Tras la Segunda Guerra Mundial, tras el nazismo, y bajo el imperativo de la “reconstrucción nacional”, muchos alemanes llamaban a superar el pasado, a mirar hacia delante, incluso se victimizaban. Un austriaco de origen judío, nacido como Hans Mayer, víctima del nazismo, sobreviviente del campo de concentración y extermino de Auschwitz, y por eso devenido, contra su patria, Jean Améry, se encontró en la siguiente situación: en un pueblo, un hombre que no conocía el pasado reciente de Améry, intentó convencerlo de que en Alemania no existía odio racial, de que los alemanes no le tenían rencor a los judíos, como probaba la política de reparación posguerra. “Yo me sentía detestable ante aquel tipo de ánimo tan equilibrado”, dice Améry, ya filósofo, en su libro Más allá de la culpa y la expiación; el resentido, él, no puede (no debe) aplaudir el llamado a la paz “que con tono jovial nos exhorta al unísono a no mirar hacia atrás, sino hacia delante, hacia un futuro mejor y común”. “Sólo yo estaba, y estoy en posesión de la verdad moral de los golpes que aún me resuenan en el cráneo y, por tanto, me siento más legitimado a juzgar, no solo respecto a los ejecutores, sino también a la sociedad que solo piensa en su supervivencia”.

El resentimiento es la fuerza –el derecho– de los ofendidos y humillados. También es, contra lo que creen algunos, un ímpetu creativo, una mirda sutil, atenta, incluso escrutadora de la condición humana. Del resentimiento puede surgir, por ejemplo, una novela como Allegados, la primera del periodista Ernesto Garratt; y una segunda, y continuación de aquella, pero que se puede leer de manera independiente: Casa propia. El privilegio, en cambio, muchas veces es inerte –es inercia–, repetitivo, obstinado, tópico, falto de imaginación, un oasis mental incapaz de ver el desierto que lo rodea (que avanza); el privilegio, sabemos, no ve venir las cosas, y es ofensivo. El resentimiento es político, el privilegio –lo sabían los antiguos griegos– es idiota.

El protagonista de la novela, un adolescente que ya va a terminar el colegio en 1989, el último año de la dictadura de Pinochet, vive de allegado junto a su madre enferma. Vive recogido sobre sí mismo, temeroso, no quiere molestar, el mundo le es hostil; pero dentro suyo encuentra otro, otra realidad –¿paralela, intersectada?–, en la que puede volar, leer las mentes, en la que un vampiro quiere volverse hombre, mortal, frágil, así como nuestro protagonista quiere dejar de ser humano, sufriente.

En el nuevo libro, el niño y su madre por fin logran una dádiva del Estado y acceden a la casa propia, un departamento en esos edificios rojos, de ladrillo sobre ladrillo, parecidos a los de ese juego de salón de nombre pomposo –La Gran Capital–, a medio terminar, bloques paralelos unidos por escaleras que se cruzan formando una equis; esos departamentos en los que la dictadura y luego la democracia erradicaron a los pobres.

Garratt escribe literatura fantástica, sí, ¿pero acaso no lo es toda literatura? Lo suyo, si se quiere, es realismo fantástico, perdonando la redundancia. Es cosa mental y cosa corporal, una literatura psicosomática o que somatiza: una mente que cambia el mundo y es cambiada por el mundo. O sea, siente y resiente, hace sentir y resentir. El protagonista ama y odia, busca cariño y quiere dominar, se mueve entre la evasión (para protegerse) y el ataque (para dañar antes de que lo dañen).

Gracias al resentimiento este no es el único mundo posible; ese podría ser un resumen de Casa propia. El resentimiento le ve la hilacha al velo de la normalidad, y tira de ella; descubre la trizadura en el espejo y mira al otro lado. “Pero el resentimiento no tiene por qué terminar en impotencia —escribe Mark Fisher en su ensayo “¡Viva el resentimiento!”—. Efectivamente, mi experiencia en los sindicatos de profesores sugiere que es mucho más fácil motivar a los trabajadores apelando a sus sentimientos de resentimiento que apelar directamente a cualquier sentido innato de valor propio. El resentimiento al privilegio y a la injusticia es en muchos casos el primer paso hacia la confrontación de los sentimientos de inferioridad introyectados y dados por sentado. ‘Sí… ¿Por qué deberían ellos llevarse más que nosotros?’”.

Allí y cuando el privilegio momificado entra en pánico con el solo atisbo de algo distinto –y se aferra a su único libro–, el resentimiento escribe nuevas historias, constituye, renueva y entonces prolonga la tradición literaria; la vivifica. Garrat escribe un tratado de literatura… No, la literatura nunca es un tratado, es más bien un intento, varios intentos, ensayos de mundo: mundos posibles. Un yo que le habla a los otros; nosotros. No hay oasis, o no para todos; pero el desierto, de cuando en cuando, tal vez puede ser florido.

Casa propia
Ernesto Garratt
Hueders, 156 páginas, 2019