El amor (no) nos salvará II: el secreto humano

¿Cuál es el secreto de un hombre, de un ser humano? Y más importante que eso, ¿qué harías con ese secreto si lo supieras?, ¿podrías soportarlo? “Se hace lo que se puede, en verdad, para entender el mundo y sobre todo para entender a las otras personas —escribe Roberto Merino en una de sus crónicas—, tarea, esta última, casi imposible dado el hecho de que ninguno de nosotros es lo que parece, ni piensa lo que declara, ni se ve a sí mismo como lo ven los demás. Pareciéramos, en este trance, vivir en una especia de espejismo o pantomima en que no podemos estar seguros de la consistencia de la persona que nos declara amor o que quiere ayudarnos. Yo escuché a un epistemólogo confesar que desconfiaba de sus propios sentimientos, porque daban la sensación de construir una base sólida y al otro día se habían modificado radicalmente”.

Lo asombroso de la palabras de Merino no es que sean ciertas —lo son, es casi imposible entender a los otros porque nadie es lo que parece—; lo asombroso es que ahí mismo, en esa duda, hay una certeza sobre el resto, un conocimiento universal sobre la condición humana: sabemos que los otros no son lo que parecen, sabemos que tratamos con máscaras y sabemos, también, que tampoco nos conocemos a nosotros mismos.

La cuestión es cómo sabemos que los otros son una mera apariencia; digo, tendríamos que conocer algo así como su verdadero ser para hacer el contraste. Los cambios de ánimo, de sentimientos, de un día para otro, son un signo inequívoco de inconsistencia; pero en realidad es uno el que a partir de algún comportamiento o decir proyecta una personalidad clara y distinta en el otro. Yo creo que sabemos que los otros no son lo que parecen por introspección: puesto que yo no soy lo que otros creen que soy, y probablemente ni siquiera soy lo que yo creo que soy, entonces asumo que lo mismo ocurre con todos.

En Extraña confesión, una novela de Chejov, un hombre llega a la oficina de un editor para entregarle el manuscrito de su primera novela. Este le pregunta cuál es el tema de la obra, a lo que el inédito autor responde que el tema no es nuevo, tiene que ver con el amor y un asesinato. El hombre es un juez instructor, su relato está escrito “en el viejo estilo judicial”, pero lo más importante, le explica al editor, es que todo lo contado pasó antes sus ojos, “fui testigo y hasta participé del hecho…”. En la respuesta del editor, apenas un par de líneas, hay una lección sobre literatura y humanidad: “Lo importante no es la verdad, y no es indispensable haber visto un hecho para describirlo”. Lo mismo vale, pienso, para la relación con los otros y con uno mismo. Y digo “relación” en el doble sentido de la palabra: como vínculo y cómo relato. Uno se vincula con uno mismo y con los otros, uno relata a los otros y a uno mismo. Como hace el chileno Ricardo Vivallo en su novela Cuaderno de Guayaquil

Leer un libro inmediatamente después de otro, con algunas horas entre el fin de uno y el comienzo del otro, tiene la virtud o tal vez el defecto, la ventaja o quizás la limitación, de que la primera lectura alimenta (o contamina) la segunda. Me ocurrió con Cuaderno de Guayaquil: lo leí inmediatamente después de Serotonina, la novela de Michel Houellebecq, y no solo después de leer esta última, sino también después de escribir un ensayo sobre ella.

Como en Serotonina, en el libro de Vivallo hay un narrador en primera persona al que le duele la vida y para sobrellevarla se empastilla y alcoholiza; también tiene sexo (en realidad a Florent, el protagonista de Houellebecq, le gustaría tener sexo, pero ya no puede). Sin embargo, a diferencia del autor francés, que crea a un personaje verborreico, cuyo pesimismo se desborda en palabras, el protagonista de Vivallo es contenido, seco, menos o nada apasionado. Lo que me interesa, en todo caso, es que la suya también es la historia de alguien encerrado en su cabeza, incómodo con y en el mundo.

El narrador de Cuaderno de Guayaquil al parecer sólo cree o quiere creer en los libros y la escritura. Imagino a un hombre joven, o al menos treintañero; con un trabajo que sólo sirve para tener algo de plata, que todavía visita a sus padres, con los que casi no tiene tema de conversación. Es un escritor, aunque no ha publicado nada. En una de las entradas del cuaderno, del 25 de junio de algún año, el protagonista cuenta que robó una novela de James Salter y luego cita unas líneas de la misma: “Llega un día en que adviertes que todo es un sueño, que solo las cosas conservadas por escrito tienen alguna posibilidad de ser reales”. Las palabras, entonces, como refugio frente al absurdo mundo. La palabra como lo único real, lo único con sentido.

Si la adolescencia es esa edad en la que los seres humanos descubrimos que la vida no tiene sentido, pero lo anhelamos, o sea, si es la edad en la que nos falta el sentido, entonces, y más allá de su edad, el narrador de Cuaderno de Guayaquil es un adolescente, alguien que está creciendo. Puesto que cuando uno crece, dicen, no es que le encuentre sentido a la vida, es que deja de ser tema, o al menos motivo de queja (¿Habrá alguien que haya crecido?).

