Por Francisco Ide

María Pía Escobar (Asunción, 1989) publicó recientemente su primer libro titulado Exageraciones (Saposcat, 2019), un libro que alterna relatos y ensayos, y que en palabras de Roberto Merino conforman una mirada sobre el mundo “absurda, a veces dramática y sobre todo hilarante”. Conversamos sobre su libro, sobre la escritura y otras cosas.

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Quiero partir preguntándote sobre “lo paraguayo” en el libro. Todo lo que refiere a Paraguay tiende a la exageración: desde la reacción emocional a las galletas o la ubicuidad de mangos abollados que no dejan caminar a la gente. Cala mucho en ti ese imaginario.

Sí, Paraguay es transversal en el libro; para mí simboliza la abundancia, el exceso y la no contención. Esto en contraste con lo “chileno”, que representa lo frío e impersonal. En el fondo es llegar de un país subtropical a uno donde hace más frío que la chucha. En Paraguay podís andar en pelota casi, caminar por la calle sin zapatos. Hay también una naturaleza exuberante, los mangos realmente se pudren en las calles. En Santiago a lo más encuentras colillas de cigarro y desechos plásticos por todas partes. Allá todo es más salvaje, no hay ornato. Tiene que ver también con que es un país más pobre, casi feudal, eso se nota mucho en las relaciones de subordinación en el trabajo. Allá la clase media casi no existe, hay una gran brecha social. Es todo más rudimentario.

Cada vez que refieres a Paraguay lo haces desde la infancia y la nostalgia. Desde una remembranza que incluso cuestionas en un momento del libro, cuando te preguntas si todo lo que relatas sobre Paraguay es realidad o invención.

En un punto es una idealización de algo que perdí, de un lugar del que fui arrancada. Me sacaron de mi país subtropical para llegar a uno en que no tenía familia y estaba más sola, sin arraigo. Chile representa o representó para mí una realidad más cuadrada, normada y solitaria.

Un país domesticado, agringado, aplanado por el capitalismo…

Sobre todo en Santiago, porque igual en los extremos hay más identidad y está todo menos domesticado. Santiago para mí es nefasto, en un punto. Entonces hablo desde la nostalgia de un país que anhelo. Sin embargo, me pasa que cuando llego allá también me siento ajena. Al final Paraguay tampoco es mi lugar.

Te chilenizaste…

Sí, por eso idealizo, en el fondo. Quizás para un paraguayo lo que hablo no tiene nada que ver con su país.

Bueno se nota que esa idealización está cruzada por un sentido de no pertenencia y sobre todo de incomodidad. En una parte incluso dices algo como que toda incomodidad, por mínima que sea, es una tragedia. La incomodidad como un no poder situarse, en el fondo… ¿no?

La incomodidad como concepto está a lo largo de todo el libro. Y sí, tiene que ver con ese no poder situarse; vivo en la nostalgia de ese lugar de origen, pienso en los mangos pudriéndose en las calles como algo hermoso, cuando lo cierto es que para los que viven allá son un problema: generan enfermedades, llegan ratones, hay pestilencia. No me hago cargo de la realidad de ese lugar, sino que lo abordo desde la idealización de un espacio donde podría haber sido feliz. Por echarle la culpa a algo digamos, porque la forma de vida a acá no me satisface, pero quizás si viviera allá tampoco me sentiría conforme.

En tu libro hay una constante exaltación del individuo como vector del mundo, el yo en relación a lo otro. Es muy divertida la visión dramática del individuo que haces, en una desdicha permanente, como dices en una parte “entregado a la marea de la infelicidad”. Una visión entre heroica y absurda del yo…

Tiene un poco que ver con esta incomodidad de no poder situarme, porque no me siento una inmigrante, por ejemplo. Ni tampoco creo que esa exageración dramática de los individuos tenga tanto que ver con lo “paraguayo” en mí. Me parece que tiene que ver más con mi familia. Mi familia es tremendamente exagerada. Hay una tendencia familiar hacia la magnificación de cualquier cosa, buena o mala. Es normal ver a un familiar que cree que se está muriendo de cirrosis y que en la comida familiar se toma un vino cagado de la risa.

