+Sobre Tatuajes de Edgardo Cozarinsky (Lecturas), y Un árbol de luz íntima de Tomás Cohen (Bastante).

Es un juego: tomar notas de un libro y de otro, transcribirlas, e intercalarlas, una y una, porque quizás compongan (o simulen) algo distinto, poque no se sabe qué decir. Notas al margen de un libro, Tatuajes de Edgardo Cozarinsky, y de otro libro, Un árbol de luz íntima de Tomás Cohen (Bastante).

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Tiene algo de ensayo la poesía, de intento; al menos la de Edgardo Cozarinsky en Tatuajes: un intento, varios intentos, de dar palabra a nuestra nadería. Todo pasa para que no pase, dice o intenta decir Cozarinsky: “El viento golpeará unos postigos / que ninguna fachada ya sostiene”.

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Su abuela era una niña de diecinueve años que un día estaba jugando en la calle y al otro día se tuvo que casar. Literalmente: un día estaba jugando en la calle y al otro día se tuvo que casar. Podría ser ese un momento de Un árbol de luz íntima, el libro del poeta Tomás Cohen. No lo es, pero podría serlo, porque en estos poemas hay niños y adultos, hijos, padres y abuelos; aunque la voz es siempre la de un niño, incluso si es la del adulto que fue niño: “retrato de memoria a un niño / de esos enamorados de lo antiguo / al niño que fui, con millones de años en las manos”.

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No hay palabras para el dolor, y —como el río que nunca es el mismo río— no hay regreso al lugar donde se fue feliz; o quizás sí, pero como espíritus, como fantasmas: los del Caleuche, el barco chilote que recuerda Cozarinsky: “El barco los ha ido recogiendo / y a bordo los espíritus / vuelven a esa vida que era suya / y por eso festejan / y ríen y hacen música y bailan / hasta el temprano amanecer estivo / que hará callar la fiesta / y la primera niebla / del nuevo día desvanecerá / la imagen de la nave”.

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¿Qué es un niño? Es una persona, o al menos un ser humano; es alguien que va a morir. Es una incertidumbre (“aullar lejos también una bandada / como sombra hecha trizas, como dados arrojados / hasta alcanzar la próxima generación”, dice Cohen), es un cuerpo que sale de un cuerpo. Un niño es algo que dejaremos de ser, o no, cuando se escribe: “y balbuceó, Lázaro narrador”.

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Entonces, podría decir alguien, intentar decir: la alegría es un fantasma y los fantasmas no existen. Pero podemos creer en ellos, sería una respuesta posible, sobre todo en la noche, en las noches. Los fantasmas son una promesa. Cozarinsky ensaya: “Conocí noches de verano / livianas como la caricia / de una mano inasible, frágiles / promesas de algo sin nombre”. La promesa, no tiene nombre y también puede ser una amenaza.

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¿Qué abre el poeta —Cohen— cuando dice que abre algo que es como caja de caoba vieja?, una caja, dice, “sin habanos / pero siempre con fragancia fresca”. ¿Es la memoria?, ¿es el libro que leemos?, ¿es una caja con fotos?

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Las noches son tiempos sin respuestas, donde habitan las amenazas (las promesas) del nuevo día, del mundo reinventado, de Cozarinsky: “Y la luz /reinventa el mundo. / Y es uno solo, el mismo para todos / aunque ellos no lo sepan”. ¿Quiénes son ellos? ¿Son los fantasmas?, ¿somos nosotros?, ¿ustedes? ¿Qué queda? Nada queda.

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¿Son todos los fantasmas de la infancia? “Irme así, por canchas de tierra sepultadas en pavimento /comprobando la descarga de la campana / exitosa en mi piel aún — así irme / secuestrado por mis fantasmas puntuales / mis ansias y llantos niños…”, escribe Cohen. Parecen en realidad, esas ansias y llantos, los fantasmas de un adulto. La niñez, quizás, es el mundo de fantasía de los adultos; una manera de verse y hablarse a sí mismo. La memoria, recordemos, es imaginación: “Venga mi niño / a acompañar a su adulto / (que no es su padre, sino su tumba) / y dele el cariño / que da el preso a sus barrotes”.

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En Cozarinsky hay hombres de letras contra hombres de armas, y la sangre (la familia) es una extorsión: si me dejas ir te mueres, dice. Sangre derramada y cabezas cortadas sostienen la república. Ruinas y cuerpos: “Te apagas lentamente cuando el sol / anuncia su relevo cotidiano”.

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Un niño, sí, es un cuerpo y no es un cuerpo, es algo que morirá: es una posibilidad que se hará real; y que mientras tanto se recuerda y nos recuerda. Un filósofo dijo “amigos, no hay amigos”; nosotros podríamos preguntar, leyendo a Cohen: niños, ¿no hay niños?

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Los tatuajes sangran, ese algo marcado en la piel. La piel se renueva, el tatuaje queda, el sol lo decolora. La piel se arruga, muere, ¿el tatuaje queda? ¿Queda en los fantasmas?, ¿en los cuerpos sin vida? No sé de qué hablo, ¿de Cozarinsky?, no sé lo que digo. No digo nada: leo y no digo nada; escribimos.

 

+ Juan Rodríguez M. (Santiago de Chile, 1983) estudió filosofía y trabaja como periodista en el suplemento Artes y Letras del diario El Mercurio.