Pero debo corregirme, porque, en verdad, lo que dice Salter es que lo escrito tiene una posibilidad de ser real. Luego, para nuestro protagonista, la escritura es una esperanza, una promesa: más que el alcohol y las pastillas varias que consume, es la palabra (escrita) su verdadera medicina: su remedio y su veneno.

En un ensayo titulado La farmacia de Platón, el filósofo franco-argelino Jacques Derrida recuerda que en El Fedro, uno de los diálogos platónicos, la palabra escrita es presentada como un fármacon (o fármaco); algo que en griego tiene la connotación de remedio, pero también de veneno. Platón, recordemos, era un defensor de la palabra hablada contra la palabra escrita, pues ésta atrofia la capacidad de conocer en vivo, tiende a provocar que uno deje de ejercitar la memoria. La escritura, sí, es un remedio en cuanto es un registro, un testimonio que conserva algo que de otro modo se habría perdido; pero a la vez es un veneno, porque atenta contra el ejercicio de la memoria viva, actual. Volviendo con Vivallo, podríamos decir que su protagonista busca en la escritura la promesa de una fijación, de un sentido o certeza que lo cobije de la vida, de su vivacidad, de su mero pasar que nunca termina de realizarse: “Confías tu suerte a las pastillas, como un jugador a los dados, y te sientas a esperar, fumando, a que la ruleta sobre la que giras se detenga, o se salga, de una vez por todas, de su eje”. En esta cita, podríamos reemplazar “pastillas” por “palabras”. “El ánimo, una pura ficción farmacológica”, anota luego el narrador.

Que el narrador tiene problemas con la vitalidad o de vitalidad queda claro cuando, por ejemplo, anota que empieza a sentir como propios unos versos de Machado en los que éste afirma que sabe que morirá porque ya no ama nada; o cuando se sorprende del poder de la rutina: “La vida se impone con naturalidad, me absorbe otra vez en su inercia y me entrego sin oponer resistencia”. (Quién no, podría preguntar alguien.) También queda clara la falta de vitalidad —la decadencia— cuando dice que se resguarda de la “seductora artillería” de la primavera.

Hay una palabra que anota el protagonista —acedia— que me parece decidora. La acedia es el pecado capital que hoy conocemos como pereza. Es llamativo que ésta sea condenada tan gravemente por el cristianismo; está bien, uno podría llegar a estar de acuerdo que no siempre es buena, que puede ser contraproducente, ¿pero da para ser un pecado capital, imperdonable? Sí, cuando sabemos que la acedia era algo que le pasaba o le podía pasar a los religiosos: una suerte de desgano, melancolía, desidia, apatía o depresión derivada de la duda sobre la vida monástica. La acedia es un signo de que la fe decae; y por supuesto eso para un monje es crucial.

Entonces, tal vez, el escritor inédito de Cuaderno de Guayaquil es un monje que duda, que está al borde de abandonar su encierro… ¿Su mente?, ¿la escritura?, ¿la vida? No sé, solo estoy especulando y dejándome llevar por las palabras. “La recurrente (y renovada) sensación de que mi vida empieza a descarrilarse y no hago nada para impedirlo”, leemos en la entrada del 29 de diciembre de algún año. Y al otro día: “Detrás de todo, en segunda o tercera fila siempre. Rezagado y sin fuerzas para apurar el paso. Aunque trate de convencerme de que la vida —como escribió Gil de Biedma— «todavía es posible, por lo visto», me gana la certidumbre de que todo ha sido clausurado. Como si entre la realidad y mi conciencia se interpusiera una pesada cortina metálica, y una voz del otro lado gritara ¡no hay nada aquí para ti!”.

Sabemos, sin embargo, que esos solo son juegos mentales, trampas; nunca hay tal cortina entre la conciencia y la realidad, pues como dicen los filósofos, toda conciencia es conciencia de algo; o sea, la conciencia está vuelta hacia el mundo. Y claro que nunca encajará si la expectativa es que el mundo sea como yo, o como creo que soy yo. Hubo un filósofo, Ludwig Wittgenstein, que creyó que el lenguaje tenía la forma del mundo, que mundo y lenguaje calzaban pieza a pieza. Esa parece ser la fe del narrador de Cuaderno de Guayaquil: quiere ser un Yo absoluto en una Realidad absoluta, quiere que la ruleta se detenga o se salga del todo, sin medias tintas, sin movimiento, sin rutina. De nuevo, es un adolescente, le falta el sentido. Quizás por eso se relaciona con los otros como si fueran nadie, hasta el sexo es apático; entiéndase bien, para él los otros no son siquiera extraños o antipáticos, no son, a lo más están. Aunque en los sueños que tiene —llenos de cuerpos y llamas— parece que se le cuela la vida, la realidad real, ni racional ni absoluta. Una vida como la de él, como los collages que acompañan al cuaderno, como la de todos: rota, pegoteada, simulando unidad y consistencia; una vida en la que los otros son un misterio y nosotros mismos somos un misterio para nosotros. El narrador siente que se sobra, otra vez, que no es absoluto, perfecto, hecho y derecho, que hay algo en él que no es él. Y quiere conjurar su destino (el mismo de todos) con la escritura, quiere curarse de la vida: “Para no desistir imagino que cada frase que anoto en este cuaderno es una parcela de voluntad que le gano de vuelta al hastío: la escritura como ejercicio de expropiación”.

