+Est-il possible de ralentir? Conferencia en la Universidad Libre de Bruselas, febrero
de 2013. Del libro Cómo pensar juntos. Conferencias sobre ciencia, política y desastre
Traducción de Diego Milos

+La imagen corresponde a la novela gráfica El Año 01, de Gébé, publicada en 1972, que inspira este texto y se puede ver completa en www.sami.is.free.fr

 

¿Es posible ralentizar? Es una pregunta que, creo yo, no llama a una respuesta del tipo sí o no, sino que debería servir para hacernos pensar. Pero si hubiera que responder con un sí o un no, diría que probablemente no. Probablemente.

Lo digo porque la imagen que nos domina desde hace un tiempo es la de una locomotora que avanza hacia un muro o un precipicio y que los frenos no responden, están bloqueados. No es una imagen tan reciente. Uno podría encontrar un equivalente en este libro que traje aquí, para situarme un poco, porque fue un acontecimiento para la generación con la que aprendí a pensar: El Año 01, de Gébé.  Ahí aprendí a pensar, en el sentido de pensar algo diferente a lo que sabía que fuera posible.

En El Año 01 se plantea que el fin del mundo será en veinte años, y curiosamente, como hoy, el fin del mundo es una Tierra que se derrite de calor. Esto no quiere decir que sea profético, o tal vez solo lo sea en el pronóstico cuya duración sería de veinte años, tiempo estimado en la década de 1990 (aunque los estadounidenses lo sintieron antes) cuando se empezó a percibir esta especie de aceleración que nos empujaba.

¿Qué es lo que nos separa hoy de El Año 01? Es lo que dice, aquí, a continuación: «Los años 70 en todo su horror…», entre paréntesis: «Secreto». Hoy no hay más secretos y eso es terriblemente impresionante. Todos, salvo algunos iluminados o indiferentes, sabemos que vamos a chocar con el muro, y que vamos mucho más rápido que lo previsto.

Lo segundo es que ellos saben que tienen un tiempo de veinte años. Hoy no tenemos verdaderamente idea del estado en que nos encontraremos, nosotros y la Tierra, en veinte años más, pero sabemos que la generación nacida en este siglo ya no es llamada la generación «futura», con el carácter indeterminado que antes implicaba. La generación nacida en este siglo tendrá que enfrentar pruebas terribles, que he señalado en el libro En tiempos de catástrofes: la amenaza de volverse bárbaros ante catástrofes, indisociablemente ecológicas y sociales, que eran inimaginables en los años 70, y me refiero a los procesos que seguimos fomentando y que nos van a devolver con creces las monedas de nuestra irresponsabilidad.

¿Es posible ralentizar? Es una buena pregunta por lo que nos está ocurriendo hoy: tenemos un conocimiento que no es secreto y que ya no pertenece a personas sobre quienes decían «téngales confianza, deje de preocuparse, confíe en el progreso, ya podremos reparar los daños que estamos cometiendo, etcétera». No, ahora sabemos, y sin embargo no tenemos una respuesta para este futuro que se acerca a toda velocidad. Y lo que quiero proponer a ustedes es que desacelerar, ralentizar, es una capacidad de reapropiarse de –no de tolerar– los intereses divergentes y de dar a las razones de los otros —lo que a ellos interesa— el poder de hacernos dudar, modificarnos, transformarnos y hacernos entender nuestros propios intereses de otra manera.

La pregunta por la posibilidad de ralentizar da lugar a lo que William James llamó una opción verdadera o auténtica: una opción frente a la que no hay posibilidad de posición neutra. De todas maneras, la respuesta que sea, sí o no, compromete por igual. Si cedemos a la tentación —tan fuerte actualmente— de decir «no, no creo que sea posible ralentizar», estamos reforzando la improbabilidad de que sí sea posible.

Entonces de una manera u otra, esta pregunta es más bien un grito, y suscita una intervención, un manifiesto, que consiste en decir: tal vez sea improbable, pero si pasamos de la improbabilidad a la imposibilidad, aparece la opción jameseana. Estamos comprometidos a todas las escalas, porque en todas se plantea la pregunta ¿reapropiarse o aceptar y resignarse?

