Uno de los motivos clave del mito de fundación de Roma es que, para poblar la nueva ciudad, Rómulo recibió con los brazos abiertos a quien quisiera hacerse romano; de hecho, en la Eneida, Virgilio profundiza la idea y afirma que los romanos eran originalmente extranjeros.

Eso es lo que cuenta Mary Beard en su maravilloso libro SPQR. Una historia de la antigua Roma. “Es una paradoja de identidad nacional”, escribe, “que constituye un notorio contraste con los mitos fundacionales de muchas ciudades griegas, como Atenas, cuya población original surgió milagrosamente del suelo de su tierra natal”. El asunto es importante para entender la realidad política de Roma, pues, según dice Beard, la leyenda de Rómulo y Remo funcionaba como símbolo o alegoría de la identidad romana, es decir, como proyección y revelación de las preocupaciones de los ciudadanos de Roma, o al menos entre la élite. Y así, el mensaje de la leyenda de Rómulo era que “por más lejos que vayamos, los habitantes de Roma eran ya de algún otro lugar”, y que Roma era, entonces, “un concepto étnicamente fluido”.

Esto ya no lo dice Beard, pero el milagro ateniense y la leyenda romana bien podrían funcionar como símbolos de dos maneras, o extremos, de entender la ciudadanía. Dos maneras o extremos que podríamos resumir, respectivamente, como: ciudadanos son los nativos, o sea, solo nosotros, los originales; o ciudadanos son los extranjeros, es decir, potencialmente todos. La primera sería una ciudadanía étnica o territorial, la otra una ciudadanía cívica, perdonando la redundancia. O, si se prefiere, una sería una ciudadanía romántica y la otra ilustrada, perdonando ahora el anacronismo. (Todo esto no quita que, pasado los años y las generaciones, los ciudadanos cívicos desarrollen o alguien les invente una identidad étnica o al menos un privilegio por haber llegado antes a su patria; es más, y a riesgo de descubrir la pólvora, probablemente eso sea lo que ha ocurrido con todo pueblo: sus integrantes son allegados que devienen nativos, son extranjeros naturalizados).

Todo esto viene al caso a propósito de la crisis migratoria europea, el aumento de la inmigración en Chile y, en general, las reacciones y entuertos que provocan este tipo de fenómenos: desde xenofobia hasta refugio, pasando por conflictos reales y enredos administrativos o burocráticos respecto a quién y cómo puede ingresar o quedarse en un territorio. En todo lo cual, creo, lo que está en juego es la ciudadanía, qué entendemos por tal, a quiénes reconocemos como tales, quiénes tienen o no derechos.

En los estados modernos, los Estados-nación, la ciudadanía es en principio territorial: por ejemplo, son chilenos los nacidos dentro de las fronteras de Chile y, a grandes rasgos, quienes tengan vínculos con el territorio —personas nacidas en el extranjero, pero con padres chilenos. También pueden ser chilenos los extranjeros propiamente tales que, por el tiempo afincados en el país o por los servicios prestados al mismo, adquieren la ciudadanía. En este último caso podríamos decir que esos extranjeros se territorializaron (o “naturalizaron”). Y también podríamos decir, no sólo en el caso de Chile, que cuando se establecen condiciones claras para que cualquier extranjero adquiera la ciudadanía, nos encontramos en una especie de cruce entre la ciudadanía territorial, la de los atenienses, y la cívica, de los romanos.

Pero me desvío del asunto: de la novedad de la ciudadanía romana. Tal vez si lo pongo en estos términos lleguemos a algún lado: “¡Los romanos qué nos han dado!”, pregunta con indignación y retórica el líder de un grupo subversivo que quiere expulsar a los romanos de Judea, en los tiempos de Jesús. Uno de sus hombres le responde que el acueducto. “Sí, sí, eso nos lo han dado”, reconoce el líder, ya más dubitativo. Y sus hombres siguen: el alcantarillado, las carreteras. El líder lo acepta, y ahora pregunta: “Pero aparte del alcantarillado, el acueducto, las carreteras”… “La irrigación”, interrumpe uno de los conjurados, y la lista crece: la salud pública, la educación, el vino, los baños públicos y el orden público. La escena es parte de La vida de Brian, una de las películas de los Monty Python; la cito porque a la lista de aportes romanos que hacen los separatistas del Frente Popular de Judea, podríamos agregar: la ciudadanía, o al menos una noción modernísima de ella, universal, plural, según nos enseña Beard. ¿Podríamos tomar algo de esto, sino para responder, al menos para pensar los fenómenos migratorios contemporáneos, desde la crisis en Europa al aumento de extranjeros en Chile? Sospecho que sí, gracias a esa noción de ciudadanía cívica, que no es ni étnica ni territorial.