Pero, claro, sabemos que curarse es envenenarse: de la vida uno no se puede curar, se la vive o no. Cuando Sócrates iba a morir, condenado a muerte, a tomar cicuta, le dijo a uno de sus amigos que le debía un gallo a Esculapio o Asclepio, el dios de la medicina. Esa ofrenda se hacía cuando uno se curaba de una enfermedad, de modo que Sócrates estaría diciendo que al morir se estaba curando de la enfermedad que es la vida. Sin embargo hay otra lectura que interpreta que el mal no era vivir, sino la mentira, de la que Sócrates se habría curado gracias a la filosofía. ¿Cuál sería esa mentira? La mentira de que existe en el mundo algo absoluto, una verdad final, personas sabias, que conozcan el principio y fin de la existencia. Sócrates, recordemos, era el que sabía que no sabía nada, el que libraba a sus conciudadanos de la ilusión de la sabiduría, de la ilusión de absoluto.

Cuando el protagonista de Cuaderno de Guayaquil dice: “Diáfano día de sol, ideal para quedarme encerrado leyendo. Para qué seguir engañándome con la ilusión de que hay algo para mí allá afuera, algo que no sea desengaño, incomprensión, aislamiento”. Cuando dice eso, uno podría anotar al margen: la ilusión es creer que tendría que haber algo para mí allí afuera; allí afuera no hay nada para nadie, allí afuera estamos todos. La ilusión es creer que hay algo propio, cuando la expropiación es la condición humana. Y eso, en realidad, el narrador lo sabe o lo va descubriendo: sabe que se está “entregando a una introspección obsesiva, morbosa”. Lo que está haciendo es pelear con su otro-yo: “Doblegar la ansiedad, situarme cómodamente en el presente, no desesperar y hacer oídos sordos a la artera voz de Hyde mientras reclama su indeseable protagonismo”. No quiere morir (un personaje del libro se suicida y deja escrito en su pieza: “YO ES OTRO”, la declaración de Rimbaud).

Tal vez ser adulto (o prudente) es dejar de pelear, o sea, ni la derrota ni el triunfo, sino la rutina, la costumbre a uno mismo y a sus extrañezas irreductibles. “A estas alturas, cualquier promesa de cura me sirve, por muy mágica que parezca”, dice este joven que va al psicólogo. Aunque con eso no se refiere ni a la terapia psicológica ni a la escritura, sino a una terapia con flores.   

¿Será Cuaderno de Guayaquil la novela de alguien que, como el monje que duda, está al borde de madurar? ¿O será la historia de un joven al borde de transformarse en un viejo animal que, como ocurre en Serotonina de Houellebecq, espera la muerte encerrado en un departamento? Y es que estar al borde de madurar es también estar al borde de no hacerlo y de hundirse en la autoconciencia, que tantas veces se parece a la falsa conciencia, a esa conciencia que se engaña a sí misma con la fantasía de que en el mundo hay una verdad que no logra descubrir. La introspección —morbosa, obsesiva— es una forma de enajenación. Puede ser que —como SerotoninaCuaderno de Guayaquil sea la historia de un hombre que busca el amor, pero fantasea con la autosuficiencia: “¿Qué tan honesto soy cuando me digo que prefiero los libros a las personas?”, se pregunta. “Si como aconseja el budismo zen, debemos detener nuestros anhelos, parecernos a las cenizas muertas, al frío, a lo exento de vida, ¿debiésemos hacer, entonces, una virtud de la desidia? ¿O al final se trata de no desviar la voluntad de su único objeto, el amor?”

Recordemos: “Se hace lo que se puede, en verdad, para entender el mundo y sobre todo para entender a las otras personas”, decía Roberto Merino. Entre las otras personas, agreguemos, hay que contarse a uno mismo. Aunque por escrito se puede decir todo, y cierto o no quedará registrado, será memoria… será cierto: “Lo importante no es la verdad, y no es indispensable haber visto un hecho para describirlo”, decía Chejov; eso vale para Cuaderno de Guayaquil, para Serotonina y para este ensayo. Y en realidad debo reconocer que ya no tengo muy claro de qué estoy hablando ni cómo llegué aquí. Sólo diré, porque hay que terminar, que la palabra escrita es un fármaco, pero quizás no como cura ni como veneno, sino como un aditivo, y por qué no como un placebo; como terapia de flores. En todo caso algo para pasar el tiempo. Algo para relatar a los otros y a uno mismo.

+ Juan Rodríguez M. (Santiago de Chile, 1983) estudió filosofía y trabaja como periodista en el suplemento Artes y Letras del diario El Mercurio.
+ Imagen: Collage de Ricardo Vivallo