Todo esto es un pensamiento muy antiguo para mí, cuyo germen fue creado por Gébé, con El Año 01. A partir de ahí entendí que este mundo me decepcionaba, en el sentido de percibir que otra cosa era posible. Porque una no se decepciona cuando descubre que el ser humano no es lo que creía, sino cuando se hace la pregunta: ¿qué nos está ocurriendo? El mensaje de El Año 01 fue: paramos todo, reflexionamos y finalmente vemos que nada malo puede pasar con eso. Y ¿qué viene después? Comienzan a hacer un paro general, con ejercicios de desmovilización, hasta que, un día, todos pararon. La película sobre El Año 01 muestra eso muy bien, una especie de catálisis existencial en la que este «yo dudo» desencadena la decisión de que cada uno diga «sí» y se detenga.

Es una fabulación, sí. Pero en esta fábula, la ralentización permite reapropiarse de la capacidad de pensar. Vino un momento, después de los años 70, en que hubo en todas partes un sentido de lo posible, un sentido que venía del hecho de que este mundo no se sostenía más que por hábitos y costumbres. No era solo gente como yo que leyó El Año 01, sino muchos otros, y ocurría como si algunos tuvieran una especie de miedo, y si tenían ese miedo, también habían entablado otra forma de hablar sobre el neoliberalismo, y a entenderlo como la capacidad de extirpar ese sentido de lo posible y a la vez de movilizarnos por algo en lo que ni siquiera era necesario creer. Una movilización sin causa, o para la cual se fabricaban causas como el crecimiento económico (sin él, «nada sería posible») o la ley de la oferta y la demanda, como si el mercado fuera a pensar por nosotros («Usted no piense, vuélvase deseable, flexible y responda a las señales del mercado», o incluso «multiplique las divisiones de la empresa para que cada departamento sea cliente y proveedor uno de otro»).

Decía que, autobiográficamente, con este libro fue la primera vez que estuve cerca de esa posibilidad que consiste en saber y no hacer nada con ese saber, e incluso negarlo al hacer como si ese saber no estuviera allí.

Más tarde vino la aparición de las leyes para regular el desempleo, que empezaron a tratar al eventual cesante como a un ser fraudulento, al que hay que controlar e impedirle la cohabitación en una misma residencia, etcétera. El desempleo no solamente se instaló como si fuera un hecho natural, sino también como una política de persecución activa, que se llamaba de racionalización o de «desengrasado» y que sigue hoy en día. Sabíamos que no había trabajo para todos, sabíamos que eso fue instalado, que no que era natural, y sin embargo hacíamos como si el cesante malo, el que no busca trabajo hasta encontrarlo, fuera el enemigo y la causa del problema. La posibilidad de negar, de abstraerse de lo que uno sabe, fue lo que me obligó a pensar en contra de eso, y a escribir con Philippe Pignare La brujería capitalista (2005) y más adelante En tiempos de catástrofes (2009).

Si intervine, con esos libros, fue para pensar esta impotencia frente a lo que sabemos sin derivarla a grandes razones del tipo «la incapacidad del ser humano para enfrentar estas cosas » o la «servidumbre voluntaria». No se trataba ni se trata del «ser» humano, sino de algo que nos ocurrió, que nos fabricó, y que no dice nada de una naturaleza humana que permita colegir que «la gente es incapaz de modificarse, aprender, cambiar» (o incluso que «yo lo cambiaría, pero la naturaleza humana de la gente es incapaz»). En La brujería capitalista hablamos justamente de un sorcerer attack, un «ataque brujo», una captura de nuestras capacidades para manejar nuestros asuntos. Entendíamos al capitalismo como una época y proceso no solo de explotación, sino de expropiación sistemática de aquello que nos vuelve capaces de pensar juntos los problemas que nos conciernen.

La pregunta sobre la posibilidad de ralentizar es sinónimo de eso: ¿es posible reapropiarse de esas capacidades? Y se plantea pertinentemente hoy no solo porque estamos impotentes —uso un nosotros abstracto que no es capaz de modificar la trayectoria de esta locomotora que se acerca al final mucho antes de lo que previmos— sino también porque los procesos de desapropiación se han acelerado en los últimos quince años.

