El concepto de cuidado tiene una potencia semántica importante que cobra un mayor peso en el contexto de la pandemia, como cuidado de sí y como cuidado de otro u otra, especialmente respecto de las vidas más indefensas o de mayor precariedad. También como cuidado del medio ambiente, de la naturaleza como sustento y cohabitación con otras especies. El cuidado sin duda forma parte de una ética que se hace responsable de otro, una disponibilidad de los sujetos para proteger la existencia de otra persona, especialmente en las faenas interminables de crianza cotidiana o en el cuidado de quienes padecen dolencias físicas o mentales que les inhabilitan esporádica o permanentemente.

En un tiempo en que estamos expuestas y expuestos a morir, se hace más presente la vulnerabilidad y estamos exigidos a encontrar formas de cuidarnos en mayor reciprocidad. No deja de ser atractivo el hecho de que la palabra cuidado proviene de la palabra latina cogitātus, que significa “pensamiento”. Podríamos decir, en una vía interpretativa, que cuidar a otro u otra es un pensar como acto reflexivo, es decir, una acción dirigida a otra persona que vuelve a nosotros mismos, como gasto energético, como acrecentamiento afectivo, como deseo o deber, como vocación, como imposición o autoimposición, hecha de modo gratuito o remunerado. Aún en su variedad, y en un espectro claroscuro, el cuidado implica un tiempo de ocupación, un tiempo que da tiempo a otro u otra en la vida de uno mismo o de una misma. Quizás sea la base del tejido social en todas sus tensiones.

La vida doméstica es un espacio de cuidados, de una complejidad tal que incide en que no se aborde con la suficiente profundidad que requiere. En el espacio doméstico se juega la reproducción de la vida, no sólo en el sentido de la reproducción sexual -como reproducción de la especie humana-, sino también como la reproducción de las propias condiciones de mantención de la vida vinculadas con la alimentación, el vestuario, la higiene, el cuidado de otros y de otras y también de nosotras y nosotros mismos, los grados necesarios de bienestar y salud, los afectos cotidianos elementales como también los más sofisticados. En ese vivir en compañía, o solas o solos, requerimos del cuidado en sus múltiples formas y la pandemia nos pone a prueba en una regulación sustentable de la vida confinada, en una cierta particular economía de autosuficiencia familiar o solitaria, en la limitación de nuestros movimientos para cuidarnos y cuidar, situándonos en un repliegue activo inesperado y sin los códigos habituales a los que echar mano.

En esta pandemia, han caído todos los formatos de la percepción y de la convivencia habitual, pero también se muestra, como ocurre en muchas otras ocasiones críticas, que todas las presunciones de generalidad de la experiencia humana son fallidas. Habitualmente, en los enunciados que se expresan públicamente se intenta asumir la realidad, comprenderla, accionar sobre ella, pero la mayoría de tales enunciados se basan en una operación reductiva de la diversidad y pluralidad de la vida humana, desde perspectivas que se asientan en lugares de privilegio. La perspectiva dominante en circulación plena no alcanza a dar cuenta de las experiencias en su particularidad y de las mayormente extendidas en la población vulnerada en sus derechos sociales. La mirada centralizada no sabe y no sabe tampoco ver e interpretar lo que ocurre en regiones. Nuestra imaginación es corta para situarse en otro lugar del conocido. El mapa social tiene zonas de una diversidad enorme, pero nuestras vidas personales son limitadas, vivimos en experiencias limitadas inevitablemente, sea cuales sean dichos límites. Desde esa heterogeneidad hablamos, miramos, pensamos, producimos conocimiento, saberes e interpretaciones de la realidad, expresiones comunicativas, manifestaciones estéticas, asentados en lugares particularizados, es decir, desde una experiencia situada. Hasta el círculo domicilio, calle, trabajo, domicilio, trazado por el filósofo Humberto Giannini para dar cuenta de la experiencia cotidiana, se nos hace insuficiente, porque no toda persona tiene trabajo, y la calle para muchos es un lugar para dormir, muchas mujeres trabajan en casa reducidas al trabajo doméstico sin espacio público o privado laboral.  Miles de experiencias, privilegiadas o de privación existen, pero todas en sus propias circunstancias. La pandemia acentúa sus diferencias y actúa como lente fenomenológico que las hace aparecer.

Gran parte del cuidado en los sectores privilegiados se contrata y las mujeres que laboran en ellos asumen al terminar el día los cuidados en sus propios espacios domésticos. Muchas veces tienen que des-cuidar o entregar al cuidado de otros miembros de la familia lo que en ellos se requiere. A veces se produce una cadena de cuidadoras: una cuidadora paga a otra con menos salario del que ella gana… y así.

En aquello llamado hogar, domicilio, se dio la base de la división sexual del trabajo con identificaciones de género que han formado parte de una concepción tradicional de las relaciones sociales y de la distribución de tareas de manera completamente inequitativa. La crianza es una de las formas más exigentes de cuidado sostenida de manera generalizada por mujeres, como asimismo el cuidado de enfermos y ancianos. La incorporación de las mujeres al trabajo fuera del hogar no llevó equiparado una distribución de las tareas de cuidado por parte de mujeres y hombres, recargándose a la mujer con todo tipo de tareas. Todo ello es bien conocido y estudiado y la teoría feminista hizo un aporte decisivo al entender lo privado como asunto público y estructural -cruzado por dimensiones políticas de relaciones de poder, sociohistóricas, económicas y culturales-, como es el caso de la sexualidad, la violencia doméstica, las conductas de dominación patriarcal heteronormativas, de dominación y discriminación.  Ha habido algunas modificaciones en la generación más joven, pero en general el trabajo doméstico sigue siendo desvalorizado, identificándose con “labores del sexo” entendidas en clave femenina. Puede ocurrir que con la pandemia se tome mayor conciencia de la trascendencia del trabajo doméstico, de su indispensabilidad en la vida, pero no es seguro que aquello incidirá en cambios de la estructura de convivencia de manera extendida. Muchos hombres jóvenes y adultos, incluso niños, en periodo de encierro, siguen viendo televisión mientras, madres, hermanas, tías y abuelas se afanan en la reproducción de la vida de todos.

