“Un certero golpe hizo volar la mandíbula. Alguien comenzó a reírse y contagió a los demás. Lo desvistieron. Con martillos trabajaban en las rodillas y en el resto de las piernas. También en los brazos. Todo se hacía con golpes secos, precisos. Los huesos quebrados se depositaban en un basurero que sostenía Ulloa. La cadera resistía, aguantaba con firmeza. Un olor fastidioso se coló hasta los sesos del Sam y su cara comenzaba a trastocarse. El viejo no cedía. Los sepultureros estaban despojados de cautela. Chuzos, martillos, piedras y combos. Ulloa también metía mano.” 

-Nicolás González (Los días de Moreau. Oxímoron: Santiago, 2018)

Al reverso de la contratapa de un libro de poemas de Paul Auster —tapa roja o naranja, Anagrama de bolsillo, imposible ahora recordar el título— anoté en una micro camino a casa: “No cuenten nunca nada a nadie. En el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo”. La cita es de Salinger. Puso esas palabras en boca de Holden Caulfield cuando escribió El guardián entre el Centeno. A Salinger le creo, todavía lo leo. Es uno de los míos. Por la novela esa, también por los pocos cuentos que publicó, siento aprecio y gratitud, admiración. Paul Auster me caía bien, pero ya no tanto. En algún momento cometió la torpeza de versionarse a sí mismo, remedar lo ya escrito en uno, dos, tres, cuatro y cinco libros. Quizá estoy exagerando. Tenía entre diecisiete y veintiuno cuando leí a Paul Auster con mayor fervor. Entonces yo era más pendejo, más grave: me sentí defraudado, traicionado.

En el mundo no es fácil distinguir entre amigos y enemigos. Es algo que se nos enseña de chicos: la supervivencia exige disimulo. La literatura también. Una novela no es más que una pila de enunciados falsos junto a unas pocas verdades, todo ello dispuesto para trastocar las convicciones del lector, sacudir el andamiaje de sus prejuicios en pobre equilibrio, y ojalá mostrar algo que genuinamente valga la pena para alguien más que el autor. Por defecto, la simulación es un arte que todo escritor aprende a la fuerza, por ensayo y error. Como lector, no es fácil relacionarse con embusteros; apostar por sus palabras, tampoco. Extenderles un visado de confianza a los escritores y sus libros demanda un salto de fe que, ya sea con el paso del tiempo o tras un arrebato epifánico, modela las convicciones del lector. Equivocarse en esto es siempre lo más probable. La coexistencia de lecturas, bibliografías y cánones antagónicos confunde a los lectores, nos supera. Nadie tiene tiempo para leer tanto, para leerlo todo, y pasa que a veces tropezamos con la literatura en busca de respuestas y certezas. Así es como uno termina por inventarse maestros y brujos; de ahí surgen tótems de las letras, obras clásicas que sabemos citar pero nos aburre leer. Muy mal. La literatura no debería estar a mano para ofrecer respuestas añejas, sino para invitarnos redescubrir los mismos viejos problemas.

En una librería, en una biblioteca, no es fácil distinguir amigos de enemigos. Pero hay maneras de orientarse, estrategias para mapear aquellos libros y autores de los que uno podría decir confiado: “Ese es de los míos”. Para estos efectos, se me ocurre apropiado parafrasear a Redolés y recordar que hay viejos culiaos que no creen en la belleza. Los míos no son esos, sino los del otro lote: quienes todavía estiman que la belleza vale la pena en una novela. Por supuesto, Nicolás González es uno de ellos.

[Al margen: Antes de continuar, tal vez convenga contar algo del argumento de la novela sin estropearle a nadie la lectura. Hay un tipo que a los treintitantos vuelve a casa, donde su madre y abuela. Algo salió mal. El regreso constituye un fracaso. El tipo de treintitantos es Manuel Moreau. También hubo un viaje. Alguna vez, Manuel voló a Cuba en busca de un hombre con la edad suficiente para ser su padre. Manuel vive ahora en Santiago, está cesante. Encuentra pega en una biblioteca, un trabajo simple: organizar y ordenar las partituras de un archivo musical. Hay más de un funeral, hay una ex y una otra mujer. En esta novela el mejor amigo de Manuel se llama Sam. Como todo mejor amigo, el Sam hace las veces de salvavidas existencial. Hasta aquí la síntesis del argumento. Imagino que alguien podría indexar Los días de Moreau como novela de formación. Puede ser, pero aquí la observación no interesa. Esto no es una ficha bibliotecaria ni una reseña literaria, mucho menos un ejercicio de crítica. No me dedico a eso, no es mi pega.]