Quiero aludir a dos casos muy claros. El primero es la inminente prohibición de comerciar semillas no homologadas, y con ello todas las capacidades de cooperar entre los campesinos que resisten a la industrialización. Son prácticas ligadas a intercambiar y regenerar granos y semillas tradicionales, menos devoradoras de abono y que necesitan menos pesticidas, pero que desde el punto de vista de la producción industrial ofrecen inconvenientes. Con su ilegalidad, hay una desapropiación de lo que los campesinos estaban re-aprendiendo a hacer. Tal vez ustedes están al tanto de que hace unos días las personas que descontaminaron un campo de papas modificadas genéticamente en Wetteren fueron finalmente condenadas, y muy duramente, porque se usó contra ellos el cargo de asociación ilícita. Es decir, leyes que antes se usaban contra la mafia ahora se usan contra personas que participan en una acción de desobediencia civil no violenta; nuevamente, una desapropiación de los medios que teníamos, en este caso
para manifestar una posición política de otra forma que la que ofrecen los debates de opinión.

Y el segundo es la proliferación del neomanagement en todos los ámbitos. Partió con las enfermeras, que ya no pueden permitirse pasar más de tres minutos con un paciente que las necesita porque todos sus actos deben ser registrados cronométricamente, y ahora eso ocurre en todos lados. Participé hace poco en un seminario de la Universidad Popular que fue casi como un lugar de liberación de la palabra, tanto la gente necesitaba hablar del sufrimiento provocado por lo que podríamos llamar un verdadero «ataque brujo»: un tipo de evaluación, sistemáticamente no pertinente para lo que las personas consideran ser el sentido de sus oficios, y que los destruye e instala una desesperación que evidentemente contribuye a la incapacidad de hacer que las cosas les conciernan.

En la universidad, los filósofos vemos que ese porvenir no está muy lejos. Es solo cosa de años para que sigamos el paso de otros países europeos, o de las ciencias sociales, y adoptemos el tipo de evaluación que nos promete publicar en las revistas de clase A y mostrar que tenemos la flexibilidad suficiente para seguir las señales del mercado. El oficio de filósofo será destruido, de la misma manera que el oficio de enfermera y muchos otros.

Podemos decir que por todas partes el proceso de expropiación de lo que nos convoca, nos hace pensar, nos concierne, está en marcha. No solamente no sentimos la potencia de actuar ante la amenaza, sino que este proceso nos ha dejado peor preparados que nunca en la historia humana para hacer frente y responder a lo que ofrece el siglo XXI.

¿Cuál es la relación más precisa entre reapropiarse y desacelerar o ralentizar?

Quiero partir por la «velocidad» en relación a la cual habría o no ralentización. Hay muchos sentidos para la palabra velocidad, y quiero tomar el de la movilización. Un ejército movilizado es un ejército que nada puede ralentizar ni detener. En tiempos de guerra, de movilización general, podemos atravesar los campos sean cuales sean los daños causados: nada puede obstaculizar a la progresión de las tropas. Esto significa poder destruir para avanzar, e implica un cierto tipo de anestesia: no hay que sentir lo que se está haciendo cuando se avanza a toda velocidad; por el contrario, sentir, dudar, decir «¿y si damos un desvío por aquí?, tal vez evitaríamos un poco de destrucción»: no. Todo eso es perder tiempo, y perder tiempo es traicionar al ejército movilizado.

De hecho, sabemos que estamos ante una movilización cuando se piensa que dudar y vacilar sobre lo que se está haciendo o aceptando, es una traición. Como ocurre con otro sentido de «movilización», y que la gente de mi edad conoce muy bien: la movilización para la revolución. Había que rechazar todo lo que podía complicar la lucha, había que focalizarse en el enemigo y en el frente de batalla, todo lo demás era secundario y considerado riesgo de dispersión (como por ejemplo el pensamiento feminista); nada podía perturbar el «todos juntos» que representaba la única esperanza.

