Por Juan Rodríguez

El amor (no) nos salvará I. Cuaderno de Guayaquil de Ricardo Vivallo
El amor (no) nos salvará II. Serotonina de Michel Houellebecq

Dicen que se trataba de Agustín, el santo católico de los siglos cuarto y quinto. Caminaba por la orilla del mar, pensando en Dios, cuando vio a un niño que jugaba. El niño sacaba agua del mar con un balde y luego la vaciaba en un hoyo hecho en la arena; y de nuevo lo mismo, y lo mismo. Agustín le preguntó qué estaba haciendo, el niño le respondió que estaba sacando toda el agua del mar y poniéndola en ese hoyo; el obispo le hizo ver que eso era imposible. Entonces el niño le contestó que más imposible era tratar de hacer lo que hacía Agustín en su mente: pretender comprender el misterio de Dios.

Dejando de lado la cuestión religiosa y teologal involucrada en la anécdota (o quizás no), la situación del niño y la de Agustín —el afán de intentar lo imposible— es una representación de la condición humana; de la tragedia humana diría alguno: empujar una roca cuesta arriba para que caiga justo antes de llegar a la cumbre. Claro, podríamos no hacerlo, dejar tranquila la roca, dejar de sacar agua del mar, no pensar más en Dios, no levantarnos todas las mañanas, pero no podemos, necesitamos hacerlo porque hacerlo es vivir.

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Esos seres llamados humanos queremos ser lo que no somos; ese es nuestro más radical imposible. Siempre nos falta algo, real o imaginariamente, da igual; y ese algo, creemos, nos explica, nos determina. Y nos colmará si lo encontramos. Nos reconciliará con nosotros mismos y con el mundo. Algo que no es, que no está, define lo que somos; es una paradoja. Por ejemplo, a la protagonista y narradora de Hija natural (Emecé), la primera novela de Natalia Berbelagua, le falta su padre, o al menos la ausencia del padre la hace sentir incompleta, rota, fragmentada. Determina su relación con los hombres (busca en ellos al padre, o eso se dice a sí misma) y quizás todas sus relaciones.

La lucha de la protagonista —con o sin padre— será la de reconstruirse, completarse; como si eso fuera posible. Como si aquellos que tienen padre y madre fuesen seres completos. Quienes tienen una gran familia añoran la intimidad y soledad de los que tienen familias atomizadas. Y estos desearán y quizás envidiarán a aquella gran y aparentemente armoniosa familia. El pasto del vecino siempre es más verde. Etcétera. El paraíso (o el tiempo) siempre está perdido; en realidad es el paraíso o el tiempo nunca tenido, solo imaginado por esa creativa y narrativa facultad que es la memoria. Por la literatura.

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Su padre, más bien su progenitor, abandonó a su madre cuando esta le dijo que estaba embarazada. Vivían cerca. Ya nacida la niña, la protagonista de Hija natural, él la vio muchas veces, pero nunca se acercó. Décadas después, ella conoce a su padre y entonces comienza el relato, la memoria. “Cuando cumplí treinta años conocí a mi padre. Después de haber llegado del viaje que me enfrentó con él por primera vez, me saqué el abrigo sin saber quién era yo. Luego las preguntas surgieron como callampas en el barro”, dice la anónima narradora. “¿Debía seguir llamándome igual?, ¿Seguiría escribiendo?, ¿Cómo iba a decirle a mi madre?, ¿Cómo me relacionaría con los hombres?”.

Ignorar quién se es, ser otra, entonces, pero no por gusto, no por individualismo o por esa “innovación” del que cree que se hace a sí mismo; sino que dudar, y hacerse otra, por el impacto de la realidad que le hace preguntarse, a la autora, perdón, a la narradora: ¿Quién soy?      La manera de responder es la de siempre, la única, la humana: contar su historia. Ella escribe, dice, para liberarse del peso que siente en sus hombros (“que, a estas alturas, es como la roca de Sísifo”). La escritura, entonces, como liberación y hasta como desecho. Algo así como obrar las palabras, ideas, historias que nos indigestan. Obrar y seguir. Tomar, al fin, control de su vida; al menos en el relato.

