Traducción de Horacio Ferro

Poema de la necesidad

Es preciso casar a João,
es preciso soportar a Antonio,
es preciso odiar a Melquíades,
es preciso sustituirnos a todos.

Es preciso salvar al país,
es preciso creer en Dios,
es preciso pagar las deudas,
es preciso comprar una radio,
es preciso olvidar a fulana.

Es preciso estudiar volapuque,
es preciso estar siempre borracho,
es preciso leer a Baudelarie,
es preciso coger las flores
de las que hablan varios autores.

Es preciso vivir con los hombres,
es preciso no asesinarlos,
es preciso tener manos pálidas
y anunciar EL FIN DEL MUNDO.

 

Canción de la Muchacha-Fantasma de Belo Horizonte

Yo soy la Muchacha-Fantasma
que espera en la Rua do Chumbo
al auto de la madrugada.
Yo soy blanca y larga y fría,
mi carne es un suspiro
en la madrugada de la sierra.
Yo soy la Muchacha-Fantasma.
Mi nombre era María,
María-La-Que-Murió-Antes.

Soy tu novia
que murió de apendicitis
en el desastre del automóvil
o que se suicidó en la playa
y sus cabellos quedaron
largos en tu recuerdo.
Yo nunca fui de este mundo:
Si besaba, mi boca
hablaba de otros planetas
en que los amantes se queman
en un fuego casto y se convierten
en estrellas, sin ironía.

Morí sin haber tenido tiempo
de ser tuya, como las otras.
No me conformo con eso,
y cuando los policías duermen
en mí y fuera de mí,
mi espectro itinerante
desciende por la Serra do Curral,
va mirando las casas nuevas,
ronda las huertas amorosas
(Rua Cláudio Manuel da Costa)
hacia Abrigo Ceará,
no tiene abrigo. Un perfume
que no conozco me invade:
y el olor de tu sueño
caliente, dulce, enredado
en los brazos de las españolas…
¡Oh! déjame dormir contigo.

Y bueno, como no encuentro
a ninguno de mis enamorados,
que las francesas conquistaron,
y que bebieron todo el güisqui
existente en Brasil
(ahora duermen embriagados),
espío los autos que pasan
con choferes que no sospechan
de mi blancura y huyen.
Los tímidos guardias-civiles,
¡pobres! uno me quiso agarrar.
Le abrí los brazos… Incrédulo,
me tocó. No tenía carne
y por encima del vestido
y por debajo del vestido
era la misma ausencia blanca,
una sola desesperación blanca…
Puedes ver: lo que era cuerpo
fue comido por el gato.

Las muchachas que aún están vivas
(han de morir, es lo cierto)
tienen miedo de que yo aparezca
y les tire la pierna… Broma.

Yo fui muchacha, seré muchacha
desierta, per omnia saecula.
No quiero saber de muchachas.
Pero los muchachos me perturban.
No sé cómo librarme.
Si el fantasma no sufriera,
si ellos aún me gustaran
y el espiritismo lo consintiera,
mas yo sé que está prohibido,
tú eres carne, yo soy vapor.
Un vapor que se disuelve
cuando el sol cruza la Sierra.

Ahora estoy consolada,
dije todo lo que quería,
subiré a aquella nube,
seré lámina helada,
centellaré sobre los hombres.
Mi reflejo en la piscina
de la Avenida Paraúna
(las estrellas no se comprenden)
nadie lo comprenderá.

 

Sentimiento del mundo

Tengo apenas dos manos
y el sentimiento del mundo,
mas estoy lleno de esclavos
mis recuerdos corren
y el cuerpo cede
a la confluencia del amor.

Cuando me levante, el cielo
estará muerto y saqueado,
yo mismo estaré muerto,
muerto mi deseo, muerto
el pantano sin acordes.

Los camaradas no dirán
que había una guerra
y era necesario
traer fuego y alimento.
Me siento disperso,
anterior a las fronteras,
humildemente les pido
que me perdonen.

Cuando los cuerpos pasen
yo quedaré solo
desenredando el recuerdo
del campanero, de la viuda del microscopista
que habitaban en la barraca
y no fueron encontrados
al amanecer
ese amanecer
más noche que la noche.

 

El obrero en el mar

Por la calle pasa un obrero. ¡Cómo camina firme! No tiene camisa. Sin cuento, sin drama, sin discurso político, el dolor del obrero está en su camisa azul, de paño grueso, en las manos gruesas, en los pies enormes, en las incomodidades enormes. Ese es un hombre común, apenas más oscuro que los otros, y con un significado extraño en el cuerpo, que carga designios y secretos. ¿A dónde va con esa pisada tan firme? No sé. La fábrica quedó allí atrás. Adelante solo está el campo, con algunos árboles, el gran anuncio de gasolina americana y los cables, los cables, los cables. Al obrero no le sobra tiempo para notar que llevan y traen mensajes que hablan de Rusia, del Araguaia, de los Estados Unidos. No oye, en la Cámara de Diputados, al líder de la oposición vociferando. Camina por el campo y apenas repara en que allí corre agua, que más adelante hace calor. ¿A dónde va el obrero? Me daría vergüenza llamarlo mi hermano. Él sabe que no es, que nunca fue mi hermano, que no nos entenderemos nunca. Y me desprecia… O tal vez sea yo mismo que me desprecie ante sus ojos. Tengo vergüenza y ganas de encararlo: una fascinación casi me obliga a bajar la ventana, a caer frente a él, a cortarle el paso, a al menos implorarle que detenga el paso. Ahora está caminando por el mar. Yo pensaba que ese era privilegio de algunos santos y de los barcos. Mas no hay ninguna santidad en el obrero, y no veo ruedas ni hélices en su cuerpo, aparentemente banal. Siento que el mar se acobardó y lo dejó pasar. ¿Dónde están nuestros ejércitos que no impidieron el milagro? Mas ahora veo que el obrero está cansado y que se mojó, no mucho, pero se mojó, y los peces fluyen por sus manos. Veo que se da vuelta y me dirige una sonrisa húmeda. La palidez y confusión de su rostro son la tarde misma que se descompone. Dentro de un minuto será de noche y estaremos irremediablemente separados por las circunstancias atmosféricas, yo en tierra firme, él en medio del mar. Único y precario agente de nuestra unión, su sonrisa cada vez más fría atraviesa las grandes masas líquidas, choca contra las formaciones salinas, las fortalezas de la costa, las medusas, atraviesa todo y viene a besarme el rostro, a traerme una esperanza de comprensión. Sí, ¿quién sabe si algún día lo comprenderé?

 

+ Carlos Drummond de Andrade (1902–1987) fue un poeta, periodista y político brasileño. Con 28 libros de poesía editados es considerado por la crítica como uno de los mayores poetas del Brasil. Pese a haber sido un fuerte candidato al Premio Nobel de Literatura rechazó cualquier nominación al Premio.
+ Horacio Ferro (Lima, 1983). Traductor especializado en cine, literatura y patrimonio cultural desde hace 12 años. En este momento se encuentra en imprenta su traducción del videojuego/poemario Ennuigi (Josh Milliard, 2015) por Libros Tadeys. Puedes revisar parte de su trabajo más reciente en https://piantagoras.wordpress.com/
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