Los caballeros entraron en masa, y no lo digo solo porque irrumpieran todos al mismo tiempo en el mismo sitio, lo digo porque genuinamente se amalgamaban como las cosas mezcladas que no se delimitan. Mi cafetería un día sábado parece una escenografía sin rodaje. Las calles se despueblan y hacemos lo que se llama “un saludo a la bandera”. Fue un desafío atenderlos a todos al mismo tiempo y transportar bebidas abrazando cada taza para controlar el derrame y mimetizar el pulso. Ir y venir sesenta veces. En la barra, un barista se funde con la máquina a vapor a dieciocho cuadros por segundo. Y es como el andén de un registro donde se agitan pañuelos blancos y se arrojan sombreros al cielo porque el tren llega. Pero el tren se va. Y arrasa la indumentaria y la utilería.

Las humitas son un invento precolombino de larga data. Porque son de maíz y se complementan muy bien con tomate, luego, con la azúcar refinada, comenzaron a comerse endulzadas. Ya no se ven aimaras caminando con smoking en el altiplano, o no sé quién en el desierto, la selva o el llano. Tampoco se ven masones con arepas, tamales o tortillas colgando al cuello. Esto no es un desvarío, las humitas son claves para entender que en la masonería son amantes de la vida. Nadie puede pender de lo más alto de un compás desmesurado que se equilibra, porque no usan corbatas ni sogas. Cada cual ama su cuello y lo adorna.

Las agrupaciones de pingüinos suelen armar colonias muy cerradas y unidas. Herméticas. Ponen sus huevos donde siempre. Interactúan con peces para alimentarse y con monstruos marinos para ser alimento. Mi salón está lleno de masones engalanados y son todos hombres. Sus señoras tal vez, visten idénticas humitas y ajustados smokings. Pero ya no parecerían pingüinas, más bien conejas exultantes. La descendencia en ese caso se haría imposible y para perpetuarse tendrían que buscar algún remedio. Yo los veo en extinción, se ven muy antiguos. Pagan todo en efectivo, como si no existieran más tarjetas que las de presentación impresas en linotipias.

Un señor sonríe con una sonrisa tan blanca, que puedo mirarle hasta la mandíbula y ver hoyos en los sitios donde van la nariz y los ojos. Parece haber dejado cada uno de sus cabellos entre los legajos de expedientes infinitos en un juzgado de garantía o de policía local. O una repartición ministerial en el submundo. Su cráneo tiene forma de asamblea y de escritorio. Aún tiene colegas funcionarios, cobrando en escudos y sellando misivas con lacre. Las estampillas los dejaron sin saliva y nunca más dieron un beso.

Duermen en andamios porque construyen catedrales a la fuerza, pero lo suyo son las pirámides visionarias. Yo lo miro todo con estrabismo. Me da escalofríos el tamaño de la conspiración que están planeando. Lo ven todo, frente a ellos camino como una radiografía. Yo les sirvo café, pero beben agua negra. Al unísono revisan sus relojes de bolsillo y piden todos la cuenta al mismo tiempo. Trabajosamente, transporto la antigua caja registradora de mesa en mesa.

Tantas tazas de capuccino vacías en el horizonte, asemejan una costa poblada de vacías conchas de loco. No por nada, retirar la mesa y separar la vajilla de la basura antes del lavado se llama desconche. Somos como unos chonos indiferentes al cultivo. Y adornamos nuestro cuello con las conchas desnudas que son el residuo de unas lenguas supongo. Mientras los Lumière clavan su trípode en la esquina de Marcoleta con San Isidro para filmar: “La retirada de los señores de la confitería”. Yo pienso en lo que dice Godard: “las películas son el tren, no la estación”. Miro por la ventana sin distinguir si estoy quieto, pero al frente hay una silla, un asiento vacío.

+ Martín Tugas. Santiago, 1983. Estudió en Valparaíso, ex Marino Mercante y librero, dueño del Café San Isidro.