Compartir los privilegios o el privilegio de compartir

No la conozco. Presumo que es hija de Álex Núñez, uno de los asesinados por la policía chilena durante las manifestaciones. Ella permanece aferrada, incapaz de dejarlo ir, porque él no se despidió, probablemente nunca hablaron de esa posibilidad y esa niña quedó con sus ojos negros perdidos en el aire y en las flores. La policía de Chile golpeó a un hombre en la cabeza hasta matarlo. Cada patada y bastonazo al padre, dio también en los ojos negros de esta niña que no pudo encontrarlo más.

Mi madre murió de cáncer cuando tenía ocho años. Ella lo supo dos años antes, quizás más. Debe haber sido terrible tener que conversarlo pero lo quiso hacer, quiso decirme que me iba a dejar a medio camino. Como era evidente no fui capaz de entenderlo hasta muchos años después (treinta y tantos y contando). Lloré un montón, pero no durante su funeral porque gracias a su esfuerzo no fuimos sorprendidos por la muerte. Lloré con ella, antes de que pasara, antes de que la amenaza se hiciera realidad. No lloré solo. Fue muy triste, no desolador.

Me gustaría poder compartir el privilegio que tuve con la niña que sale en la foto, la niña con los ojos más oscuros. Me gustaría compartir la posibilidad que tuve de enfrentar la muerte acompañado porque no quiero que ella suelte el madero que la protegió. Si lo suelta, se enteraría de que su padre no fue contabilizado entre las víctimas de la violencia policial hasta que intervino el INDH. Quiero que no sepa de los intelectuales que brotaron de cada moldura, como arañas de rincón, para sentenciar con citas de siglos anteriores que su padre fue asesinado en manifestaciones desprovistas de verdad. Evitaría que la niña escuche cualquiera de las frases ofensivas que los ministros de este gobierno utilizaron contra las personas, acostumbrados a tenerlas empleadas y chantajeadas con bancos. Trataría de que ella no sepa, y su padre tampoco lo supo, que luego de declarar la guerra y tirar contra su propio pueblo los artífices de esta situación, bombardearon el mundo con declaraciones irrisorias de su admiración por la gran marcha que reprimían. Espero que sus ojos negros no hayan visto a los medios de comunicación usando el pretérito perfecto simple, como si nuestra voluntad fuera parte de un relato escrito por ellos: Chile cambió, dijeron. Lo que cambió es que esta niña ya no tiene papá.

Me desvelo pensando que ella debería haber llorado con su padre vivo, aún sabiendo que va a morir, como hacemos los demás todos los días. Lo que encontró, en vez de la belleza que merecen sus ojitos negros, es la dureza de un cajón barnizado por fantasías económicas. Me gustaría compartir el privilegio que yo tuve con esa niña, porque su padre podría haber evitado que ella se enterara de las opiniones de personajes que alaban el desarrollo material de Chile ciegos al salvaje endeudamiento (porque no lo sufren), la concentración de la riqueza (porque la tienen) y la apropiación legal de los recursos naturales por una ley impuesta en dictadura (porque la aprovechan). Alguien debe evitar que ella lea a este señor Oppenheimer, cuyo único fuego artificial es tener el teléfono de Ricardo Lagos para decir, igual que Piñera, igual que los ministros, que su sistema funciona tan bien que no puede ser que estemos protestando contra el sistema. El sistema funciona tan bien que nuestro descontento radica en nuestra ignorancia para utilizarlo. El sistema funciona tan bien que fuimos alentados por una guerra intergaláctica de alienígenas violentos como el padre de esta niña, el hombre de quien heredó esos ojitos negros que nunca más captaron el color de las flores.

Piensan que protestamos porque queremos para nosotros lo que a ellos les dio un dictador que también tuvo a la policía regando su jardín con sangre.

Nunca tendrán el privilegio de compartir la dulzura de esos ojos negros con los que contrajimos una deuda. Les debemos lo que también quiso su papá: constituir de nuevo este país.

+Simón Ergas es licenciado en Letras y Magíster en Edición. Editor en La Pollera Ediciones (Chile) y productor general de La Furia del Libro. Autor de las novelas De una rara belleza (2011), Tierra de aves acuáticas (2016) y del libro de cuentos cortos Delitos de poca envergadura (2017).

+Imagen: Velatorio de Álex Núñez