Comprueba tu nivel de interés amoroso con la publicidad de Borotalco

Hace algún tiempo, sentí un ataque desmedido e injusto hacia mi persona cuando se me hizo la observación de que coqueteo sin filtro y con firmeza. Según el observador, todo mi cuerpo coquetea: me inclino hacia la víctima, mis hombros se contonean, me río con los ojos y cambio el tono de mi voz. Se me dijo, además, que río estrepitosamente y doy saltitos de entusiasmo.

Me vi, básicamente, como una payasa, y me ofendí durante dos días.
Durante esa etapa de ofuscación intenté, a consciencia y con dificultad, mantener la compostura, pero mi actitud payasesca se manifestó de inmediato cuando el objeto de mi deseo cruzó el umbral de la puerta.
Mi negación, entonces, se transformó en aceptación.

Pero el sentimiento de ridiculez latía aún en mis carnes, un sentimiento incómodo, pues la incapacidad de contener mi entusiasmo amoroso me delataba frente a todo espectador.
Mantener el halo de misterio, me resulta, entonces, imposible.

Pero la incomodidad desapareció gracias al universo, que me presentó la publicidad de Borotalco. Vi la luz, y comprendí mi comportamiento exaltado.
No solo me sentí identificada; además visualicé al creador del afiche como un defensor acérrimo del coqueteo y el amor, y vi al afiche como un recurso para comprobar la profundidad hacia un interés amoroso.

Para comprender la identificación, es necesario que se retire el talco central de la escena y que, en su lugar, se reemplace por el agradable joven de risa iluminada, objeto de mis deseos.

A su vez, se deben mantener cada uno de los rostros infantiles, que explicitan cada uno de los rostros de fascinación que se pueden apoderar de mi cara cuando interactúo con él.

Un rostro, en particular, engloba la totalidad de mi comportamiento: el de la esquina inferior derecha.

Tal cual, con la boca abierta y salivosa, miro, río, y observo al joven de la risa iluminada.

Pero hay más que deseo: también lo miro con profunda entrega, como el niño que se encuentra justo arriba del de la boca salivosa.

El niño de la esquina superior izquierda, en tanto, retrata en plenitud mi rostro cuando, estando frente a él, lo imagino en actitudes picarescas.

Y así, uno a uno los rostros, todos, me identifican y exponen frente a él.

Hay algo profundo en este afiche, una teoría: el grado de interés hacia una persona depende de la identificación con los rostros infantiles, entre más rostros, mayor el grado de interés.

A veces, objetos de deseo me provocan uno o dos de los rostros del afiche, que son 11.

De manifestar los 11 rostros podría declararme enamorada.

Cuando eso ocurre, mi actitud payasesca se expone en plenitud.

Desde hoy, gracias a mi descubrimiento, todo quien desee, podrá utilizar la publicidad de Borotalco como una preciosa herramienta de autoconocimiento: para comprobar el verdadero nivel de interés hacia alguien.

Para ello, basta con pensar en la persona deseada; luego, mirar los rostros infantiles y contar con cuántos se ha identificado.

Si la identificación ocurre:

Con 1 rostro infantil: Deseo carnal
2 a 5 rostros: hay más que deseo en tus ojos.
5 a 8 rostros: Espiral de energía.
8 a 10: Ardiente deseo más amor, que corroe cada una de tus células.
11: ¡Enhorabuena!, el cielo. Exposición desmedida y comportamiento payasesco.

Lo he entendido todo.

 

+ María Pía Escobar nació en Paraguay y llegó a Chile a los 7 años. Estudió Periodismo y luego Literatura en la Universidad Diego Portales. Recibió el premio a la mejor tesis de grado en 2015, cuando comenzaba a trabajar como asistente editorial en Hueders. Publicó con Saposcat el conjunto de relatos y textos Exageraciones, su primer libro.