Eso se ve en cómo tratas los temas del libro o a los personajes, donde el humor se impone a la miseria, o la miseria como condición se aborda humorísticamente… Resulta interesante que el objeto de la miseria o el absurdo casi siempre sea un reflejo de ti misma o directamente tu biografía (sea ficción o no). Un reírse de la propia miseria, a la vez que eres tu propio objeto de estudio…

Claro, creo que mi impulso de escritura es idéntico a mi personalidad, en el sentido de que si hay algo inherente en mí es el desborde. Ese aspecto de mi persona se materializa en el libro, en el sentido de que yo prefiero sobrepasarme que contenerme, tanto en la experiencia real como en el ejercicio de escritura. La diferencia es que en la vida real no tengo opción de edición. No se puede editar la realidad. En la escritura es diferente, se puede modular este ímpetu de no contenerse y  escribir desde el desborde. Y ese ejercicio está cruzado por la introspección. No me interesa demasiado hablar de la realidad en sí, sino que hablo de una realidad un poco desfasada. No es exactamente este mundo, pero tampoco es un mundo donde un hueón vomita conejos.

Es un desborde organizado…

Sí, una escritura desbordada en un primer impulso, pero luego contenida, editada, organizada por un pensamiento posterior. La vida no te da esa posibilidad, digamos, la escritura sí. Pero tanto en el día a día como en lo literario siempre lo real está en el límite de lo absurdo.

Tu libro me recuerda a los ensayos autobiográficos de Thomas de Quincey, a los relatos y ensayos de Schowb, algunas cosas de Alfonso Alcalde, por el humor, la autoconciencia y la reflexión, filosófica si se quiere, o la exploración del mundo a partir de la experiencia y el cotidiano. Ahora a los libros prácticamente se les exige una marca ideológica o temática, aunque sea de pasada mencionar alguna idea contingente, con resultados un poco estreñidos, en mi opinión. Tú vas por otra vía, me parece.

Yo siento que en general, en Chile, falta un poco de desborde. En lo que he leído últimamente percibo cierto resguardo. No sé si es comodidad, pero sí un cuidado muy marcado, una organización previa, blindada, en un punto. Resulta muy evidente cuando aparece una crítica social de cualquier índole, por ejemplo. Creo que la escritura debería ser un momento de libertad. En el fondo todo eso que piensas y sientes va a quedar igual como huella en el texto, no es necesario ser tan evidente o programático con los temas. Creo que es mejor cuando pasan piola. Una amiga me decía que ella pensaba mucho las cosas antes de escribirlas. Yo creo lo contrario, creo que eso importante que piensas y sientes, o las conclusiones a las que llegas, van a salir igual mientras escribes. De otra manera me resulta maqueteado. Por eso me gusta usar pies forzados, porque escribas sobre lo que escribas tu texto va a estar impregnado por tu pensamiento y el resultado va a ser un texto más raro, como llegar a un lugar por vías extrañas.

En tiempos de inmediatez algunos temas se banalizan o pasan a ser directamente utilitarios; temas que son tópicos, como la muerte, por decir algo. En tu libro hay una preocupación constante por no banalizar estos temas y explorarlos como condición humana…

Bueno la muerte es un tema fundamental, sobre el que me pregunto siempre y que está muy presente en el libro. Sobre estos grandes temas mi intención en un punto es romper la solemnidad con que se abordan. Hay algo tremendamente falso en la solemnidad. Una falta de humor preocupante, una contención total. Insisto, creo que la clave está en el desborde.

Es importante para ti ese concepto, en el fondo es lo que decías antes, no maquetear, tirarse con todo. En los textos rotulados como “Eso” dentro del libro, en esa suerte de miniensayos, se nota esa exploración asistemática…

Sí, los textos de “Eso” yo los veo como un artilugio. Parto escribiendo sobre una imagen visual, que existe digamos, para terminar dudando sobre la escritura misma. Para mí, ese ejercicio “ensayístico” es el acto mismo de la escritura, como algo separado de la ficción. Es un ejercicio de exploración libre, de especulación, un registro del pensamiento. Es el momento de la duda. Por eso el libro termina por juntar las categorías: “Yo” es mi vida, digamos, “Ellos” son relatos, personajes, ficción y “Eso” es la escritura en sí. La conjunción de todas esas partes es Escritor frustrado, el texto con el que cierro el libro y que de alguna forma condensa las tres pulsiones. Lo chistoso es que nunca pude terminar ese cuento, todo el mundo me decía que el final era pésimo…

Jajaja, bueno por eso el texto termina con una explicación de tu parte en que “sinceras” tu fracaso. En la misma dinámica del libro, digamos, riéndote de ti misma.

