De 3.00 a 4.00 am

Maldigo el día que decidí contar esta historia. Razones sobran para intentarlo, pero solo una  importa: me prometí hacerlo. Ahí el motivo de que me encuentre despierto a estas horas de la madrugada cuando aún puedo escuchar a la gente feliz y borracha deambular por las calles. No los juzgo de manera alguna, es más,  dichoso abandonaría la tarea autoimpuesta y correría tras ellos y las botellas que se escuchan campanear a lo lejos en certeros brindis de juventud.

Hay algo melancólico en despertar tan temprano, irremediablemente pasas revista al pasado, viajas a lugares que no volverás, zanjas discusiones que perdiste en su momento con los argumentos más ingeniosos, pides perdones que jamás te serán concedidos y el ruido que emite el refrigerador será la única voz que te acompaña.

De 4.00 – 5.00 am

Preparo un café, no por gusto, sino más bien para darme ánimo. Para soltar la mano me fuerzo a escribir un poema:

¿Acaso es esto  la vida? / Un escurrir de agua sobre platos / Este barrer de hojas…

No puedo continuarlo. Acelerado me doy cuenta que no debí consumir cafeína, ya no puedo diferenciar mis ideas del ruido. No es la primera vez que pasa, incluso he llegado a pensar que tengo un cerebro débil, como un computador obsoleto que ante un flujo mayor de información se sobrecarga y colapsa.

El punto es que no soy capaz de terminar esta historia. Si tan solo reuniera el valor para subir al desván y mirar de frente todo lo que escondí en ese lugar, tendría todos los materiales necesarios para contarla.

De 5.00 – 6.00 am

Entregado al insomnio y a la sobreestimulación del café opto por fumar un poco de marihuana para bajar en revoluciones y retornar las ideas a su cauce orgánico. Pero quien me conozca sabrá que nunca fui bueno con las medidas. Pasado los minutos, y como era de esperar, no logro escribir más que líneas sin sentido.

Totalmente adormecido, con la cabeza reclinada sobre la mesa, me dejo envolver –como si de un manto de ternura se tratara- por las imágenes más dulces y hermosas que logro resucitar de la memoria: el ir y venir en el  pecho de mis hijos cuando duermen, un amanecer en que fuimos el cielo en Pratigi, un avistamiento ovni en la niñez, el sol rompiendo las nubes para tender una tierna toalla de amor en Niebla, un trozo de fresco kuchen en Chonchi , la foto en la que cuelgo feliz en los brazos de mi padre y los escombros de un paraíso íntimo que construimos en la Tierra.

Las imágenes se suceden unas a otras y todas aumentan en calidez y emoción, liberadas por un director de arte de la mente que nunca contraté, una a una, solo para mi deleite. Un mantra íntimo e involuntario.

De 6.00 – 7.00 am

Un tanto reconfortado por la experiencia anterior decido salir al jardín, me siento en una banca que está un poco mojada, lo ignoro. Atento y agradecido observo cómo comienza el día: los primeros movimientos de la luz que se imprimen sobre la noche, el volar de un loro que corta el amanecer en dos, una hoja que se desprende de un árbol y cae lentamente hasta que llega al suelo para confundirse con otros cientos de hojas. Mis observaciones se ven interrumpidas por mi perro que aparece histérico y a toda velocidad. Le hago un gesto para que siente a mi lado, respiro profundo, lo pienso varias veces y al oído le cuento lo que nunca había sido capaz de nombrar…

De 7.00 – 8.00 am

Preparo el desayuno para mi familia, subo lentamente las escaleras, me aseguro que los candados y pestillos de la puerta que conectan con el desván sigan en su lugar. Apunto una nota mental: algún día tendrás el valor.  Entro a la habitación que en mi ausencia fue invadida por los niños. Observo cómo mi mujer y ellos descansan de manera plácida, el ir y venir en el  pecho de mis hijos cuando duermen, un amanecer en que fuimos el cielo en Pratigi, un avistamiento ovni en la niñez, el sol rompiendo las nubes para tender una tierna toalla de amor en Niebla, un trozo de fresco kuchen en Chonchi, la foto en la que cuelgo feliz en los brazos de mi padre y los escombros de un paraíso íntimo que construimos en la Tierra. Repito estas imágenes hasta dormirme a sus pies.

Ya habrá momento para historias y desayunos.

 

+ Diego Muñoz Cortés (Curicó, 1982). Actualmente es director de Biblioteca Viva Tobalaba, miembro del Comité de Selección y Evaluación de Libros de Fundación La Fuente. También es colaborador de la revista Medio Rural y mantiene el espacio web Abstemios & Ascetas.
+ Imagen: Alexander Tinei