Fue un verano de un calor agobiante que empezó en la primavera asomada entre un florecimiento y otro de los cactus. Mi caminata hasta la parada de autobús era una línea recta. Una mañana, apareció un gato muerto en una de las esquinas, depositado en el pasto seco. Lo lamenté por el gato. Pensé en lo efímero de la vida.  Y recordé que iba atrasada a pescar el bus y al trabajo.

Mientras esperaba el bus, leo en mi celular la historia de una mujer brasileña y su hijo, recién aceptados en uno de los pocos hogares para inmigrantes de El Paso. Desde el 2014, cuando el borde entre México y los Estados Unidos comenzó a recibir un número inusual y cada vez creciente de familias de inmigrantes que arrancaban de las condiciones de vida en Latinoamérica, y Centroamérica, la protección y ayuda brindada por las casas para inmigrantes son la única alternativa a los centros de detención, y la alternativa más humana al no separar a las familias. Ya olvidé los detalles de historia de la mujer y su hijo, pero recuerdo que el final era más o menos feliz. Solemos recordar las excepciones.

El día siguiente hice el mismo recorrido y comprobé que el gato seguía ahí. Esta vez me detuve a examinar la escena. La casa de la esquina estaba abandonada, y en la siguiente casa la maleza crecía como arbusto. En la entrada de esa casa una legión de gatos de diferentes edades hacían guardia y me devolvían una mirada incriminatoria. Eramos los únicos testigos. Quise hacer de árbitro pero me sentí cómplice.

En el bus, como de costumbre, leí la prensa alternativa que esta vez ofrecía pruebas:  números. El número de refugiados en busca de asilo provenientes de América Latina y El Caribe admitidos en los Estados Unidos el año 2014 fue de 4.318 personas, el 2015 fueron 2.050, y el 2016 fueron 1.340.

No recuerdo qué leí en el bus camino al trabajo el tercer día, el recuerdo del cuerpo hinchado del gato lo impregna todo. Es probable que para no pensar en la muerte, me haya concentrado en los detalles de la descomposición. Existen eufemismos—los poetas podemos romantizar hasta la guerra—como la vida bullente de una legión de bacterias y gusanos descubriendo los tesoros nutritivos del cuerpo inerte del gato. En los días que siguieron pude comprobar en detalle los estadios de descomposición de un cuerpo en el desierto. La pestilencia cesó ante la persistencia del sol que secó todo hasta transformar al gato en una especie de estampilla pegada al pasto. El silencio se apoderó de ese espacio, de esa esquina, como en un cementerio. Al cabo de un mes una pierna se había separado del cuerpo. La pata terminó en la acera.

Como la mayoría, no quiero saber mucho de la muerte, aunque la cargue encima con la misma tenacidad que la vida que me mengua. “No era mi esquina” me dije la primera vez que pasé de largo, y me convencí que si hubiese estado en mi esquina hubiese sido distinto: lo habría enterrado, tirado a la basura, esparcido cal por el cuerpo para borrarlo, pero la verdad es que no hice nada.

Con el termómetro en 36 grados Celsius, el orden del tiempo se altera en la memoria. Sin sombra, sin humedad, el cuerpo se deshidrata a una velocidad mayor a la que es capaz de compensar ingiriendo líquidos y la existencia adquiere una textura surrealista. Andamos despiertos como si durmiéramos, andamos despiertos pero dejamos de sentir, o como si el que siente fuera el cuerpo de otro. Por las tardes, el asfalto negro sisea como si fuesen cigarras. Mi memoria de ese verano se parece demasiado a un sueño, no obstante me consta que una tarde caminando por la calle de vuelta del trabajo, en la esquina de mi casa, bajo la sombra escuálida de un árbol, vi un cuerpo en el suelo, un ser humano esta vez. No había nada de cuidado en su postura ni en su ropa. Los shorts le llegaban a la mitad del trasero. Le faltaba pelo y la camiseta dejaba el ombligo al descubierto. Pasé caminando junto a esa persona pero no me detuve. No olía a alcohol. Me dio miedo acercarme. Me imaginé llamando al 911. Recordé al gato en descomposición. El cuerpo hinchado y luego deshinchado. Piel y luego huesos. Pasé caminando y luego me detuve, deshice mis pasos en dirección al cuerpo, sabiendo que no estaba bien simplemente pasar de largo, pero antes de llegar a la sombra del árbol que lo amparaba me devolví—. Repetí esta ambivalencia por algunos minutos. Una vez más, no habían testigos. Solo el cuerpo, el sol agobiante del desierto, y yo.

Tenía miedo de acercarme, pero era peor imaginarme que un cuerpo tirado en la calle podría llegar a ser algo tan normal como para pasar de largo. La ley de Tolerancia cero instituida por Donald Trump en el 2017, que desarma el sistema de asilo, seguirá disminuyendo el número de admisiones legales de inmigrantes sudamericanos, centroamericanos y caribeños en busca de asilo, mientras que el número de inmigrantes crecerá debido a las condiciones de vida que empeoran al sur de los Estados Unidos. No es improbable que si en la frontera no se establecen organismos de ayuda a los inmigrantes que van a seguir llegando, cuerpos tirados a la sombra de un árbol no van a ser tan conspicuos. Esa normalización me aterra.

Minutos más tarde volví a la escena del crimen que podría haber cometido de no hacer nada. Acompañada de una vecina me atrevo a preguntarle a la persona tirada bajo el árbol si acaso necesitaba ayuda, “estoy esperando a que me pasen a buscar”, respondió la persona, que resultó ser mujer. La explicación era implausible. El único vehículo que podría aparecer en esas circunstancias era una ambulancia.

Mi vecina ofreció la siguiente explicación: son ancianos que se arrancan de las casas de ancianos y se drogan y terminan en cualquier lugar. Yo inmediatamente pensé en una inmigrante, intentando no llamar la atención para no ser detenida por la migra, y si ese era el caso, ¿Cómo ayudarla?

En mi casa, intente armarle una merienda a la mujer. Una botella de agua y un sandwich de jamón con queso. No era lo que ella necesitaba, pero era lo único que atiné a hacer. Hay gestos de amabilidad absurdos, pensé, así como hay momentos de desamparo que parecen absurdos por lo inhumanos.

De rodillas, para cerciorarme de que me escuchara, dije: “Tome aquí tiene, para que espere ese aventón”. La señora me miraba desde el suelo. Los ojos velados por la luz.

“Bueno, cuánto le debo”, me respondió en español.

“No, si esto es un regalo”.

“Muchas gracias, aunque yo ya comí hoy”.

Eran las 3:30 de la tarde. Yo ya había comido dos veces ese día y me faltaban otras dos probablemente.

 

+ Paula Cucurella. Doctora en Literatura Comparada. Académica, traductora y poeta. Enseña Creación Literaria en la Universidad de Texas, EEUU.
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