En un momento pensé que esta pandemia podría reconfigurar las valorizaciones de muchas cosas, entre ellas el trabajo doméstico privado o público, las labores de cuidado públicas o privadas. Hay un giro desde luego en la atención que estamos teniendo al estar ésta focalizada mayormente en la pandemia, lo que modela nuestra cotidianidad, nuestras percepciones, pero en el estado de alerta, temor, ansiedad, sospecha, la percepción se altera positiva y negativamente al mismo tiempo. Las emociones y sentires fluctúan. Las trabajadoras y trabajadores de la salud reciben aplausos, pero también gestos de repudio y agresión y las mujeres son de mayor manera violentadas por sus parejas. Creo que hay que implicarse en responder del mejor modo a este tremendo y sorpresivo desafío y una manera de hacerlo podría ser involucrarse individual y socialmente en una ética del cuidado, con políticas públicas fuertemente asentadas en ella, pero no me aventuraría en un optimismo ingenuo de que lo logremos. La crisis que vivimos actualmente, en que se articulan pandemia y estallido social, es de una envergadura tal que podría haber remecido profundamente nuestras formas de vida personal y social, orientándolas a cambios estructurales. Sin embargo, pensemos cómo la crisis ambiental y climática, manifestada ya hace unas décadas, todavía no nos remece de manera significativa, habiéndose puesto en riesgo el instinto mismo de sobrevivencia. La pandemia nos lo ha hecho presente y ha activado tal instinto, pero en muchos casos de manera violenta o bastante laxa en términos de comportamientos individuales y de políticas estatales a nivel nacional y global.

Ha aumentado la violencia doméstica en este periodo de cuarentenas y restricciones de movilidad que afecta de manera más dura a las mujeres y niñas, y que no se refleja necesariamente en las denuncias, por razones obvias de que en tiempos de encierro son mucho más difíciles de realizar. Se han creado estrategias por parte de las mujeres para poder hacerlas, las “estrategias del débil” en la forma de simulaciones comunicativas desde el propio hogar, uso de los permisos para salir a comprar remedios o bienes básicos de consumo y desviados para ir a las comisarías o para llamar a lugares de acogida de este tipo de denuncias. Podría decirse que es más alta la exposición al daño que pueden vivir mujeres, niñas y adolescentes, en un espectro amplio de violencias físicas y psicológicas que las hacen incluso salir del hogar para guarecerse en otros. El confinamiento, la dura limitación de las posibilidades de circulación, agudiza al mismo tiempo las tensiones habituales en que se pudiera haber estado viviendo, pero también puede hacer emerger conflictos solapados o desencadenarse otros imprevisibles. Podría ser que el trabajo doméstico no compartido, los tiempos mal distribuidos para el cuidado de quienes lo requieren y del propio autocuidado, fuera una posible causa del acrecentamiento de la violencia, entre muchos otros factores. Estamos en un tiempo en que es difícil tener respuestas de carácter unilateral. Facetas y facetas de la realidad a ser miradas es lo que precisamos hoy, necesitamos ojos de mosca de radio amplio para ver la realidad y saber cómo protegernos de amenazas o peligros y construir realidad con mayor cuidado.

En situación de pandemia, las exigencias y desafíos a los que cada cual se ve enfrentada y enfrentado son altas. El sentido cooperativo puede ayudarnos a sobrellevar esta situación tan crítica y mundialmente nueva y pasa por resolver el trabajo del cuidado de unos y unas a otros y otras. Si los hombres siguen pensando que las tareas domésticas y de cuidado son propias de las mujeres, con la emergencia de la mirada feminista a la que muchas mujeres se acercaron aun sin reconocerse como feministas, o la presencia progresiva de una cultura de derechos que se instaló en la sociedad, ponen a mujeres y niñas en un posicionamiento de mayor beligerancia con los hombres. La cultura patriarcal ha sido puesta en un cuestionamiento radical a nivel mundial y esto puede ocasionar respuestas más violentas por parte de los varones, como efecto de ser cuestionados en su poder. El estallido social generó una sensibilidad muy extendida a percibir los abusos de todo tipo, lo que empuja también a una resistencia en el espacio domiciliario. Este fenómeno está sin duda cruzando todos los sectores sociales.

+Olga Grau es filósofa, feminista, profesora titular del Departamento de Filosofía y el Centro de Estudios de Género y Cultura en América Latina, de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Chile. Es autora de Filosofía e infancia; Tiempo y escritura. El Diario y los escritos autobiográficos de Luis Oyarzún. Coautora de Discurso, género y poder; Simone de Beauvoir en sus desvelos; El género en apuros; Ver desde la Mujer; Volver a la memoria; entre otros.
Este texto es producto de una entrevista con Juan Rodríguez M., por lo cual la autora y Saposcat le agradecen.

+Imagen: Girl with hair, 2007, tonta sobre tela. Louise Bourgeois