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No sabemos el nombre de la protagonista, pero sabemos que significa “nacimiento”. Sin embargo ella imagina que podría significar algo más pesimista; ¿muerte? No lo dice.

La enajenación que somos —algo nos falta, no tenemos control de nuestras vidas— parte desde el momento en que son otros los que nos nombran, son otros los que certifican que nacimos tal día, tal mes, tal año, y que nuestros padres son tales o cuales; incluso certificarán nuestra muerte. Esa es la cuestión que preocupó hasta la exageración a Antonin Artaud. Y algo de eso hay en Hija natural: ella, la hija natural, es definida o certificada por el padre que no está, por la madre depresiva: “Tal vez debió llamarme con un nombre compuesto —dice la hija—, lo que sería una explicación a mis múltiples partes en disputa. He tenido que lidiar con esa yo fragmentada, repasar una y otra vez mi permanente relación con los desorientados, los excluidos. Esto comenzó cerca de los seis años, cuando me pusieron de compañera de banco a Lorena, que sufría de hiperkinesis”.

En el mundo de “nacimiento” (¿Natalia?) hay relojes que no dan la hora, pero que la marcan, relojes parados hace años, pero que ante la muerte de alguien, una tía, comienzan a hacer tic tac a distintas horas. Digamos que son guías que no guían, pero muestran, no sabemos qué. También hay una casa invadida de gatos. Otra con perros abrigados mientras “nacimiento” pasa frío. Problemas mentales. Ropa vieja, heredada, ropa de muertos. Viejos a los que ella cuida, como voluntaria. Cuerpos quemados. Terapias y pastillas porque sí, y, ¿por qué no? Accidentes. Alcohol. Una amiga desaparecida. Terremotos y otros fenómenos naturales que ocurren junto con los terremotos personales. Una niña violada. Decenas de cambios de casa, un amor tortuosísimo, días y días de llanto (¡sesenta días!). Muertes de familiares y amigos; muchas muertes. Intentos de suicidio. Todo hasta el extremo, o mejor, hasta el centro del humor negro; la muerte llega a perder toda solemnidad, y el sufrimiento se convierte en un cliché. ¿No es eso sano?

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Cuando “nacimiento” dice que quiere mantener un mínimo control sobre su cuerpo podemos entender lo ya dicho: que tiene la esperanza de mantener un mínimo control sobre la propia vida. Poder aportar algo a la respuesta sobre quién soy. Aunque a estas alturas, y leyendo Hija natural, deberíamos escribir entrecomillas eso de la “propia” vida. Digamos, mejor, la vida que vivimos e intentamos comprender. (Comprender algo al menos, y aferrarnos a eso.)

La paradoja de “nacimiento” es querer tener la vida de otros, pero por sí misma. La calma y recogimiento de la abuela, el ajetreo y extroversión de la madre. “Y, frente a eso, yo, queriendo tener una vida de bohemia y viajes como mi madre, y rezar también como mi abuela, pero por mí misma, en silencio y casi llorando, porque mi padre no quería saber nada de mí”.

Ella, “nacimiento”, que escribe, que cuenta historias, que recuerda, es una depositaria o heredera de fragmentos, de fracasos, de proyectos no realizados; es como si los otros le dijeran sé tú lo que nosotros no fuimos. “Pienso que mi familia es una horda de artistas frustrados; escritores, actores y dibujantes. Esto ha sido repetitivo, porque he sido la receptora de cada una de sus negaciones artísticas: dibujos a medio terminar, libros de poemas que nunca fueron editados, fotografías sin revelar. Se encargaron de que llegara a mis manos lo inconcluso, como si ya hubiesen decidido desde antes que yo naciera, que tenía que hacerme cargo”.

De nuevo, otros nos definen, nos certifican, nos cargan. Ella —“nacimiento”— es lo inconcluso. ¿Acaso no lo somos todos?

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Las dudas son corporales. Cuando “nacimiento” se pregunta por su padre le baja la presión. Las dudas son corporales y fantásticas. Ella recuerda, supone, haber sido víctima de un ataque cuando niña; pero al forzar la memoria solo encuentra un gran blanco. Quizás sea el padre. Quizás, inconclusa ella, solo sea el deseo de la pieza que arme el rompecabezas; pero no hay pieza ni hay rompecabezas que armar. No queda otra que arreglárselas con la totalidad de fragmentos.

