Pablo Molina Guerrero

“Siempre quedaba el soma, el delicioso soma, medio gramo para una tarde de descanso, un gramo para un fin de semana, dos gramos para un viaje al bello Oriente, tres para una oscura eternidad en la Luna”, indicaba una descripción de la droga utilizada en la distopía de Un mundo feliz de Huxley. El Soma de Cola de Zorro no es el mismo que el de Huxley, pero tampoco es su contrario.

En el concierto de lanzamiento del disco Soma en abril de 2018, en el Parque Cultural de Valparaíso (conocido popularmente por Ex-Cárcel), tras repasar los dos primeros discos de la agrupación –Can can (2012) y Khaikha (2015) –, se inició el recital en el que Cola de Zorro tocaría sus nuevas canciones. Mientras todo el público disfrutaba sentado, un asistente se puso de pie moviendo la cabeza ligeramente tratando de mantener el ritmo. No lo logró.

Tal como fue interpretado en la carátula del disco, Soma avanza de forma ramificada, arborescente, las canciones toman una línea que luego se bifurca continuamente, llevándonos de una a otra. En determinados momentos podremos sentir que Soma nos toma de la mano suavemente para luego sentir el peso de la gravedad y de diferentes fuerzas en oposición que complejizarán nuestro viaje sonoro.

Puntos álgidos del disco, según el autor de estas líneas, son el inicio de La Importancia de No Tener Nombre, con esa guitarra desenfrenada que toca maquinalmente como si en su cadencia estuviéramos siendo triturados, para dar paso a toda una sección en la que parece que flotáramos en la oscuridad de la luna, para luego volver a las fauces de la máquina. A la vez, se destaca el tema Soma, que nos transporta suavemente en una marea de sintetizadores sumándosele un compás en percusión con aires de cumbia, convirtiendo esta base en un leitmotiv para una arquitectura de trance sicodélico que se irá difuminando en el aire.

Cola de Zorro ha sabido demostrar tras todos estos años, que es una agrupación perseverante que busca explorar caminos disidentes, inspirados en el amor a la música y a las texturas sonoras apostando el todo por el todo, capaz de colocarnos a una distancia prudente de la vorágine instrumental e invitándonos a habitar su centro.

 

+ Pablo Molina Guerrero (Concón, 1989). Cineasta y columnista. Sus trabajos audiovisuales han sido exhibidos en Chile y el extranjero. Programador-Curador del Festival Internacional de Video Experimental Proceso de Error. Ha colaborado con crónicas, entrevistas y críticas en diversas revistas de cine y cultura.