Los huesos de Cervantes y Lope, amigos primero y enemigos después, terminaron compartiendo el mismo destino: desaparecidos. Dicen que a Miguel lo encontraron en 2015 en la Iglesia de Las Trinitarias de Madrid pulverizado en medio de una reducción junto a cinco niños y once adultos. Creer o no creer que entre esos despojos algunas esquirlas de hueso puedan ser de Cervantes, es más bien una cuestión de fe si no un hallazgo oportunista que coincidía con el cuarto centenario de su muerte que iba a celebrarse en 2016. Tras el descubrimiento se esperaban visitas en masa a la tumba del escritor, pero cuatro años después, la expectativa es decepción. Los interesados son cada vez menos, en 2018 la venta de entradas no llegó a 4 mil, un número insignificante comparado con el más del millón de personas que pagan por visitar el Camp Nou o el Bernabéu cada año.

Al enemigo Lope lo depositaron en la Iglesia de San Sebastián tras un funeral popular y multitudinario. Pero cuando el duque de Sessa, amigo y admirador del dramaturgo dejó de pagar el mantenimiento de su tumba, los frailes echaron sus restos a la fosa común.

Antes de que en 1936 se le perdiera la pista, a Calderón lo enterraron y desenterraron seis o siete veces. Después de tanto peregrinar de huesos, ahora nadie sabe dónde está. La leyenda urbana dice que se encuentra en algún lugar secreto de la Iglesia de San Salvador donde el párroco lo escondió temiendo que durante la Guerra Civil los endemoniados rojos saquearan o incendiaran el templo. Si fue así, el cura debió ser un maestro jugando al escondite porque más de una vez la iglesia ha sido auscultada palmo a palmo y Calderón no aparece.

Lo que se supone queda del cojo Quevedo, es un fémur deformado, las clavículas, un húmero y varias vértebras. Lo suficiente como para hacer un relicario kitsch para fetichistas. De Goya nos falta el cráneo. Cuando abrieron su féretro en Burdeos, la cabeza no estaba. Del exilio regresó un esqueleto decapitado cuya calavera, según un nieto del pintor Fierros, acabó roída por un perro rabioso que perseguía a su hermano. Una escena que podría encajar en los Caprichos o en las Pinturas Negras, una ironía que de ser cierta, al mismo Goya le habría sacado una sonrisa.

Velázquez yace lapidado entre escombros bajo una plaza de Madrid. García Lorca, como tantos otros miles de andaluces, sepultado en alguna zanja de Granada todavía sin localizar. Uno más de los 130 mil desaparecidos durante la guerra y la dictadura que aún aguardan amontonados en fosas comunes esparcidas por toda España.

Mientras, entre tantos huesos perdidos, los de Franco, embalsamado como un faraón, desafiando desde Cuelgamuros al monasterio de Felipe II y con ínfulas de Bonaparte, reposan desde 1975 bajo la cruz más alta del mundo en la basílica del Valle de los Caídos enterrados tras el altar mayor, lugar que el derecho canónico reserva exclusivamente para papas y obispos.

En la retórica franquista, al golpe de Estado le decían alzamiento. A la guerra, cruzada, al dictador, caudillo, a su voluntad totalitaria, designio de Dios. Y al mausoleo megalómano para el culto de su persona que comenzó a construir apenas un año después de terminada la guerra, monumento de homenaje a los caídos por Dios y por la patria, «lugar para que las generaciones futuras rindan tributo de admiración a quienes les legaron una España mejor». En la construcción de este despropósito trabajaron más de 20 mil presos políticos a los que se canjeaban dos días de pena por cada día de trabajo. El Valle de los Caídos es además la fosa común más grande de España porque junto a Franco, reposan los huesos de más de 33 mil muertos de ambos frentes.

Se dice que el dictador no dio pautas sobre el lugar en el que quería ser enterrado, pero es difícil creer que no esperara o supiera que lo llevarían allí. ¿No iba a saber o intuir quien durante más de cuarenta años manejó a su antojo España lo que decidirían sus Servicios Centrales de Documentación e inteligencia tras su muerte? Si así fue, no decir o estipular nada concreto sobre sus planes de sepultura parece una jugada más de propaganda franquista vestida de falsa modestia que un acto de pudor y de humildad.