Y allí se cruzan cuerpo y fantasía, o quizás la fantasía se encarna, el recuerdo se hace nervio: “Es difícil recordar todo esto, porque se supone que el trauma no tiene hilo narrativo —dice—. Por eso hablar de mi padre y de mi madre encierra una complejidad que me tiene con los nervios tirantes. Los músculos doblados se parecen a los vínculos. Esos hilos de carne que recubren a un órgano tan importante como el corazón, a veces se tensan, y se estiran tanto que se pueden cortar. Qué ocurre con ese nervio, no lo sé, pero puedo intuir que todo el sistema entra en un estado de alerta e incomodidad”.

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Quizás el tormentoso y tierno amor de quien de hecho ha sido su padre y madre (suponiendo que haya que mantener los roles), de su madre-patria, salve a la narradora. Siempre y cuando sepamos que de lo que hay que salvarse es de la salvación. Que es otra manera de decir que no hay salvación, o que la salvación es la muerte. Sabemos ya, o al menos es nuestra fe, que la reconciliación final no existe; que nunca realizaremos o disolveremos las negatividades que nos habitan, que “nuestros” fragmentos nunca serán un todo. Esas negatividades, esos otros, esos fantasmas o vacíos no solo nos habitan, también nos motivan; de modo que sin ellas no seríamos nada, su plena realización sería nuestra muerte en vida o la muerte sin más.

¿Qué es una momia si no un ser plenamente reconciliado, estable, armónico: total? Un ser que, de poder hablar, nos diría quién es, sin lugar a dudas. Pero no puede hablar, y nosotros sí; nosotros hablamos, pensamos y a veces escribimos; no somos momias, ni sabemos quién somos. Tenemos palabras, o ellas nos tienen, no sé. La palabra quebrada, llamó Martín Cerda a su ensayo sobre el ensayo; se puede ir más allá y decir que la palabra es quebrada y que nosotros somos ni más ni menos que un ensayo. Palabra quebrada o suspensiva, como los puntos… suspensivos. De nuevo, no momias, no punto final. Ella, “nacimiento”, esa hija natural, es un ensayo autobiográfico. (“Yo soy la materia de mi libro”, dice Montaigne en sus Ensayos).

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La protagonista, nacida en los años ochenta, es una “hija natural”; así lo certificaban los otros, la sociedad. Hijos naturales, recordemos, eran en Chile, hasta 1998, los hijos sin padre (“ilegítimos”, “huachos”). Al pensar en esa idea —“hijos naturles”— imagino a niños brotados de la tierra o de algún árbol. ¿Será que los “legítimos” hijos de padre y madre no eran naturales?, ¿será que eran artificiales? En un momento del libro, sin relación con este asunto de los hijos naturales y no naturales, “nacimiento” dice que la “la naturaleza es desgraciada, y como dice bien María Moreno, ‘Ama lo artificial’”.

Repito, la reflexión de la protagonista no tiene que ver con cuestiones filiales, pero, gracias a la libre asociación, por qué no preguntar cómo se vincula lo que “nacimiento” dice que dice María Moreno con la expresión “hija natural”. ¿Será que la naturaleza ama a los hijos artificiales —con padre y madre— y no a sus hijos, los “naturales”? Ahora, claro, a nosotros, seres humanos, artificiales, culturales, históricos, incompletos, qué nos importa la naturaleza. No somos naturaleza, ni siquiera la naturaleza es natural: naturaleza es lo que es y lo que puede ser; sea lo que sea. Nada definitivo; un ensayo.

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El escritor chileno Ricardo Vivallo publicó en su muro de Facebook algunos fragmentos de Bluets, el libro de Maggie Nelson. En uno de ellos, Nelson recuerda una novela inconclusa de Novalis, que cuenta la historia de un trovador; este, tras soñar con ella, dedica su vida a buscar una pequeña flor azul. La idea —la flor— lo acecha, no puede deshacerse de ella. Luego de ese recuerdo, Nelson nos invita a pensar en la expresión holandesa “Esas no son más que flores azules”, que significa “un montón de mentiras”. “En ese caso —concluye Nelson—, toda búsqueda es, en sí misma, un error espiritual”.