Todos juntos. Muchas veces me dicen que sigue siendo necesario luchar juntos. Yo también lo creo, y es una de las cosas que me han transformado en intervencionista: la experiencia vivida, por procuración desde luego, en la manifestación de Seattle, el 30 de noviembre de 1999, donde la idea de que otro mundo era posible hizo vibrar y supo unir lo que muchos de nosotros sentíamos.

Seattle fue un «todos juntos», pero uno extraño, heteróclito, que reunió a gente que venía por una multiplicidad de razones, pero que sabía que tenía que encontrarse allí; todas esas razones hicieron que Seattle fuera el lugar en el que podríamos decir que no. Fue esa puesta en relación de razones que divergen, que no son las mismas y que no son jerarquizables, la que hizo que coexistieran monjas budistas y los Black Block. Esa puesta en relación de las razones es lo que permite la reapropiación sin ideas de jerarquías: los que luchan están conectados a sus razones de luchar, no están sometidos a una razón general que pondría a todo el mundo en igualdad, que movilizaría a todo el mundo por lo mismo. No. Cada uno viene con sus razones y sabe que encontrará a otros con sus propias razones. Es lo que Félix Guattari hubiera llamado una heterogénesis. Algo se produce gracias a la heterogeneidad de lo que lo compone.

Entonces, todos juntos, ciertamente sí, pero para eso hay que ralentizar y poder crear un plano —luego volveré a por qué lo llamo un plano— en el cual las razones divergentes entren en comunicación. Reapropiarme de mis razones de filósofa para poder hablar con una enfermera que se reapropia de sus propias razones.

Y reapropiarse de las razones que tenemos, que nos hacen vivir y luchar, toma tiempo.

Hay ejemplos de esto, como la slow food o la slow science. Lo que llaman slow food es, de manera general, todo eso que se tejió en torno a la pregunta por las relaciones entre los que comen y los que producen comida, y que ha logrado crear vínculos allí donde normalmente debiera verse oposición entre intereses contradictorios: el consumidor quiere la comida lo más barata posible y el productor quiere vender sus verduras lo más caro posible. Allí donde había una contradicción que jugaba a favor de los grandes distribuidores, nacen vínculos en los cuales los consumidores no son solamente consumidores. Como dice la etóloga y filósofa Vinciane Despret, les gusta el pollo y las legumbres no solo para comer sino también para pensar, porque saben que haber tomado esa decisión les permite tener una vida más interesante a ellos, y a los productores recuperar lo que les importa: poder alimentar bien.

Ralentizar, entonces, podríamos decir que es darse el tiempo de volver a crear lo que no ha dejado de ser destruido entre nosotros, y es lo que podríamos llamar las «relaciones civilizadas». Y evidentemente, el homo economicus es sinónimo de relaciones no civilizadas, en las que cada uno persigue su propio interés sin la menor preocupación por las consecuencias que eso pueda tener para los otros. ¡Que se las arreglen como puedan!

Dicho eso, quisiera pasar al caso de las ciencias y de las pruebas que las constituyen. La idea de ralentizar, ciertamente, tiene verdaderos enemigos, como los que dicen «el crecimiento y esto y lo otro», y muchos más. Sin embargo, me parece que hay que evitar el moralismo y el resentimiento (que siempre van juntos) de decir: «Se merecen lo que les está pasando». Es lo que intenté con ¡Otra ciencia es posible!: que no se dirigiera solamente a los científicos que se resisten a la destrucción de sus oficios, sino también a aquellos que responderían satisfechos de esa destrucción: «Qué bueno, se lo merecen»; a todos los científicos desesperados porque sus oficios están siendo destruidos y a aquellos que se desesperan con que las ciencias puedan decir algo interesante sobre el futuro.

Está casi de más decir que la institución científica tiene fuertes compromisos con la racionalidad, la objetividad, la calculabilidad y la demostrabilidad, y que todas forman parte de una máquina que sigue destruyendo y haciendo callar muchas otras prácticas, oficios, maneras de hacer y vínculos que permitían a otros vivir y pensar. Y no estoy hablando de la colonización (ni de la post colonización, pues la destrucción no se ha detenido); la institución científica ha sido y es una participante activa en la movilización general del mundo.