Pese a que en esta novela también hay una pila de huesos rotos, secretos que aguantan el paso de los años e intrigas que urden una incógnita por resolver, aquí ustedes no van a encontrar una historia violenta ni los engranajes de un thriller mecánico o un policial que con ráfagas de acción da en el blanco de conspiraciones y complots. Ni de lejos. Los días de Moreau se parece más a una de esas novelas raras o ni tanto, uno de esos curiosos artefactos que se leen como literatura de ocio.

[Al margen: Estamos con el Aira que escribe acerca de la literatura de evasión, pero lo cierto es que somos piglianos y preferimos decir: literatura pretenciosa, literatura snob, literatura inútil, ociosa. Los términos son intercambiables en este contexto. Los días de Moreau es literatura de ocio y esta etiqueta junto a las recién mencionadas no tiene vocación peyorativa ni por accidente. Hace mucho que el ocio y los ociosos merecen un descanso y mejor fama. Lo mismo vale para los inútiles y la inutilidad, lo pretencioso, lo snob.]

Lo que quiero decir: en Los días de Moreau es fácil entregarse a lo que el autor piensa, siente e imagina por escrito, simplemente, porque resulta gozoso dejarse conducir a través de esos pensamientos, esa sensibilidad, esa imaginación.

Un comentador de la Retórica de Aristóteles —su apellido puede ser Gauché, Gausché o Gasché; el libro salió por la Metales Pesados (portada gris, letras en verde o amarillo flúor) y hace años que lo compré, que también lo perdí— asegura que son tres los tipos de recursos que tenemos a mano para persuadir a quien nos presta atención: los patéticos, los lógicos y los éticos. Los recursos del Pathos, el Logos y el Ethos; las pasiones, la razón y el carácter. Habría una jerarquía entre ellos: según el comentador francés, Aristóteles le pondría más fichas al carácter. Repito de memoria y puedo equivocarme, pero la observación le vine bien a la literatura, a la ficción, a las novelas: el estilo es la suma de gestos y modos que espejean la identidad del autor cuando dispone palabras, frases, oraciones, párrafos y capítulos de acuerdo a un orden necesario, para nada trivial. González sudó y trasnochó para dar forma a un estilo propio. Esto se reconoce fácilmente, pero es difícil de ejecutar. La literatura de autor y la ficción literaria también son sinónimos de literatura de ocio.

[Al margen: “No ser el que soy, sino otro”, fueron más menos las palabras que José Donoso eligió para salir al paso de una entrevista y definir así su oficio de escritor, de novelista de ficción. Levemente modificada, la misma fórmula vale para dar cuenta de las expectativas de un lector ocioso: “Ni mi vida ni mi mundo, sino los de otros”. La literatura de ocio no se justifica en función de su utilidad. No sirve para nada ni está obligada a cumplir otra tarea que persuadirnos a perder el tiempo dentro de una cabeza distinta a la propia. Como pasa con la belleza, la literatura de ocio no se justifica, y punto. Aprendemos a reconocerla, nos dejamos embriagar por ella. La literatura de ocio no es más que literatura a secas.]

No cuesta mucho terminar con una feliz borrachera después de leer Los días de Moreau. Su autor escribe con la vivacidad de los recuerdos que, sea por desgracia o buena fortuna, sobreviven al desastre del paso del tiempo. Los días de Moreau se leen como un pedazo de vida. El símil no es trivial. Jamás se me ocurriría escribir: Los días de Moreau son un pedazo de vida. Intentarlo sería un sinsentido. González no coquetea con la no ficción ni la crónica, tampoco le interesó armar sus memorias o ser fiel a los hechos para reconstruir los días de alguien más. González apostó por la literatura de ficción, se obligó a componer un peculiar orden para la disposición arbitraria de las cosas y la sucesión bruta de los acontecimientos. El autor se impuso determinar qué es semejante a qué, y qué merece mayor cuidado y qué debe sobrevivir en la versión del mundo que organizó para sí, para el lector. Y dado que domina su oficio, la obra que el autor trabaja se lee como un pedazo vida.

 

+ Matías Correa (1982), licenciado en filosofía y escritor. Ha publicado las novelas Geografía de lo inútil (Chancacazo, 2011, Autoayuda (Chancacazo, 2014) y Alma (Penguin Radom House, 2016).
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