En el fracaso colectivo de horror y masacre que supuso la guerra, en los dos frentes se cometieron atrocidades, pero los vencedores tuvieron más de cuarenta años y los aprovecharon bien para contar su verdad, buscar y velar la memoria de sus muertos y continuar la represión sobre los vencidos. Aunque los números son muy distintos, aún hay desaparecidos de ambos bandos. Más de cien mil. ¿No es urgente? No es urgente dicen quienes se oponen o menosprecian la Ley de Memoria Histórica y sesgan de los presupuestos los recursos necesarios para aplicarla.

La memoria es una urgencia de la democracia para cumplir con sus principios y tan urgente como garantizar las libertades, la salud, la educación, el trabajo y el derecho a una vida digna para todos los ciudadanos. No se trata del pasado remoto, son hechos de la historia contemporánea de la que somos directos herederos. Resulta difícil entender que haya personas, cargos públicos y partidos políticos que manifiesten que restituir la memoria y la dignidad de los muertos cercanos no es urgente. Aún peor es cuando esgrimen argumentos haciendo uso de ironías y sarcasmos sobre los objetivos de la Ley. Efectos lamentables del teatro político que continúa golpeando la dignidad de las víctimas, despreciando el dolor de sus familias y banalizando la historia. A dónde piensan que vamos si a la mitad del país le negamos el derecho a la justicia. Buscar e identificar a los desaparecidos o exhumar a Franco del Valle no es urgente, dicen, es revolver el pasado, abrir heridas, gastar dinero inútilmente. Pero la realidad es que hay heridas que aún no se han cerrado y ese alzhéimer histórico que según les acomodan las causas practican o no, es una losa ideológica que impide saldar la deuda de justicia histórica que como país tenemos con nosotros mismos. No es cuestión de ideología, es cuestión de humanidad y para muchos ya es tarde, gran parte de los desaparecidos jamás serán encontrados porque sus huesos se desharán y se perderán para siempre sepultados bajo el cemento y el hormigón de las nuevas construcciones.

La democracia española no le está negando al dictador lo que él y su régimen negaron a tantos. No lo está tirando a una zanja en paradero desconocido ni arrojándolo a los perros. Como corresponde a los principios democráticos, está retirando los restos del dictador de un espacio público que no le corresponde, que ha servido como lugar de culto y enaltecimiento a su persona y que se mantiene con los presupuestos del Estado. En vez de continuar interponiendo recursos ante la Justicia para impedir la exhumación y de exigirle al Gobierno honores militares para el traslado del dictador, su familia debería agradecer a todos los demócratas de España y a las instituciones del Estado el comportamiento ejemplar y la paciencia que han demostrado en un asunto que debió concretarse mucho tiempo atrás.

El viernes 11 de octubre a las seis de la tarde, se cerraron al público las puertas del Valle de los Caídos. Cuando en los próximos días vuelvan a abrirse, por fin el dictador ya no estará allí.

España está horadada de fosas y sembrada de huesos. Huesos perdidos y olvidados de hombres ilustres y esqueletos amontonados en zanjas, cunetas y barrancos. A los primeros se los llevó el tiempo por delante, a los segundos, un tiro de gracia. Pero cuando vuelvan a abrirse las puertas del Valle de los Caídos sin Franco en su interior, tal vez comience de verdad a cicatrizar la herida que su cruzada golpista abrió hace más de ochenta años. Dondequiera que estén, quizá los huesos de los desaparecidos se revuelvan en sus tumbas encontrando en ese gesto algo de justicia y de reparación. Enfrentarse a la historia es un acto de dignidad y grandeza. No se debe olvidar el pasado. Sin memoria, no somos nada.

+Imagen: Fosa común en Burgos, España.

+ Silvia Veloso (Cádiz, España 1966). Es autora de los libros Sistema en caos y Máquina: la educación sentimental de la inteligencia artificial’ (2003, finalista del Premio Macedonio Palomino, México, 2007) y El minuto americano (2009). Algunos de sus textos aparecen en la compilación Gutiérrez de A. Braithwaite (2005) y Pzrnk: Alejandra, nenhuma palavra bastará para nos curar, ensayo y traducción al portugués de poemas de Alejandra Pizarnik,  Instituto Interdisciplinar de Leitura Cátedra UNESCO PUC, Rio de Janeiro (2014). En 2017, el proyecto ‘Relato de los muros’ fue exhibido en forma de instalación en la XX Bienal de Arquitectura (Valparaíso, Chile). Socia de Barbarie, pensar con otros.