Eso no ha impedido que algunos científicos hayan tocado las alertas. Recordarán a Rachel Carson, una científica que hablaba de La primavera silenciosa (1962) que preparaban los pesticidas. Hasta el día de hoy, muchos ecologistas activos lo son también «en tanto» científicos enloquecidos al ver lo que hemos hecho. Pero lo que es impactante, es que no tengo memoria de protestas colectivas de científicos cuando, por ejemplo, el argumento que hace comunicar directamente lo racional y lo científico es usado para hacer callar a los demás. No he oído protesta colectiva de científicos cuando se usa la idea de que hay daños, pero todo se va a arreglar porque el progreso lo arregla todo, ni cuando se aplica un análisis de costo-beneficio como la manera racional y científica de gestionar situaciones en las cuales están en juego pérdidas irreversibles. Por el contrario, podemos decir que cada vez que hay científicos que plantean una inquietud de ese tipo, la mayoría de sus pares reacciona poniendo en duda su lealtad a la institución, que pareciera estar implicada en la confianza en el progreso, en la idea de que esto debería arreglarse.

Dudar de todo eso podía ser signo, quizás, de no ser un verdadero científico.

La institución en tanto tal está altamente comprometida en lo que nos está sucediendo. Y, por otro lado, creo que está en un proceso de ser destruida. El oficio de científico, además de muchísimos otros, se encuentra bajo ataque.

La economía del conocimiento, como saben, consiste en una alianza obligatoria con la industria privada para obtener fondos públicos; dicho de otro modo: uno de los logros que aseguran la carrera de un científico, desde el punto de vista del público (a quien se entrega el conocimiento), son las patentes, vale decir el conocimiento puesto bajo propiedad privada. Y esto significa una demanda de flexibilidad de los científicos para coincidir con los intereses privados («Si no, usted sigue creyendo en los científicos encerrados en su torre de marfil»).

Esta dependencia con el mundo privado ha crecido, y lo mismo la multiplicación de conflictos de interés, de los que seguramente habrán oído hablar. Lo que esas ciencias tenían de fiable en su modo de producción, y que reunía a los científicos, era su dimensión colectiva. Eso fue, de hecho, lo que me llevó a interesarme por ellos: un científico aislado era menos inteligente que en grupo, porque juntos se obligaban unos a otros: para que una proposición científica se sostuviera, para que fuera un logro fiable, tenía que pasar por las objeciones de los demás. La fiabilidad era la preocupación que reunía a los científicos. Hoy esa manera colectiva de hacer ha sido destruida, porque las nuevas maneras de conseguir logros en ciencia separan a los científicos unos de otros y los ponen bajo la dependencia del mercado. Los científicos saben que lo que los vinculaba y obligaba a pensar juntos, lo que los preocupaba y forzaba a crear objeciones y posibilidades, está atrapado en el proceso de destrucción. ¡Obtener una patente es muchísimo menos difícil que obtener un resultado fiable! —en el sentido científico del término. Y la reacción es la habitual: por aquí y allá aparecen colectivos científicos a favor de la slow science o, como aquí en la universidad, de la desexcelencia.

Pero si intervengo no es solo para decir que la economía del conocimiento y el neomanagement están acabando también con las ciencias experimentales y la academia. No es solamente eso. Y es que en el desarraigo de los científicos está la nostalgia por el pasado, por la época en que eran respetados y el mundo privado sabía que tenía que esperarlos a que produjeran resultados fiables para luego transformarlos en innovación bajo patentes. Es la añoranza de un compromiso en el que ellos eran lo que he llamado la gallina de los huevos de oro. Como saben, es un cuento alemán que pone en escena a unos aldeanos estúpidos que tienen una gallina que pone huevos de oro, hasta que se les ocurre que si destripan a la gallina tendrán más oro, y de manera más directa: solo encuentran tripas, se comen a la gallina, pero pierden los huevos.

