La llegada

La fábrica estaba pueblo adentro, en medio de la calle Angle Lane, en Gooloogong. Pueblo de origen pastoril y devoto. Llegaron un día antes de lo acordado y esperaron hasta el día siguiente en la zona de camping que estaba en el centro. En los potreros que los rodeaban se veían ovejas pastando y esa tarde el universo sonoro fue un balido constante, una especie de analgésico natural que los invitó a sentarse. Desempacaron sus cosas: una cocinilla, la carpa y los utensilios para cocinar. En la calzada de al frente, en una de las muchas iglesias del pueblo, un hombre cortaba el pasto. Imagen que confirmaba la idea que tenían sobre los australianos y su obstinación por mantener la naturaleza a raya. Se quedaron escuchando la maquina pasar reiteradas veces, sonido que se mezclaba con el balido de las ovejas y que, al mismo tiempo, les transmitía el  olor a pasto recién cortado a pesar de que estaban demasiado lejos como para sentirlo. Asimilaron, en ese instante, los pequeños goces brindados a la vista, olfato y oídos, que días después perderían en la fábrica. Al día siguiente, revisaron el correo para confirmar la información: lunes 24 de octubre. Angle Lane. Pararon un par de autos que viajaban en dirección contraria y preguntaron. Les dijeron que se habían pasado cuarenta minutos, algo que intuyeron pero que habían omitido.

Al llegar, notaron que no habían señales ni letreros, tampoco se veía la fábrica ni las vacas. Solo el camino angosto de tierra entre dos plantaciones enormes de choclo, que atravesaron lentamente hasta llegar al interior de la fábrica: un pasillo angosto en el que se ordeñaban cien vacas. Sintieron asco. La vida sería difícil en su forma pero fácil en su contenido –pensaron–.  Se levantarían temprano cada mañana a ordeñar tres mil vacas hasta sentir el cuerpo adormecido. Eso les impediría emitir quejas que fueran más allá de los dolores físicos y todos los problemas que cargaban caerían con ellos al dormir.

Conversaciones

La gente se reunía en el bar del pueblo, único lugar de encuentro. Ahí caían las parejas, hombres solos, familias de paso y grupos de jóvenes que mataban la tarde o escapaban del calor.  Algunos venían de los pueblos vecinos más cercanos, principalmente de Orange, Barrow o Cowra. Estos últimos viajaban para olvidar las conversaciones monótonas y rostros de siempre, o bien para evitar ciertos encuentros. Una tarde, un hombre sentado en la mesa de al lado comentaba cómo el día anterior había estado envuelto en una pelea, motivo por el cual decidió refugiarse en Gooloogong. La mayoría tomaba cerveza y se sentaba a mirar el cricket que sagradamente mostraban por la televisión cada tarde. Alegaban toda clase de cosas mientras se llevaban un trozo de carne a la boca. Afuera, algunos jóvenes hablaban de pesca y de las trampas que ponían para capturar a los peces o de los paseos en bote que hacían por el río Lachlan.

La gente era simple y los temas en su mayoría eran locales. Existía una especie de acuerdo tácito entre todos respecto al uso de las mesas exteriores. No existía la mesa propia, o existía pero a corto plazo. Siempre llegaba alguien y tomaba el lugar disponible y se incorporaba sutilmente en la conversación, o bien introducía un tema de su interés, arbitrariamente. Se hablaba de las moscas y de dónde se escondían durante las noches, de pájaros, arañas venenosas, motocicletas, del riego y de la importancia del aire acondicionado. Se hablaba mucho de los indígenas, catalogados de alcohólicos y violentos, que vivían al otro lado y de los que había que tener especial cuidado. Los más viejos reclamaban la atención de los jóvenes para recitar los poemas de Banjo Paterson y Henry Lawson, los dos grandes poetas de Australia nacidos en los pueblos vecinos. Esto era todo un espectáculo lleno de ademanes y acotaciones, a veces triste, cuando el viejo olvidada las líneas refugiándose en su vaso a medio terminar. A esto le seguía una lista de lugares, atracciones turísticas y una serie de descripciones de las diferentes bondades de cada pueblo, entre las que destacaban la heladería artesanal frente al bar, el río, el jardín japonés y los parques nacionales.

Al tratarse de un pueblo chico la gente comentaba todo tipo de cosas: se sabía quién llegaría al pueblo con anticipación y quiénes se irían para siempre. Se hablaba de la evolución que había tenido el cáncer del señor Adamson, de los amish que vivían a los alrededores, de los maltratos que sucedían en la lechería y del alcohólico que cada tarde llegaba a Gooloogong desde Orange.

Retrato de un Japonés

Kyo es un japonés que vive en Australia hace dos años. Vive solo y desea tener su propia lechería, razón por la que viajó a Gooloogong donde podría trabajar e introducirse en el negocio ordeñando vacas.  Es el único de los extranjeros jóvenes con experiencia en el rubro, y está decidido a quedarse al menos tres años en la fabrica para así obtener un sponsor que le permita erradicarse en Australia. Usa un gorro de lana a pesar de los cuarenta grados y camisas a cuadrillé.  

