Ya no tengo las llaves de esta casa, o si las tengo, están perdidas en algún bolso o mochila. Si ya no tengo las llaves, debería tocar el timbre. Cómo tocar el timbre en esta casa. No pude llegar en bicicleta; el zapatero se asomó para saludarme. El perro del vecino narco ladró cuando llegué; había olvidado la distancia que existe entre el portón y el final del pasillo antes de doblar a la derecha. Es el recorrido perfecto: parte con un umbral larguísimo que se extiende hasta un próximo nivel de umbrales. Ya no importa la distancia entre esos umbrales. Si ya no tengo las llaves de esta casa, debería tocar el timbre; toco el timbre. Me abres desde arriba; mentira, abres la puerta de arriba, pero tienes que bajar para recibirme. No hay puerta eléctrica, nunca tuvimos esas tecnologías. Todo fue austeridad. Todo siempre fue, la distancia entre el portón y el pasillo antes de doblar a la derecha.

Anoche tuve frio. Hay una ola helada que pasa por Santiago durante este mayo. Aclaro: mayo del 2019. Un Santiago de noches frías y tardes semi soleadas. Y como tuve frío, con la espalda al fuego tomé la mitad de un vino; entrar en calor e ir a visitar esa casa. Y a ti, que indudablemente, estarías allí.

Toqué el timbre, me abriste, entré. Me quedé a dormir contigo. En las vueltas del insomnio, podía medir la distancia que separaba tu lado de la cama con el mío. El trayecto del pasillo se convertía en medidas de niños. Busqué sinónimos de la palabra distancia en el celular. Alejamiento, desafecto, desamor, frialdad; decía la primera línea del diccionario. Una premonición, una lectura telepática.

Los vecinos del primer piso en la mañana escuchaban reguetón. ¿Siguen igual de ruidosos que siempre? No, respondiste. Esa respuesta no tenía sentido; se podía escuchar la música a todo volumen de los vecinos del primer piso. Eran inmigrantes; no sé de dónde, nunca les pregunté nada. Solo dije hola un par de veces durante esos dos años.

Desperté; no me ofreciste desayuno. Tuve que dirigirme al refri y simular que yo seguía viviendo allí contigo. Desayuné yogurt con plátano. No me gustó ni el plátano, ni el yogurt. Tú instalabas una persiana en la cocina. Al fin nadie espiaría la casa. Yo te ayudé a sostener el alargador para que no te cayeras mientras taladrabas la pared. Fue mi acto de bondad. Lo único que pude hacer.

No quería escuchar el reguetón de los vecinos del primer piso: casa E. Nosotros éramos la casa F. Me senté en el sillón que mi hermano me regaló y que ahora es tuyo. Puse música fuerte. Fumé y me eché para atrás. Tarareé la canción y tuve una pequeña nostalgia de esas mañanas de domingo cuando íbamos a la feria de Matta en bici y volvíamos con mochilas cargadas de verduras y frutas. Esas mañanas nos dedicábamos a cocinar y esperábamos que el día pasara solo. Yo te amaba profundamente; tú me amabas profundamente también. Ahora que ya no vivo acá, a veces dudo. Luego recuerdo que vivimos distinto. Que nunca entenderemos nuestros ritmos vitales, que nadie tuvo la culpa. Que una tromba marina nunca será igual de liviana que una estela de aire. Ya no tengo las llaves de esta casa; no sé en qué caja o en qué mochila están. Creo que lo mejor sería eso. Seguir simulando la pérdida.

+ Katherine Hoch (Santiago, 1991). Estudió Letras y Ciencias del Lenguaje. Ha participado del taller Poetizar y pensar de Nadia Prado (2017) y del taller Ensayo literario de Matias Rivas (2018). Actualmente es editora del colectivo Pantógrafas, que indaga sobre la figura femenina en el cine.

Imagen: Louise Bourgeois, Hair (Red Bell Jar), 2000