto es real o no. La incómoda sensación de que no siempre coinciden la realidad-de-los-hechos con la verdad, nunca me ha dejado de perseguir y es esta inseguridad, por cierto, la que me empujó a escribir novelas sobre aparecidos o desaparecidos, no hay demasiada diferencia.

La conversación con Weinstein fue un zigzag que iba de un tema a otro. En un momento trajo a colación el enigma de Auguste Comte, el iniciador de la filosofía positivista, que luego de tener una obra y una vida de prédica al rigor y el apego a los hechos, entendidos como el dato que registran los sentidos, enloqueció y terminó adorando a su mujer como una diosa de la razón. “El alma humana es indomable, si te pones a negar lo espiritual, te revienta en la cara; si niegas la sexualidad, ocurre igual”, sentenció con ojos mansos. Meses después de esta conversación apareció una nota en el diario Las Últimas Noticias, en portada, donde se relata la impresión que tuvo un nieto al encontrar una imagen de su abuelo, cuando navegaba en Google Maps, al momento de bajar a la calle donde vivió su viejo. El asunto es que el anciano era reacio a fotografiarse, pero muy dado a barrer la entrada de su casa, en eso estaba cuando pasó la camioneta de Google y lo registró barriendo la vereda. La imagen se tomó un año antes de morir y ahí quedó, en un pliegue, virtual, de eso que llamamos realidad y que cada vez es más poroso cuando se trata del tránsito desde la materialidad a la virtualidad. El anciano terminó siendo un aparecido digital, un fantasma que se puso a tono con la era del big data. Su casa también se hizo fantasmagórica, pues luego de morir se le han ido haciendo intervenciones y pinturas varias.

Al momento de escribir Arreglos pendientes, mi novela aún inédita, estuvo muy presente el tema del lugar al cual el aparecido vuelve. Así como el abuelo aparece barriendo-en-su-puerta, en la novela se relata el regreso de un muerto a su casa paterna. La dificultad que ahí encuentra es que la casa ya está en el suelo, porque en unos días más iniciarían la construcción de un edificio. Así, el aparecido queda desolado, en el sentido etimológico: privado de su solar, de su hogar. Esto lo lleva a visitar a una tía que vivía cerca y es ahí donde comienza su Gólgota. La novela nació de un viaje a la isla Juan Fernández que hice unos años después del maremoto de 2010. La visita se podría resumir en un conjunto de conversaciones en torno a los duelos no resueltos. No era extraño escuchar, “mi hija se fue a trabajar a Australia y no me escribe, porque está muy ocupada, pero ya nos vamos a encontrar de nuevo”. De la isla regresé con la obsesión de releer el Pedro Páramo de Juan Rulfo para intentar comprender cómo hablan los muertos. De lo poco que se puede concluir, es que los muertos vivirían en una realidad parecida a la intrauterina, con mucho silencio y ninguna motivación para salir del estado en el que se encuentran. Su frase favorita sería “preferiría no hacerlo”, como la de Bartleby de Herman Melville. En ese estado, los muertos se dejarían caer en un sitio que les es familiar y ahí se alojan. No interactúan ni hablan si no se los molesta demasiado, pero es posible entrar en conflicto con el espacio que ocupan si sufrimos de recuerdos obsesivos. En ese caso, uno suele visitar casas el día antes de ser demolidas y se topa, por ejemplo, con secretos que, al muerto que los dejó, no le hubiese gustado compartir con narices ajenas. Es la impotencia y la indigencia a la que nos reduce la muerte (suena feo, pero es liberadora, porque nos excusa de toda carga y deber). Otra mala costumbre es escribir al correo electrónico del difunto para ver si contesta, pero nos damos cuenta de que siempre termina siendo un correo arrojado al infinito. Esos correos, los que quedan flotando, porque el destinatario ya no está aquí, era el trabajo de Bartleby antes de ser escribiente. Al final del relato, luego de intrigar a su jefe respondiéndole que “preferiría no hacerlo” cada vez que le daba una orden, se sugiere que el espectral Bartleby, originalmente, estaba a cargo del departamento de cartas con destinatario desaparecido.

Todo esto podría parecer extraño, pero es extraño que parezca extraño, si es una realidad cotidiana. La cultura actual nos limpió de todo lo relacionado con la muerte, pero la verdad es que nos movemos entre los muertos, porque ellos diseñaron el mundo en el que vivimos y el lenguaje que hablamos. Por lo demás, en las redes sociales, no son tan raras las cuentas de personas ya desaparecidas que dejaron sus fotos, textos, respuestas, alegrías y rabias en esos limbos de la electrónica. Pero más allá de todo eso, como bien lo intuye cierta sabiduría callejera, somos muertos con permiso dominical. Entonces, ¿cómo no hablar con nuestros colegas, los muertos?

+Mauricio Hasbún (1969), periodista y novelista. Ha publicado Caído en desgracia (Ril editores, 2006), traducida al francés y publicada como Le Temps qu’il fait (Tombé en Disgrâce, 2009). La novela participó en los festivales de Bellas Latinas en Lyon y en el encuentro Passeurs de Monde (s) en Poitou-Charentes durante 2009. También Mala letra (Ril Editores, 2009), Lodo Mon Amour (Margen editores, 2010), Indulgencia, Postales Católicas (Ril Editores, 2014), novela con viñetas de la artista plástica Jesús González.
Imagen: Coffin Bearers, Gerhard Richter, óleo sobre tela, 1962.
Total
1
Shares