+Si es que sacamos más libros en 2020, uno será de Alvaro Campos, sus posteos o diarios escritos en el teléfono y compartidos en facebook, seleccionados por Benjamín Labatut. Ahora nos envía por whatsapp sus pensamientos sobre el momento y la historia, la impotencia, arrogancia, miseria y posibilidad de lo humano. La imagen también es del autor, Santiago, 8 de marzo de 2020.

 

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Hay algo muy dramático en este asunto. Si tuviésemos el aviso de un tsunami tres meses antes no habría ningún muerto. Ahora tenemos los avisos pero los muertos vendrán igualmente.
Es la calamidad que Pascal asociaba al ser humano: “Imaginemos a una serie de hombres encadenados, y todos ellos condenados a muerte, y que cada día degüellan a unos a la vista de los otros, y los que quedan ven su propia condición en la de sus semejantes y aguardan su turno, mirándose con dolor y sin esperanza. Es la imagen de la condición humana.”

Después de este panorama, me llama la atención las numerosas campañas y desafíos que se hacen para elegir los libros que leerán durante la cuarentena.
Jean Amery contaba que en un campo de concentración, con menor rigurosidad que el de Auschwitz, había un intelectual preocupado todos los días de leer a Hegel, a Holderlin a Novalis. La pregunta de Amery era cómo podía hacerlo y la constatación de su absoluta inutilidad en ese contexto.
El gran mensaje de La peste de Camus es similar a la constatación pascaliana: la situación de los hombres encadenados esperando su muerte siempre es igual, lo que pasa es que hay momentos de la historia que lo ocultan y otros que lo hacen más explícito. Siempre puede llegar la muerte, absurda, sin sentido, intempestiva, sin ninguna razón. Las pestes subrayan lo que siempre se debe saber.

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Un libro anticipa la pandemia. Un extracto: “La llaman ‘Wuhan-400’ porque fue desarrollada en unos laboratorios de manipulación genética en las afueras de la ciudad de Wuhan y resultó la cepa viable número 400 de los microorganismos de factura humana que se crean en ese centro de investigación”.
Se trata de la novela de Dean Koontz The Eyes of Darkness (Los ojos de la oscuridad), publicada en 1981.
Los sitios de Internet no tardaron en desmentir el hecho. Los editores cambiaron el nombre del virus para vender más, dicen. Originalmente el virus se llamaba Gorki-400 y era ruso. Genialidad o rapacidad del mercado, sonreímos.
Pero el misterio black mirror sigue intacto cuando nos damos cuenta que el cambio editorial ¡fue en el 2008!

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Una señora entrevistada afuera del mall.
-Vine a pagar unas cuentas y a tomar un helado
¿Y no ve el riesgo? le pregunta el periodista.
-No, es que yo vivo sola. Además sé como cuidarme, paracetamol, además se parte un limón en cuatro se disuelve en agua y se toma. El agua se alcaliniza. Y finaliza tras tomar un aire orgulloso frente al micrófono.
“Soy profesora de química”
La misma medicina del limón se la escuché hace unos días a una señora de Pudahuel, que no tiene octavo básico.
Por eso el saber específico para los griegos era tan vulgar como la artesanía. La sabiduría consiste en otra cosa. Fronesis. Prudencia. Sabiduría práctica. Anteponer al impulso de tomar helado, al análisis práctico de las dificultades.
Escribe Lichtenberg en sus aforismos: “Quien sólo entiende de química, ni siquiera esto lo entiende del todo”