Sipo, también asumiendo la figura del escritor frustrado.

Otro tema importante dentro del libro es la maternidad. Recuerdo que, en una de sus novelas, Diamela Eltit dice que la mujer, después de parir, queda deshabitada. Tú, en cambio, dices que la mujer queda abierta y unida a otro ser por un lazo irrompible.

La maternidad es un tema central para mí. Es mi dolor. En el sentido de que dejé de ser totalmente yo como persona, me anulé para entregarme a otro. Es terrible pensar que al morir quedaré eternamente separada de mi hija.

Tu idea de la muerte está también cruzada por eso, cuando la describes como una larga cadena de madres e hijos. También dices que madre e hija están unidas pero indefectiblemente solas. Una visión dolorosa…

Sí, es un masoquismo noble, en un punto. Yo creo que la única empatía verdadera se da con los hijos. En el fondo su dolor es tu dolor, y eso no pasa en ninguna otra relación. Lo peor es que no es una relación simétrica, ese es el otro gran dolor. La intensidad de tu amor hacia tu hijo no es recíproca al mismo nivel. Hay que asumir esa asimetría, ese descalce. Eso es lo doloroso.

Tienes una visión trascendente de la maternidad y la mujer por un lado, y por otro hay una casi total ausencia de la figura paterna en el libro y un tratamiento lejano de lo masculino…

Sí, es un libro con muchas presencias femeninas. Hay mujeres que se creen la raja, mujeres abnegadas, mujeres fuertes, mujeres que están chatas de los hombres; hay de todo, como en la vida. Trato de no caer en ningún estereotipo. No trato de endiosar lo femenino, pero soy mujer y escribo desde cómo experimento el mundo… el tema de la maternidad también te cambia, marca más la distancia entre hombres y mujeres. Creo que por eso el tema de la paternidad está ausente, como en mi propia vida, en un punto. Debo aceptar también que todos los personajes masculinos del libro son unos fracasados. Pero bueno, el fracaso está presente casi como condición humana. En el fondo el hombre, como tal, no es un tema importante del libro. No es algo planificado, me salió así nomás. No es un tópico para mí.

Igual en un punto da lo mismo si los personajes son mujeres u hombres, tu preocupación, en mi opinión, va sobre aspectos más generales, más humanos como dices. En el fondo tus personajes son arquetipos, aspectos humanos.

Claro, arquetipos: el escritor frustrado, la niña vieja, el biólogo, la señorita, etc. Son más que un individuo. En el fondo la vieja competitiva es una niña caprichosa. La madre da la vida por sus hijos, pero en su interior sigue siendo una niña, por ejemplo.

Eso resulta conmovedor en el libro, que pese a su tratamiento a veces humorístico o profundo de sus temas, siempre prima una visión compasiva hacia el humano. En el fondo humanizas los defectos, por ejemplo, nada es blanco o negro, todos están en una deriva extraña…

Sí, es que enmarcar a los personajes me parece poco natural. No quería inventarles una biografía, me gusta que sean como son las personas normales, que vayan surgiendo, que se parezcan más a la vida a que dependan de la estructura del relato. Me interesa ese aspecto humano, trasladado a la escritura. No sabes lo que va a pasar, en un momento te estás riendo con un relato, después viene una reflexión sobre la muerte, después te topas con un publicista que hace la campaña de un jabón, que usan para sacarse el olor a vagina de las manos. Pensé el libro de esa manera, como algo orgánico, humano. Una deriva, como dices. La vida en su dimensión seria, pero también ridícula y miserable. Todas las vidas son miserables en su propia medida, ojalá tener la capacidad de reírse de eso, de tu propia miseria.

Santiago, Café San Isidro, 2019.

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