Volvamos con Mary Beard: “También producía malestar [entre los romanos] la idea del asilo y bienvenida dado por Rómulo a todos los que llegaban —extranjeros, criminales y fugitivos— porque encontraba ciudadanos para su nueva ciudad. [Pero] Había aspectos positivos al reflejar la extraordinaria apertura y disposición de la cultura política romana a incorporar a los forasteros, que la situaba aparte de las demás sociedades occidentales antiguas que conocemos”. No se trata, dice Beard, de que los romanos fuesen liberales, al contrario, muchas veces fueron conquistadores brutales, “xenófobos y despectivos con los pueblos a los que llamaban «bárbaros»”. (En la década del 120 a. C., por ejemplo, el flujo de extranjeros que llegaba a Roma, y la concesión de la ciudadanía a los latinos, llevó a algunos a decir que: “Una vez concedida la ciudadanía a los latinos, ¿creéis que habrá espacio para vosotros [romanos], como el que tenéis ahora, en una contio o en los juegos o en las fiestas? ¿Nos os dais cuenta de que [los latinos] se apoderarán de todo?”.) Pero el hecho, único en ese tiempo, es que a lo largo de mil años los habitantes de las provincias conquistadas por Roma fueron recibiendo gradualmente la ciudadanía romana, “con los derechos legales y la protección que comportaba”, hasta llegar al año 212 d. C., donde culmina el libro de Beard, fecha en la cual el emperador Caracalla otorgó la ciudadanía a todos los habitantes libres del imperio, “erosionando así la diferencia entre conquistador y conquistado”.

Ya antes el Senado romano se había convertido en lo que Beard llama un “órgano multicultural”, con miembros procedentes de los diferentes rincones del imperio; y otro tanto había ocurrido con los emperadores, entre los cuales hubo algunos que nacieron fuera de Italia: en África e Hispania, por ejemplo. Incluso a los esclavos se les concedía la libertad y, si su propietario era romano, también la ciudadanía. Lo mismo a muchos de los derrotados en las guerras de conquista: “Al extender la ciudadanía a pueblos que no tenían conexiones territoriales directas con la ciudad de Roma —escribe Beard—, rompieron el vínculo, que la mayoría de las personas del mundo antiguo daba por sentado, entre ciudadanía y una sola ciudad. De una forma sistemática, entonces sin parangón, hicieron posible no sólo convertirse en romano sino también ser ciudadano de dos lugares a la vez: la ciudad natal y Roma. Y al crear nuevas colonias latinas por toda Italia, redefinieron la palabra «latino» de manera que ya no representaba una identidad étnica sino un estatus político sin relación alguna con la raza ni con la geografía [yo destaco]. Esto preparó el escenario para un modelo de ciudadanía y «pertenencia» que tuvo enorme importancia para las ideas de gobierno, derechos políticos, etnicidad y «nacionalidad» romanos. Este modelo se extendió poco después a territorios de ultramar y finalmente apuntaló al Imperio Romano”.

No es solo que esta noción ni étnica ni territorial de la ciudadanía fuese revolucionaria en la Antigüedad, o que, según cree Beard, eso explique en parte que una pequeña aldea se convirtiera en uno de los imperios más extensos y poderosos de la historia, es que allí está la fuente de la ciudadanía moderna, y tal vez, esto lo agrego yo, una inspiración para pensar nuestros problemas contemporáneos con las migraciones: “Los romanos no solo definieron los principios básicos de la política y libertades republicanas, sino que también empezaron a desarrollar las estructuras, los supuestos y (para decirlo de forma grandilocuente) una «manera de hacer las cosas» que sustentaron su posterior expansión imperial. Esto implicaba una formulación revolucionaria de lo que significaba ser romano, que definió sus ideas de ciudadanía durante siglos, diferenció a Roma de todas las demás ciudades-Estado clásicas y finalmente conformó la visión moderna de los derechos y responsabilidades del ciudadano”.  Ser romano no era ser nacido en Roma. De hecho, cuando hablamos de Roma y los romanos, cuando decimos que tal o cual personaje era romano, de la Antigua Roma, nosotros mismos hacemos uso del sentido universal del concepto de ciudadanía romana. Por ejemplo, ¿quién es Séneca?, un romano nacido en Córdoba (en realidad se supone que nació allí, pues de ahí proviene su familia). Es más, la historia que se contaban a sí mismos los romanos sobre los primeros siglos de su ciudad, era la de una serie de luchas sociales intestinas, entre una aristocracia hereditaria de “patricios” —que monopolizaba el poder político y religioso—, y la masa ciudadana de “plebeyos”, excluidos del poder, que, luego de huelgas y motines, “logró el derecho o, como ellos lo hubieran expresado, la libertad de compartir el poder en términos, más o menos, de igualdad con los patricios”. O sea, la historia que se contaban los romanos era la de la expansión de la libertad. Y nótese en este punto, sino la identidad, al menos la conexión entre ciudadanía y libertad (cuestión ratificada luego por el emperador Caracalla), y, a su vez, entre libertad e igualdad.

