Texto para la exposición de pinturas Curva centauro de Martín Bruce en la galería The Intuitive Machine.
Hasta el 5 de octubre.

A veces los artistas utilizan a sus obras de arte como espejos del mundo, como un termómetro social y grandes tesis académicas de lo que sucede a nuestro alrededor. Son obras que tienen la obligación de ser importantes, de rastrear y enjaular el espíritu de una época, el presente complicado para definir. Tienen que viajar a bienales, circular en las galerías importantes, ser vistas por las personas indicadas, tienen que venderse y ser mencionadas por la crítica. Estos artistas tienen una misión compleja: adoctrinar su producción artística a las demandas de un mundo/mercado del arte cada vez más caníbal. Otros artistas se alejan de dicha premisa para convertir su práctica en un intersticio entre lo banal y lo comprometido, una conversación entre amigos y desconocidos que no tienen otras intenciones más que compartir rumores y alianzas. Estos artistas piensan al mundo a través de los materiales y estos generan esa extraña unidad llamada obra. La exponen en las calles, en las casas de sus amigos, en un fanzine perdido en la montaña. Para ellos el arte se manifiesta como una necesidad de libertad y de afecto. En esa línea se encuentran la obra de Martin Bruce, alquimista y diseñador de mundos digitales. Un horizonte creativo que promueve observar toda la tradición que pesa sobre la pintura e interrogarla desde una perspectiva contemporánea.

Hay que tener en claro que la pintura es una forma de tecnología, un sistema de técnicas que se reproducen y se pasan de generación en generación. Como el arco y la flecha o el celular más completo. En este detalle se sostienen las pinturas que presenta Martín Bruce. Son artefactos complejos, con lógicas escurridizas y que teorizan de manera liviana sobre los límites de la abstracción, el arte digital en una era que agotó al extremo la corriente Post-Internet. Las imágenes del artista parecen salir del bastidor para fundirse con el jardín de la casa de una abuela en el campo o podrían pensarse como un grafiti desesperado en el edificio de una multinacional. Son imágenes que deforman lo figurativo como quien se pone unos lentes con el aumento incorrecto, se pierde entre las manchas o los pixeles de un paisaje creado por una inteligencia artificial.  Cada una podría representar un nivel de un videojuego que inicia cuando el espectador mira fijo la obra. El compromiso con el juego es una de las características clave para pensar la obra de Bruce, el tratamiento de su pincelada corresponde al de un niño que toca por primera vez un instrumento, pero en secreto tiene una serie de estrategias para construir una melodía misteriosa. Tienen un efecto deja vu o glitch que genera emociones en las computadoras, mensajes encriptados que viajan por los cables subterráneos del mar. Cada pintura es un pequeño souvenir y nunca un himno exagerado, se advierte en sus creaciones la necesidad de preguntarse acerca de la presencia de la pintura en el mundo contemporáneo. Luego de tantas muertes ficticias del género, ¿todavía es capaz de ofrecernos cosas nuevas o es una fiesta a la cual todos le negamos su fin?