La afirmación de los científicos, lo que los llevó a alegar para que no les quitaran su autonomía, los dejaran tranquilos y los respetaran, era: «Si nos imponen sus preguntas, les daremos respuestas que no valdrán nada, se quedarán sin huevos de oro y con una ciencia pequeña y pobre, es decir, sometida a preguntas sobre las que no se pueden producir respuestas fiables».

Eso decían en el tiempo en que la gallina de los huevos de oro todavía podía cacarear. Hoy ya no dicen tanto eso, y aceptan, con tristeza, las preguntas del mundo privado.

Si el título de mi libro fue ¡Otra ciencia es posible! —y no, por ejemplo, ¡Hay que defender la ciencia!— es porque uno de los retos que tenemos es no añorar ese pasado, ni el estatus de la gallina de los huevos de oro, y no dejarse encerrar en las alternativas entre dependencia o autonomía.

¿Por qué no añorar la autonomía de una ciencia protegida por fronteras que la dejan trabajar tranquila? Porque justamente era una forma de movilización. Los científicos se presentaban y aprendieron a pensarse a sí mismos como si estuvieran movilizados por el servicio a la humanidad, a la que beneficiaban con los huevos de oro de la innovación científica. De algún modo, era el precio de su autonomía, pagaban por ella y la tenían que defender.

Cuestionar demasiado esta protección, hasta hace poco, no era buena idea, porque una gallina necesita que la dejen poner huevos en paz. Ella no va a ir a buscar sus huevos y preguntar qué han hecho con ellos. Por el contrario, está feliz de que le digan «gracias a usted ahora la humanidad puede hacer esto, etcétera». O peor aún, en la medida en que el conjunto se pone a girar en torno a estos huevos científicos de oro —como ocurre con los organismos genéticamente modificados (OGM): biotecnología convertida en oro—, nos vamos enterando de que muchos científicos no son gallinas simples, sino gallinas estrategas, es decir que no solamente no se interesan por las consecuencias de sus huevos, sino que reclutan activamente a aquellos que podrían transformar una novedad científica en innovación a precio de oro.

Hay una simbiosis que se estableció, al menos desde la segunda mitad del siglo XIX, entre el proceso de producción científica y el de la producción industrial. Una simbiosis acerca de la cual los científicos no pueden decir simplemente «es el interés de nuestros huevos el que actúa sin nosotros», como diría una verdadera gallina, sino una simbiosis en la que los científicos estaban muy interesados en ser considerados como los bienhechores de la humanidad, porque por eso recibían su sustento. Esta simbiosis no se da solamente sobre los productos y procesos que los científicos han hecho posibles, sino ante todo en y para la movilización, pues el argumento científico no solo es útil en lo que permite crear (fiabilidad), sino además ofrece la posibilidad de hacer callar a los que dudan, tratándolos de irracionales y diciendo que gracias a ellos —los científicos— se ha examinado una situación y se ha aportado una solución a esa situación: la versión, por fin racional, de lo que cualquier ser humano de buena voluntad tendrá que aceptar y reconocer como necesaria.

El caso de los OG M es un ejemplo caricaturesco de esto: hubo biólogos que prometieron que iban a resolver, de una vez por todas, el problema del hambre en el mundo, desatendiendo completamente que el hambre tiene muchos otros mecanismos para existir en el mundo que la cantidad bruta de comida producida, la productividad. Sería interesante preguntarse si estos biólogos fueron corrompidos por industrias como Monsanto, o si bien eran el producto de la economía del conocimiento (¿sus intereses estaban tan ligados a los de la industria que ya no les era posible hacer la diferencia?), o incluso si no estaban traduciendo, sin más, el viejo ethos de la gallina, la tendencia a decir que lo que se está proponiendo vale oro para una situación (como la productividad vegetal), porque es la solución ¡por fin racional!, y todo el resto es secundario, irracional y se resolverá por añadidura después.

Así que no añoremos ese pasado, porque podía producir biólogos diciendo que los OG M son la solución final del hambre en el mundo.

La figura de esta ciencia movilizada, que rechaza cualquier pregunta que pueda desacelerarla a partir de las consecuencias que produce, es la del sonámbulo.