El padre de “nacimiento” —“mi mayor fantasma”, así lo describe ella— podría ser esa flor azul, una idea de la que no se puede deshacer, que la acecha, pero sobre todo un error espiritual. De hecho, el padre es un estafador, que embarca a mujeres mayores que él en negocios para luego huir con su dinero. El padre, pues, es una mentira, un montón de mentiras.

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Ser otro siempre será mejor. Uno es lo que no es, dicen los filósofos. La noche anterior al encuentro con un nuevo hermano (otro hijo abandonado por su padre), “nacimiento” imagina qué tan distinta hubiese sido su vida de haber tenido una figura masculina, “y la seguridad que hubiera tenido en el mundo de que nadie me haría desaparecer, de que nadie me llevaría a ninguna parte”. Algunas líneas después constata “la vieja herida del no reconocimiento”.

Esos mismos filósofos dicen que la historia humana es una lucha por el reconocimiento (y la toma de conciencia de sí mismo); lucha de amos y esclavos que debería terminar cuando nos reconozcamos como libres e iguales. Es decir, seres autónomos, emancipados, adultos; al menos relativamente.

Quizás eso busca “nacimiento”, quien le agradece a su tío (hermano del padre) sus llamadas: “por más que no fueran ideales, me devolvían la dignidad, me daban fuerza, me decían que era querida”. Dignidad. Ella escribe para ser reconocida por su otra familia; pero en realidad vuelve a la suya, la de siempre, vuelve a sí misma, pero no igual; una vez que se junta con su padre logra entender a su madre, la reconoce y entonces se reconoce, consiente su dolor, el de ambas: no lo dice, pero podría decirlo, “somos iguales”.

Lo que sí dice es esto: “Nos dimos un abrazo [madre e hija] que abrió otra dimensión, porque los fantasmas aparecían por fin, y en mi osadía ella podía recuperar su propia historia”; y “nacimiento” también, se me ocurre. Por eso cuenta, por eso narra. Porque eso parece que es la autonomía, recuperar la propia historia. Escribir para ser reconocido por los otros deviene, sin quedar del todo atrás, escribir para reconocerme a mí mismo. Tomar o creer tomar el control de sí, claro que sin que desaparezca el miedo a perderlo. Los fragmentos de ella, de “nacimiento”, que flotaban en distintas épocas, se vuelven a juntar en un presente que tiene mañana; hay futuro, hay alternativa, ya no están negadas todas las posibilidades. El mundo y los otros vuelven a abrirse, se rasga el velo del solipsismo, de la existencia que solo se piensa a sí misma, que solo se sufre a sí misma; hay que evitar hundirse en sí mismo, ese es un camino que puede llevar a la muerte, al suicidio (o al fascismo, es decir, al desconocimiento o no reconocimiento total del otro, totalitario, a su negación y entonces su eliminación). Una autobiografía, hablar de sí mismo, pensarse, no tiene por qué ser narcisismo; una autobiografía incluye a los otros, los ve, habla de nosotros: es humana.

“Después de recibir nuevamente el amor de mi madre, me erguí en la calle. Puede parecer abrupto que después de semejante cantidad de tiempo ocurra algo tan simple y al mismo tiempo tan definitivo, pero solo ese gesto de pararme me volvió a conectar. ‘Estoy saliendo’, me dije, ‘estoy viva de nuevo’. El tiempo tiene ese misterio de hacerte consciente de todos los segundos o de hacerlos pasar con una rapidez de película adelantada”. Ella, “nacimiento”, está a salvo. ¿Quién podría cuestionar esa fe? “La tragedia —reflexiona cuando conoce a una familia ajena— no era un motivo, ni un motor, era una imagen enorme, o una limpieza profunda antes de lo verdadero. Fue un cambio de óptica conocer esta otra forma de vivir. Mi ojo que se desvió cuando era niña volvió a ver con más detalle”.