Tal vez estoy forzando el texto, pero al parecer lo que nos enseña Beard es que para los romanos ser ciudadano era ser libre, y ser libre era compartir el poder. O en otras palabras: la ciudadanía es libertad, y la libertad es igualdad de poder. Ya está dicho, por Beard, y repetido aquí: cuando en el año 212 el emperador Caracalla decretó que todos los habitantes libres del imperio, desde Escocia a Siria, eran ciudadanos romanos, “eliminó de un plumazo la diferencia legal entre gobernantes y gobernados”. O, dicho en cifras, más de treinta millones de provincianos se convirtieron en romanos: “Fue una de las mayores concesiones de ciudadanía, si no la mayor, de la historia universal”, apunta Beard. Repitamos: de la historia universal. Esa historia que, si seguimos algunas lecturas que se han hecho de Hegel, es la historia de las luchas por el reconocimiento: por ser reconocido como persona, como alguien con dignidad, con derechos y deberes; la historia de la lucha por la libertad y la igualdad… como en el mito que se contaban los romanos.

A propósito de esa lucha quizás sea bueno recordar, de nuevo con Mary Beard, que una vez concedida la ciudadanía a todos los habitantes libres del imperio, no comenzó una era de igualdad y multiculturalidad. Pues, derribada la barrera de la ciudadanía, la nueva división que separó a los romanos fue aquella que, reconocida legalmente, distinguía y establecía derechos distintos entre los llamados honestiores o “los más honorables” (“la élite enriquecida y también los soldados veteranos”), y los humiliores o “la clase más baja”. “La nueva frontera entre autóctonos y forasteros seguía la línea de la riqueza, la clase y el estatus”, concluye Beard. O también podríamos decir que la xenofobia devino en una cuestión de clases —¿una lucha de clases?—, que el otro comenzó a ser el pobre, o más bien el que no era de la élite. Aunque tal vez ese siempre fue el otro: la filósofa española Adela Cortina postula que la xenofobia es en realidad aporofobia, es decir, miedo (y odio) a los pobres… Como sea, lo cierto es que en Roma la nueva división fue de clases, fue económica: de un lado los ricos y los soldados, del otro lado el resto. Y ya que dijimos que la ciudadanía es libertad, y que la libertad es igualdad de poder, por qué no preguntarse: ¿quiénes son hoy los que todavía están fuera de la ciudadanía? ¿Son los extranjeros, los pobres… los extranjeros que son pobres? ¿Será ese el problema de la inmigración: una cuestión de clases, un asunto de ricos y pobres?

A la ciudadanía romana también la llamé ciudadanía ilustrada (al lado del nacionalismo étnico de los románticos, Heidegger incluido), con lo que quiero decir: ciudadanía universal o universalista, y entonces pluralista, distinta de una ciudadanía cultural o culturalista, monista, cuando no racista. Dice el ilustrado Denis Diderot en la Enciclopedia: “Debemos aquí censurar a Puddendorf: al restringir el acceso a la categoría de ciudadano a aquellos que habían fundado el Estado en la primera reunión de familias y a sus sucesores, introdujo un requisito irracional, que sigue circulando y que [yo destaco] puede causar conflictos graves en el seno de las sociedades, al establecer una separación insuperable entre los ciudadanos nativos y los naturalizados; en este error está la raíz de la naturaleza mal entendida. Todos los ciudadanos, si atendemos a su categoría dentro de una sociedad, son igualmente nobles. La naturaleza no depende en exclusiva de la ascendencia, sino de los derechos comunes que pueden esgrimirse ante las magistraturas”.

¿No podríamos imaginar, inspirados en Roma, una ciudadanía no nacional, es decir, ni racial ni territorial, pero tampoco de ricos y pobres? Una ciudadanía fundada en el mito harto real de que todos venimos del extranjero, de que todos somos extraños. O, si se prefiere, ¿no podríamos imaginar una ciudadanía que tiende a identificarse con lo humano, con lo que nos gusta y no nos gusta de lo humano, quizás tal como la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano francés devino o está deviniendo —se supone—  una Declaración Universal de los Derechos Humanos? ¿No podríamos, en fin, imaginar una ciudadanía coordinada entre Estados-nación? ¿No es o iba a ser eso la Unión Europea?

Ahora, claro, todo esto suena muy bonito, cuando el asunto sería que suene real. Pero al menos quedémonos con eso que dicen: que todos los caminos llevan a Roma.

***

(Días después de terminado este texto, el gobierno estadounidense comenzó a separar a padres e hijos, a encerrar niños, como parte de su política antiinmigración; luego, ante la presión pública, Donald Trump firmó una “orden ejecutiva” que permite encerrar juntos a padres e hijos). En paralelo, el nuevo gobierno italiano rechazó un barco con migrantes y ha comenzado a hablar de resolver el “problema gitano”. También fue asesinada una mujer en el centro de Santiago, los culpables serían ecuatorianos y en el sitio de la radio Bío Bío, donde se informa del hecho, los primeros dos comentarios de los lectores dicen: “Ecuatorianos? Cada vez estamos más mal” y “Gracias a los zurdos de porquería que dejaron entrar perros y gatos!. Deben comenzar a deportar todos los ilegales. La primera responsabilidad del gobierno es con los Chilenos”.)

+Juan Rodríguez M. (Santiago de Chile, 1983) estudió filosofía y trabaja como periodista en el suplemento Artes y Letras del diario El Mercurio.
+ Imagen: Philip Guston
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