En el Cementerio General aprendí a andar en bicicleta. Mis papás me llevaban seguido, cada fin de semana: una forma de horror –pienso ahora‒, de calma, de reconocer a los muertos. Aprender ahí, a pesar, era tranquilo, pocos autos, muchas carrozas lentas, caminantes desplazándose también calmos, al contrario de la calle y las avenidas, siempre ajetreadas y riesgosas para un hijo único.

Por esa época, mi papá supo dónde su padre estaba enterrado. Lo que sabíamos de él era vago, de hecho él aún conserva una o dos fotos. Mi abuelo paterno murió cuando mi papá aún estaba en la guata. El día que lo fuimos a buscar al cementerio yo dejé mi bici a un lado del sendero –la calle más bien‒ y sentí orgullo de no usar más rueditas de apoyo, y mi papá bajó hacia un nicho que estaba en un subterráneo. Lo seguí hasta el fondo. Tropecé con una escalera, sin caerme, recto aún ante los nichos descuidados, incluido el de mi abuelo. Años, imaginé, sin que alguien lo limpiara. Mi papá andaba con un trapo, despolvó el concreto y se hicieron notorias las letras, a pesar de la oscuridad del fondo. Le di la mano, volvimos al exterior y tomamos las bicis para volver a casa. Creo que mi papá no ha vuelto a ir.

Tampoco he vuelto a andar en bicicleta. Hace años que no tomo una, y la última vez que lo hice creo haberme encontrado con el diablo. Una maldición, haberlo evitado en una carretera que conectaba Viñales con Cuajani, dos pueblos del interior de Cuba. El diablo: un mulato en medio del asfalto, vestido de terno, que me invitó a unos rituales en su casa y terminé evitando, diciéndole que iría al día siguiente, para el día de los enamorados. La maldición: haberme caído de vuelta, solo, salir disparado unos cuatro metros hacia adelante, esguince en la mano izquierda, heridas en el abdomen, las rodillas, perder una cámara y un par de libros. En fin. No quiero detenerme en esto.

Un 11 de septiembre con mi papá fuimos a un acto frente al nicho de Víctor Jara. Ese día saludé a Ricardo Lagos, que era presidente en ese entonces, y a Volodia Teitelboim.

Se dice que en Recoleta se concentró un conjunto de establecimientos vinculados directamente con los cementerios. No es de extrañar: una calle une al Cementerio Católico y al General –y al Quita Penas–. Se dice también que el barrio, de calles irregulares, estaba marcado por una presencia religiosa y rural. Hasta la segunda mitad del siglo XIX no había avance urbanístico. De ahí que al sector se le identifique con la muerte, la enfermedad y el deterioro.

Se dice que se escogió el sector no solo para encontrar un espacio para los muertos, sino también para resolver cuestiones sanitarias: debido a la lejanía del Cementerio, las corrientes de viento sur no se propagaban hacia zonas residenciales. Por otro lado, se aprovecharon las piedras del Cerro Blanco, próximo al Cementerio, y buena forma de abaratar costos.

Más adelante se instalaron el Siquiátrico, el Instituto Médico Legal, el JJ Aguirre y la Facultad de Medicina.

En el Patio 102, por una de las entradas que da hacia Avenida Recoleta, está el memorial del detenido desaparecido y del ejecutado político. La construcción es de mármol, en una de las alas aparece la lista de detenidos y en la opuesta los nombres de ejecutados políticos. Al centro, Salvador Allende, en el frontis, un verso de Canto a su amor desaparecido, de Raúl Zurita, “Todo mi amor está aquí y se ha quedado pegado a las rocas, al mar, a las montañas…”.

“Canté la canción de los viejos galpones de concreto”, escribe Zurita en los inicios del poema. Los nichos están, pero no dejo de pensar al leer el texto en las imágenes del Patio 29, las cruces desoladas, el pasto verde a veces, a veces seco. Por lo mismo se dice que las primeras víctimas de la dictadura llegaron al Cementerio a los pocos días del 11 de septiembre. En la web archivoschile.org se cuenta una de las tantas incongruencias entre el Servicio Médico Legal y el Cementerio: “El caso de Santos Víctor Manuel Romeo González, un contador de 33 años, reúne varias de las incongruencias entre los registros del Servicio Médico Legal y el Cementerio General de Santiago. La autopsia practicada por el Dr. Alfredo Vargas determinó su fecha de muerte como el 18 de septiembre, el mismo día que ingresó como NN a la morgue. En un oficio fechado el 18 de septiembre, el Registro Civil confirmó al SML que las huellas tomadas a ese NN el día anterior – es decir, antes de su muerte- correspondían a Romeo González”.

