La casa Lobo (2018) es un largometraje chileno de stop-motion realizado por Cristóbal León y Joaquín Cociña. La historia cuenta el escape de María, una mujer que vive en Colonia Dignidad. Sonidos, música, susurros, materialidad y artes plásticas componen este trabajo audiovisual de 75 minutos. Más que una película, parece una enumeración de millones y millones de objetos, sensaciones y situaciones oníricas.

Fui a ver La casa Lobo al Cine Arte Alameda con 4 amigos-conocidos más. Todos opinábamos cosas distintas. Algunos salimos de la sala en catarsis, otros en indiferencia absoluta. Yo recordaba las taquicardias que me dieron dentro del cine mientras veía la película. Y también mi emoción cuando reconocí la mesa metálica de la Metales Pesados en una escena; hace un par de años, en la Galería de la Metales, me topé con la escenografía de la película. Meses después, tropecé con algo similar en M100; siempre fueron encuentros desconcertantes pero seductores. Qué eran esas figuras raras, feas, asquerosas, incluso obscenas, que extrañamente, me gustaban.

Cerveza en mano, un viernes en la tarde estaba en la PLOP! Galería. Ese día era el lanzamiento de la nueva exposición de Sol Undurraga; vi a este ser, un poco errático, solo, caminando y rebotando de grupo en grupo, buscando conversación o compañía. “¿Han visto La casa Lobo”? preguntó él. “NO” respondió mi compañera y mi jefa. Él las miró raro, no podía creer que nadie hubiese ido a ver su película. “Ahora hay una exposición sobre esto en el GAM, vayan a verla”. “No podemos, trabajamos hasta las 20hrs todos los días”, “Pero si la expo cierra a las 21hr”. Ante la insistencia: incomodidad grupal. Justo, no sé por qué, aparecí en ese momento y mi jefa se aprovechó de la situación: “Mira, habla con ella, a ella le gusta el cine”. Huyeron y me dejaron ahí, sola, comentando la película con el ser errático. Quiero aclarar que ninguna de ellas fue a la exposición en el GAM. Y cuando yo intenté ir, estaba cerrada. Ante el panorama fallido, pensé ¿Cuántas de las personas que van a ver La casa lobo, entienden lo que murmuran y dicen los personajes? ¿De uno a diez, alguien?

Ocurre algo particular cuando nos enfrentamos a un texto o una imagen que no estamos acostumbrados a ver; nuestro cerebro se descontrola y envía señales a todo el cuerpo para que estemos alerta. Con un susurro de madre nos enternecemos, pero con un susurro de un hombre que habla en español con acento alemán, se desencadenan un sinfín de señales; miedo, nostalgia, paranoia, dependiendo de la historia de cada persona. Algo pasa. Y si a ese susurro peculiar se suma una corporalidad amorfa y sombría proyectada en una muralla, la percepción se agudiza aún más.

Tenemos que aprender a ver más, oír más, sentir más, dice Susan Sontag. Y para eso hay que bajar también las barreras mentales que crea la percepción. Bajar la estrechez, sobretodo la estrechez, y retomar la idea: más que una película, La casa Lobo parece una enumeración de millones y millones de objetos, sensaciones y voces oníricas; casi surreales. Y es que “la expresión del rostro hiere más que cualquier expresión emitida por la lengua”, leí el otro día en el ensayo de Hazlitt, El placer de odiar. Y todo tuvo un poco, al menos un poco, de sentido ese día.

+ Katherine Hoch (Santiago, 1991). Estudió Letras y Ciencias del Lenguaje. Ha participado del taller Poetizar y pensar de Nadia Prado (2017) y del taller Ensayo literario de Matias Rivas (2018). Actualmente es editora del colectivo Pantógrafas, que indaga sobre la figura femenina en el cine.