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La historia necesita decantar. Y el hombre no se resiste a emitir juicios rápidos de su presente, aunque estos surjan imprecisos y muchas veces histéricos.
Probablemente un romano del siglo V, haya concluido que su imperio se derrumbó por las invasiones de los bárbaros que querían imponer su cultura. Pero eso no fue el único motivo de la caída, quizás sí el más divulgado y espectacular, pero son muchos (un investigador alemán hizo una lista que incluía 210 factores).
En general, el imperio llegó a un estado económico en que todo era puro gasto. Esta razón jamás la pensó ese romano medio de la época. Pasa algo similar con nuestra coyuntura. No queda más que hacer periodismo o filosofía. Pero no historia. No aún. El virus fue creado en un laboratorio X por Y para apoderarse del mundo. No podemos saberlo. Los profesores deben enseñar a sus alumnos eso. Impulsar en sus mentes, no la desesperación ciega del romano del siglo V, sino ese juicio que se pone entre paréntesis y que honestamente dice, no podemos saberlo. No tenemos evidencias. Un virus también puede ser simplemente un virus, una imprudencia alimentaria tal como las que quería prevenir el Levítico en la Biblia.
No podemos saberlo. Los astrónomos practican mucho esa frase, y lo hacen sin ningún tipo de angustia. La historia popular suele ser más arrogante al respecto. Quiere abarcar desde el microbio a la economía. Y dar una sentencia única y para siempre.

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“Como dice Eurípides: “La democracia consiste en estas sencillas palabras: ¿Quién tiene algún consejo útil para dar a su patria?”
Pier Paolo Pasolini, Transhumar y organizar

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Para amenizar la tarde, Paramount está dando La guerra de los mundos. La obsesión de H. G. Wells por los microbios. De hecho el caos de la película que producen los extraterrestres, es frenado por un virus, el verdadero ejército, no las armas nucleares de los humanos, que son inútiles. Un virus fue el que nos dio el derecho a vivir en la tierra, esto a costa de sacrificar millones de los nuestros en el largo y fatigoso camino de la adaptación. Tienta decir hoy, que los trípodes marcianos sean el símbolo del neoliberalismo. En el tiempo de Wells era el imperialismo británico. Y quizás los virus nuevamente estén reclamando un derecho misterioso por nosotros.

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El triage, triaje, trillaje, (de la misma familia etimológica de la separación de la paja y el trigo) básicamente es un protocolo médico para evaluar las prioridades de atención. Siempre está presente en los servicios de urgencias y de hecho todos estos tienen un letrero explicando las prioridades de atención en forma de semáforo.
No es lo mismo ir por una alergia que por un dolor en el pecho con indicios claros de paro. Separar la paja del trigo significa que, en una emergencia, tengo que priorizar la gravedad del asunto. Si en una sociedad utópica hubiese un equipo médico y un pabellón por cada persona, no habría necesidad de triage.
Pero durante períodos de guerra, el triage no sólo es una organización en el orden de atención de una gastritis frente a un resfrío. Por ejemplo, durante la Segunda Guerra mundial se establecieron en tres categorías: la primera, de heridos leves; la segunda, los que están gravemente heridos y necesitan medidas de reanimación o procedimiento quirúrgicos, y la tercera los irremediablemente heridos (es decir, los que se van a morir)
El triage se ha vuelto particularmente dramático en la emergencia italiana. Hay casos de viejitos de ochenta años que deben dejar de recibir atención, para dar paso a otro enfermo con más posibilidades de supervivencia. En estas condiciones, es una de las experiencias más fuertes que les toca vivir a los estudiantes de medicina. Es fundamental para el éxito médico de un centro de emergencias y también, desde cierto punto de vista, es darwiniano. De hecho a los doctores italianos, que nunca en su vida han experimentado este contexto de guerra, les han hecho toda una preparación filosófica y ética al respecto.

Todo esto me recuerda que la médula de la tesis de Crimen y Castigo no es más que una especie triage nietzscheano, no basado en la salud sino en la superioridad intelectual. Raskolnikov, el protagonista, decide asesinar a la “vieja usurera” por el supuesto bien de la humanidad. ¿El asesinato de una persona vulgar y despreciable sería moralmente condenado si el objetivo es superior?
Sin ahondar mucho en el tema, en una situación límite, el triage de guerra es la opción más impactante para una sociedad que no lo ha vivido y multiplica las discusiones éticas.
Ejemplo dostoievskiano en esta crisis: en una situación de colapso, si un anciano lleva semanas entubado con mal pronóstico pero aún con algunas posibilidades, ¿debería ceder su cupo en la UCI a un asaltante joven que esa noche recibió unos tiros y necesita atención de inmediato para detener la hemorragia?
Por ellos y para no llegar al límite de elección de un triage de guerra, es que hoy, mañana y cuando lo requieran, nos quedamos en casa