El sonámbulo no está solamente anestesiado —insensible a los destrozos, porque lo más importante es andar rápido—, lo que podría ocurrir solo por su falta de imaginación; el científico movilizado es un sonámbulo en el sentido de la imagen usual del sonámbulo, arriba entre los techos, caminando sin dejarse detener por el vértigo, porque no se da cuenta dónde está ni de los riesgos que corre, es insensible a todo eso. ¿Y cuál es la moraleja del sonámbulo? No hay que despertarlo, porque si se despierta se cae.

Estos científicos veloces no solamente no están acostumbrados a pensar preguntas que podrían ralentizarlos, sino que les tienen horror, las consideran malignas. No pueden interesarse por las consecuencias de lo que hacen, no solo porque no aprendieron a hacerlo, sino porque no quieren por nada en el mundo que alguien los interese por ellas: perderían su creatividad sonámbula, dudarían, vacilarían y caerían. Y todos los que les dicen «por favor, piensen un poco más lejos» son para ellos, técnicamente, objetivamente (tal vez no subjetivamente), sus enemigos.

Ralentizar, en ciencia, es poner en cuestión a esta fábrica de estudiantes e investigadores y su disciplina, en el sentido casi religioso de resistir a la tentación que podría desviarlos e interesarlos por el mundo y ya no solo por el avance de sus conocimientos. Preocuparse por los numerosos mecanismos que causan el hambre en el mundo sería como dejarse seducir, desviarse y traicionar ese avance.

Finalmente, y es lo que intenté desarrollar en ¡Otra ciencia es posible!, creo que si evitamos la trampa de aceptar el argumento según el cual la ciencia tendría una relación privilegiada con la racionalidad, sería posible dirigirse a los que son y no son científicos.

Y es lo que intento hacer, de modo tal que haga que los científicos se pregunten: ¿qué nos han hecho?, y que los no científicos puedan recordarles sus propias razones, en tanto efectivamente son diferentes a las suyas, pero no porque ellos sean ajenos a la racionalidad y los científicos los dueños de esa racionalidad. Los científicos no son los cerebros racionales del mundo, sino, curiosamente, personas para quienes tiene valor solo lo que consigue ponerlos de acuerdo, y eso es algo escaso e interesante. Por ejemplo, el bosón de Higgs: millones de euros y años de trabajo e inteligencia humana fueron invertidos en esa idea, y en producir aquello que permitió decir, todos juntos: ¡el bosón de Higgs existe! Esa pasión es racional, es curiosa y se satisface en situaciones excepcionales.

Pero cuando un resultado científico deja su lugar de nacimiento —el laboratorio, allí donde todo está puesto en escena para poder conferirle a los objetos el poder de ponernos de acuerdo y sobrellevar las objeciones— y va al mundo, ese poder se pierde. En otros términos, podemos decir que los OGM de laboratorio están ligados a resultados más o menos fiables, que tienen el poder de poner de acuerdo a los biólogos, pero cuando están en otra situación, en campos cultivados de cientos de miles de hectáreas, esa fiabilidad desaparece. Las transferencias genéticas que los vuelven más resistentes a los insectos, la idea de que las propiedades de los OG M en el laboratorio van hacer aumentar la productividad y todo lo que debe ser porque «así lo dice el laboratorio», pierde su poder cuando estamos en el campo.

Entonces, lo que quiero es decir esto: «Ofenden su oficio al tratar la fiabilidad —eso a lo que sienten apego y que los vuelve vivos e inteligentes— como una propiedad general, que conservaría afuera del laboratorio, en terreno, su definición general. Cuando hablan así de lo que ustedes hacen, están insultado a su propia práctica, y a toda la inteligencia colectiva que fue necesaria para obtener algo fiable».

¿Es posible ralentizar a los científicos en sus juicios sobre las objeciones que provienen de otras personas que no son sus colegas? No lo sé. Lo que sé y me interesa es que la operación de desaceleración y reapropiación es doble. Esto que les acabo de decir a los científicos, creo, quiero, podría hacerlos cambiar, hacerlos pensar, porque no los estoy insultando, ni a ellos ni a la racionalidad, sino apelando a lo que tiene un valor para ellos y que también puede ser escuchado y atendido por los activistas que acusan a las ciencias de ser responsables de la forma de movilización del mundo contra la que luchan, ya sea para resistir a ella o vencerla. Dicho de otro modo, se trata de hablarles a los científicos delante de los que los acusan, y a los acusadores delante de los científicos, pero no para alegar por su inocencia, sino para afirmar que no sabemos de lo que es capaz de hacer un científico con independencia de su entorno, un entorno que hasta ahora nos tiene a todos bastante averiados, a ellos y a nosotros.