¿Ve mejor o ve distinto?, ¿tomó el ojo el camino correcto u otro desvío? Sospecho que lo segundo.

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Ella, “nacimiento”, recuerda la vez que llamó por teléfono a su abuela paterna. “Hola abuela, soy la hija de Manuel”, le dijo. “Lo que no reconoce mi hijo no lo reconozco yo”, fue la respuesta que obtuvo. Sí, lo que quiere, lo que busca la narradora es reconocimiento.

Ser, han dicho también los filósofos, es ser reconocido… por otros, se entiende. Y ya no solo porque sean otros los que te nombran, sino también porque son los otros los que te reconocen como uno de ellos, como hija y nieta, por ejemplo, y en último o primer término como ser humano. Yo soy y quiero que los otros lo reconozcan. De nuevo, esa es la tragedia humana, también su dignidad (hay quienes la llaman dialéctica).

Dice ella que “todo era cambiante”, habla de la “inestabilidad de los roles”, esa es la dialéctica, la tragedia. La existencia desconoce el determinismo. Ella, “nacimiento”, lo dice mejor cuando se refiere a las tempestuosas y a la vez intempestivas peleas con su madre, siempre al acecho: “Lo cierto es que yo vivía con temor de que pasara algo, porque todo era cambiante. Uno piensa que la vida se parece al conductismo: se actúa bien, se recibe algo bueno; se actúa mal, viene el castigo. Pero en este caso nunca hubo regla. La perfección no era sinónimo de bueno, la generosidad estaba asociada con el deber y no con la buena voluntad. Y en esos términos todo era posible”.

Pero entonces —si todo es posible— lo bueno y lo malo son posibles; ese es el castigo y el premio, la fatalidad y la eventualidad. Hay filósofos, como Martin Heidegger, que ven en la muerte la realidad fundamental de lo humano; otros, en cambio, como Hannah Arendt, apuestan por la natalidad. Sí, la muerte es el cierre de toda posibilidad, nuestro fin y hasta nuestra completitud; pero junto a ese cierre está el nacimiento que renueva las posibilidades. Hay un destino, sí, pero también hay espontaneidad, incertidumbre, eso que llamamos libertad. Junto a la muerte, “nacimiento” también es protagonista de su vida y de la de todos. Es una hija natural, artificial, o lo que sea, vaciando porque sí el mar, sin nunca vaciarlo, una y otra y otra vez. Lo inconcluso es también lo nuevo, lo posible.

“En esta construcción familiar —reconoce “nacimiento”— no hay vida sin muerte, no hay muerte sin dramatismo, no hay paz sin tranquilizantes, no hay amor sin sufrimiento, no hay humor si no es negro”. ¿Reconocer eso será reconocerse y ser reconocido? ¿Será eso la libertad, el nacimiento? Reconocerlo y seguir, vivirlo. Un niño, un recién nacido, es una inconciencia y por eso es un nuevo comienzo. No podemos ser niños de nuestra propia vida, aunque de algún modo sí. Precisamente cuando reconocemos y seguimos.

En el libro, “nacimiento” se mira en un espejo para reconocerse; también recuerda que en un momento de angustia se vio fuera de la realidad. Tal vez reconocerse sea verse fuera de la realidad; y por eso los momentos de reconocimiento deben ser solo eso, momentos; o de lo contrario no podríamos vivir. Momentos en medio de una continua o general inconciencia o falta de conocimiento. La libertad, entonces, la autonomía, la autoafirmación, la identidad como conciencia e inconciencia, memoria y olvido; como muerte y nacimiento. Naturlaeza y artificio. Como pretender vaciar el mar. Algo imposible, pero que hacemos y hasta contamos. Ir por la vida buscando certezas, es como recorrer el desierto en busca de agua, o querer pisar firme en el hielo. Y sin embargo lo hacemos, y porque lo hacemos tiene sentido. O no lo tiene, que es lo mismo.

 

Hija natural
Natalia Berbelagua
Emecé, 2019, 138 páginas.

Fotografía: Martin Parr

+ Juan Rodríguez M. (Santiago de Chile, 1983) estudió filosofía y trabaja como periodista en el suplemento Artes y Letras del diario El Mercurio.