Nos conocimos una tarde. Él se preparaba para el turno de la noche mientras yo preparaba una ensalada de frutas en la cocina. Me llamaba la atención el hecho de que siempre estuviera sonriendo, incluso cuando pareciera que nadie lo estaba mirando. Esto último despertaba en mí la irritación de verme obligada a sonreír tanto como él cada vez que nuestras miradas se encontraban.

Trabaja sin descanso y aunque mide un metro cincuenta no lo intimidan las vacas. Todas las mañanas camina de su cabaña al sector dos, donde estas son ordeñadas. Aproximadamente dos kilómetros de camino de tierra y sol que atraviesa con el uniforme y las botas de goma puestas. Jamás se sube a los autos de quienes se detienen y ofrecen llevarlo, prefiere caminar aunque el calor sea insoportable. Cada madrugada se pone su overol y las mangas plásticas y comienza su turno en la primera estación, limpiando la teta de la vaca con una pequeña maquinita que contiene unos cepillos y que al contacto con las tetas arroja agua dejándolas brillantes. Luego se dirige a la siguiente estación donde son ordeñadas las vacas mediante cuatro mangueras, que son conectadas a cada teta hasta llegar a la última estación donde son desinfectadas. Este ciclo se repite todo el turno con un pequeño descanso.

En sus días libres le gusta encerrarse en su pieza a mirar televisión. Tiene un plasma gigante y en las horas de calor se sumerge en la pantalla el día completo frente al ventilador. Habla solo, dice que para no olvidar el japonés que según él, no usa hace mucho tiempo. En parte porque se la pasa el día completo ordeñando y a la vez porque nadie allí habla japonés. Mantiene diálogos extensos y a veces con entonaciones diferentes. La mayoría de los enunciados parecen tener una respuesta. Una vez lo sorprendí imitando la voz de un niño y en otra oportunidad lo escuché susurrándole a las ollas en la cocina.

De la caca y los sueños

La caca era anterior a las vacas. El olor llegaba como una ráfaga mucho antes de que las vacas fueran arriadas al lugar donde se ordeñaban y estaba en todas partes: en los corrales, en las paredes, en el suelo, maquinarias, barandas, en nuestros uniformes y en nuestro inconsciente. Diría que el primer encuentro con la caca fue grotesco. No tanto por el olor, sino más bien por las cantidades y por la forma en que era expulsada. Asomándose lentamente hasta llegar al suelo, emitiendo un sonido viscoso. Luego estaba la hipocresía y el disimulo. Como si la mierda fuese algo exclusivo de las vacas. Entre arcadas, pretendíamos que era algo a lo que estábamos acostumbrados y disimulábamos el asco por respeto a las personas que trabajaban ahí de manera permanente. La mayoría gente de los alrededores. Jóvenes y viejos que vivían en los pueblos cercanos y que no contaban con muchas opciones.

Todos estos olores, texturas, formas y patrones a gran escala se grababan de manera extraña en nuestro inconsciente. Teníamos visiones, deformaciones de rostros y sueños en los que la realidad era alterada por montones de caca, tetas, presencia de leche, manchas en blanco y negro y mosqueríos.

Creíamos que se trataba de una experiencia única, de un trauma incubado en los primeros días de trabajo. Pero con los días, descubrimos que era una experiencia colectiva. Y que todos, o casi todos los que trabajaban en la fábrica, experimentaban los mismos episodios. Pensábamos en la caca de las vacas constantemente. En su alimentación, en el encierro en el que viven, en las plantaciones de choclo y en la indiferencia con la que cagan. Berger decía que quizás una de las razones de que se les considere animales sagrados se debía a la despreocupación, placidez y paciencia con la que cagan. Nos preguntábamos si acaso eran conscientes y, si a manera de venganza, se cagaban justo cuando introducíamos nuestras manos entre sus tetas. Una vez vi tetas en lugar de narices en rostros de desconocidos.

La vaca

El encanto lo mediamos en patadas y empujones. Extrañamente resultaban más encantadoras y atractivas mientras más salvajes y agresivas eran durante la ordeña.

Ruido

En el interior de la fabrica se oían las mil tetas siendo succionadas por mangueras, las turbinas de los ventiladores gigantes y la puerta de fierro abrirse y cerrarse cada vez que las vacas ingresaban a los corrales para ser ordeñadas. Habían dejado de escuchar el balido de las ovejas. El universo sonoro y todo guardaba su propio silencio. Entre los caminos de tierra del campo donde trabajaban, circulaba suavemente el agua a través del sistema de riego de puertas y pasos. Durante las tardes, en los potreros vecinos, se producía una pausa de regadores girar, una pausa de cuervos, loros gritando y vacas mugiendo.

 

+ Verónica Echeverría (Santiago, 1992), estudió literatura y actualmente trabaja como profesora de español.
+ Imagen: Damien Hirst.
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