Entonces quiero aprender a hablarle a los científicos para que dejen de alimentar la nostalgia del tiempo en que estuvieron protegidos, como la gallina de los huevos de oro, pero decirlo también de un modo que pueda interesar y activar creaciones con los activistas que ven a la ciencia como su enemiga —y no sin buenas razones—; es tal vez un ejemplo del plano en el que las razones que se reconocen como divergentes pueden entrar en comunicación.

Para este futuro que se prepara, necesitaremos de la inteligencia científica. No saldremos de esto sin proposiciones técnicas pertinentes. Los huertos colectivos son un buen ejemplo de reapropiación, pero si la cuestión real no es hacer una huerta, sino sustituir a la agricultura industrial, necesitaremos de científicos, agrónomos, biólogos, técnicos. Y es algo que hoy comienza a existir, se llama agroecología, y los que se reconocen y trabajan en ella están experimentando una ralentización extraordinaria, porque saben y afirman que ninguna solución es pertinente si no ha sido coproducida por agricultores y agrónomos juntos, con los saberes de los agrónomos según los agricultores los reconozcan o no como pertinentes. Y no es solo la producción, sino luego la distribución y, en el fondo, cada uno de los elementos que componen el problema del hambre en el mundo.

Todo esto no debe ser pensado bajo un modo único sino de forma conectada. Necesitamos a los que se han comprometido en este campo, que ya no es disciplinario, y necesitamos defender e interesarnos por lo que ese nuevo tipo de científicos volverá posible. Decir que la ciencia o la racionalidad es nuestro enemigo significa debilitar algo que necesitamos: científicos que sepan escuchar las razones de los otros y sentirse
obligados a pensar con otras razones, es decir, fabricar con los otros sabiendo que se está contribuyendo, pero no definiendo, a la aproximación racional a una pregunta.

¿Cómo crear, entonces, un plano en el que las razones divergentes entren en comunicación?

Una de las fórmulas de los científicos, y no solo de ellos, consistiría en conferir a una situación, en este caso de interés colectivo que articule razones divergentes, el poder de ralentizar todas las razones, sin dejar ninguna indemne y sin que ninguna sea suficiente en sí misma. Cada situación en particular pide que todas las razones se ralenticen para entre- componerse. Lo que se requiere es que ninguna razón se identifique a un interés general, y que cada razón sea capaz de sostenerse sin esa identificación general que permitiría definir una situación en términos de algo que la trasciende.

Y lo que hay de muy curioso es que desde hace veinte años esta trascendencia pasó de «¡el progreso del hombre no puede detenerse, así es que tenemos que avanzar!», con signos de exclamación triunfalistas, a «el crecimiento económico nos va a matar, pero tenemos que crecer».

Los científicos otorgan a una situación el poder de hacernos pensar juntos. Podemos también aprender de las formas en  que otras civilizaciones han cultivado ese poder.

Me gustan, porque tuve una experiencia con ellas, las prácticas de palabras que existen en África. Ahí opera el mismo punto: todos los que están reunidos, lo están porque saben algo sobre el orden del mundo. Y si se reúnen es porque ninguno de esos saberes puede responder por sí solo a la situación que los convoca. Entonces cada uno escucha y es escuchado por los otros, en tanto dice un fragmento del orden del mundo, hasta que ocurre este proceso de composición por medio de una disminución de la velocidad: paramos y pensamos, y se produce un acuerdo sobre cómo la situación puede ser comprendida. Entonces, por medio de la escucha de cada representante de un aspecto del orden del mundo, el orden del mundo pasa, en el sentido de que sabemos aquí, y nunca en general, lo que este nos pide.