“Luego, según los archivos del SML, su cuerpo fue retirado por su hermano el 9 de octubre y llevado al Cementerio Metropolitano. Sin embargo, el Informe Rettig consigna que sus familiares fueron informados después en el SML de que Romeo González había sido enterrado en el Cementerio General, cosa que, según el mismo informe, comprobaron posteriormente, por lo que era imposible que haya sido retirado por su hermano”.

Si en Recoleta se concentró un conjunto de establecimientos vinculados a los cementerios, entonces también se instaló un imaginario –justificado en hechos– mortuorio, del dolor y la tortura. Quizá la imagen del féretro de Jaime Guzmán, entrando por Avenida La Paz, anticipe aquello que está en sus postrimerías, del otro lado, auscultado por los restos de Salvador Allende.

Por varios años, todos los 11 de septiembre, con mi familia marchábamos. Nos íbamos apenas terminaban los disturbios, como muchas otras familias, vestidas de negro y portando una foto triste, por lo general, de un hombre. Llorábamos. El almuerzo era silencioso. Por la radio seguían transmitiendo los disturbios. Recuerdo el año que tiraron una bomba molotov a La Moneda. Puro escándalo.

Este 11 oí el reporte en vivo de un periodista el mismo 11 de septiembre de 1973. El presidente muere con las botas puestas, decía. También me enteré de un suicidio. No alguien cercano, pero sí cercano a unos amigos. Asistí a un ritual que lo conmemoraba en el Parque Mahuida. La cordillera encima, las fotos de él con su hijo sobre una mesa larga, la cabeza de un buda por ahí que vigilaba una vela encendida, el olor a incienso mezclado con los asados que hace la gente en el sector.

Cualquier zona puede ser un cementerio.

“Y en el jardín de su casa/ A distancia muy escasa/ De un legendario nogal/ Lloró/ La pobre criatura/ Al cavar la sepultura/ De su canario cantor”, canta y silba Leonardo Favio, y recuerdo las canciones favoritas de mi abuela, cuando una vez comentó que mi abuelo le había dedicado una de Nicola Di Bari, al parecer la única que le dedicó en su vida. Todas las mañanas, por la Radio Imagina, ella oía esos temas antiguos. Piero, los propios Favio y Di Bari, Salvatore Adamo, Camilo Sesto, Miguel Bosé, Ricardo Cocciante, Sandro, en la atmósfera del ruido de mi casa, las canciones con que despertaba, que se hicieron indistinguibles tras la muerte de mi abuelo. Eso es lo que queda tras el amor.

Mi abuela recordaba que su papá estaba en el Cementerio General. Cuando fuimos, si bien nos contó encontrarlo, pillamos el mausoleo de la familia con la que él trabajó toda su vida. Esa fue la recompensa, su jubilación, morir con los patrones. Este era de mármol, como casi todos, pero no como el de Claudio Vicuña, un palacio dentro del recinto, el más lujoso sin duda, o como el de Domingo Matte, de 1893, de estilo egipcio, sino en el que estaba mi bisabuelo era uno de estilo griego, clásico, armónico y sobrio, entre unos árboles que dan con el capitel de una de las columnas del mausoleo.

Tanto mi abuela como mi abuelo no están enterrados en el Cementerio General. Mis papás escogieron el Parque de Santiago, que está en Huechuraba, cerca de la Ciudad Empresarial, hacia arriba, en los faldeos de La Pirámide. El terreno es un parque extenso, completamente verde, supongo que en las cavidades subterráneas entierran a cada muerto. Resaltan las flores de plástico, los juguetes para los niños, afuera las florerías. El sendero arranca casi en la Ciudad Empresarial y se extiende hacia arriba, delimitando con potreros y canchas de fútbol, y terrenos de la Universidad Mayor. Mi abuelo murió primero, diez años después lo hizo mi abuela, están enterrados uno al lado del otro, en la misma sepultura. Las veces que he ido a verlos, limpio la lápida y quito las flores secas si las hay. Prefiero algo sobrio. Más arriba, en otro sector, está mi abuela paterna. Tengo entendido que mi familia compró varios nichos en el Parque de Santiago.

Todos tenemos sepultura.  

 

+ Pablo Sheng (Santiago, 1995), escritor, fue becario del taller de poesía de la Fundación Neruda, obtuvo el Premio Roberto Bolaño de novela los años 2016 y 2017, publicó Charapo (Cuneta, 2016) y escribe para Revista Santiago.
+ Foto: Proyecto f.11
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