Regresé de Brasil apesadumbrada. Viajo allí a menudo por trabajo. La calle vive estos días una especie de carnaval de octubre. Las hinchadas de Flamengo y Corinthians, rivales en el juego, corean juntas al unísono y armónicamente el apellido y apodo del candidato como una batería de escola de samba bien afinada. Se ven bebés con ropa estampada con la cara y los eslóganes del capitán, pequeños muñecos hinchables con su efigie que la gente jalea entre vítores en los actos de campaña, también circula el mismo muñequito con la imagen de Lula vestido de preso. Más de una vez se ha visto a Bolsonaro con uno de esos muñecos del ex presidente en las manos. Es un número del repertorio que siempre le da buenos réditos. Durante los mítines, Jair increpa al muñeco, lo acusa, lo insulta, lo abofetea. Con estudiada estrategia va subiendo poco a poco el tono del discurso. Y cuando percibe que el ambiente ha alcanzado su clímax, lo arroja de una patada hacia la multitud enfervorecida. En el tumulto que se forma alrededor de los que atrapan al muñeco, la simbólica masacre continúa. Por la calle pasean perros ataviados con coquetos chalequitos de apoyo. Los canes levantan la pata en el cartel del candidato que más les acomoda. No hacen distingos ideológicos. Hay banderas, pulseras y merchadising diverso. Y miles, miles y miles de camisetas amarillas. Por todas partes.

Durante el último año, en cada visita a Brasil, se ha hecho más patente el crecimiento del ejército de bolsominions, término despectivo con el que sus detractores califican a los seguidores del candidato. Una ola que empezó tímidamente y que se ha ido convirtiendo en el maremoto que terminó por arrasar en la primera vuelta de las elecciones y que pronostica el mismo resultado el próximo domingo. Desenlace descorazonador de un entusiasmo sordo que fue infiltrándose en las calles como un virus incubado lentamente y que estalló por todas partes contagiando a pobres y ricos, negros y blancos, gays y heterosexuales. 49 millones de votos en primera vuelta, 1 de cada 3, son muchos votos, no es la élite. La rabia popular contenida durante los últimos años de profunda crisis económica y social ha encontrado un mesías salvador en Jair, ‘el mito’, Messías Bolsonaro.

Radical. Esa es la palabra que más se escucha en boca de sus votantes. ‘Aquí nada funcionó, necesitamos un cambio radical’. No hay contrargumento que los haga desistir: Bolsonaro ponía bombas. No importa, Dilma también. Los pobres sólo sirven para votar. Chiste. Habrá más armas en circulación, empeorará la seguridad. Bah, pensamiento petista, Haddad fantoche de Lula, las armas son muy caras casi nadie podrá comprarlas. Retirará el décimo tercer sueldo a los trabajadores contratados. No puede, está garantizado por ley. Vía libre a la policía para abatir sospechosos. Frase manipulada fuera de contexto. Y así.

Del panadero a la mujer que atiende un quiosco de diarios, del mozo negro de un restaurante a kilo a la señora pudiente que se hace la manicura a 100 reales en los salones de Ipanema o de Jardins, del homosexual a quien Bolsonaro desterraría del planeta a los trabajadores que viven en las favelas más conflictivas del país, muchos, demasiados, son los que por encima de cualquier exabrupto apuestan con su voto por el informe cambio radical que promete Jair. Sus seguidores tienden a dejar pasar por alto sus consignas más violentas, a tomarlas como chistes de campaña o como noticias falsas difundidas por sus oponentes. Leí en los comentarios de un vídeo de Youtube la frase de un supporter que resume muy bien la inmunidad que parece proteger al candidato de cualquier crítica y hasta volverla a su favor: ‘Bolsonaro es como la clara de huevo, cuanto más la bates (por golpear en portugués), más crece’.

A los adeptos recalcitrantes se ha ido uniendo gran parte del electorado de centro que, sin comprar el paquete completo, sí se ha dejado seducir por las promesas de mano dura contra la violencia y la corrupción. Los brasileños están hartos de Brasil. No confían en los políticos ni en muchas de las instituciones del Estado, sienten que la democracia no ha cumplido con ellos sus promesas. El cambio radical que esperan estos votantes entraña riesgos manifiestos para las libertades y garantías constitucionales. Lo saben. Aún así, parece que muchos están dispuestos a asumirlos con tal de que el esperado ‘cambio radical’ llegue.

Meu partido é o Brasil. Hay algo sospechosamente similar en el lema aglutinador y nacionalista de la campaña de Bolsonaro con el Make America great again de Trump. Estrategias de redes digitales y discursos incendiarios que parecen calcados a los de la última elección presidencial norteamericana. Un plan de acción común adaptado sin mucha o ninguna discreción a la circunstancia brasileña. Una misma forma de comunicarse a través de un lenguaje basado en el exabrupto, la agresividad y el matonismo que, no se sabe bien cómo, pero consigue conectar con los sentimientos de gran parte del electorado y retroalimentarse con los propios memes y críticas que provoca. Una fórmula de éxito que se resume a sí misma en tres factores: nacionalismo a ultranza, líder autoritario que impondrá orden en la casa y lucha sin cuartel contra un único y omnipresente enemigo, el fantasma del comunismo encarnado en el candidato progresista opositor y en la prensa bolchevique disidente. Simple y claro. Muy transversal. Y por cómo se está configurando el mundo, parece que eficiente. Funciona. Dividir y polarizar. Todo canalizado a través de campañas disruptivas que parecen promover brotes de catarsis e histeria colectiva al estilo del viejo caso de las brujas de Salem o, como han señalado varios analistas, muy similares a la del episodio ‘The Waldo Moment’ de la serie Black Mirror.

Uno de los estrategas en la sombra del fenómeno ultraderechista de masas Jair ‘Mito’ Bolsonaro parece ser Steve Bannon. El candidato lo niega, pero las similitudes de las campañas y los entusiastas tweets de su hijo Eduardo parecen no dejar lugar a dudas de que se entienden bien. La diferencia con Estados Unidos es que, en caso de que Bolsonaro sea elegido presidente, frente a él no tendrá instituciones tan fuertes y consolidadas como las norteamericanas. Además, en Brasil, el ejército siempre se ha reservado una carta en la manga y ha intervenido directa o indirectamente en todos los procesos de gobierno. Casi la totalidad del llamado Grupo de Brasilia, que asesora y apoya la candidatura de Bolsonaro, son militares reservistas y algunos de ellos ya están llamados a integrarse en su gabinete de ministros si llega a la presidencia.

Qué nos pasa. Putin, Trump, Salvini, Maduro, Duterte, MBS, Orban, o Kim Jong-un son expresiones ideológicas diferentes de un mismo fenómeno de autoritarismo. Lo más probable, es que el próximo domingo, Jair Messias Bolsonaro se una al club. En el siglo XXI, el líder exitoso necesita ser más performer que político. Y curiosamente, los ciudadanos del mundo del comercio y las comunicaciones globalizadas optan cada vez mas por gobiernos nacionalistas, autoritarios y proteccionistas. Por líderes mesiánicos que, como las viejas monarquías, gobiernan rodeados de clanes familiares y amigos ventajistas.

Cuándo empezó todo esto. ¿A partir de 2008 con la crisis que sucedió al colapso del sistema financiero? ¿Antes? La historia, de cerca, es difícil de desmenuzar. Que hayan bastado setenta años para que este tipo de discurso vuelva sin pudor a la calle resulta triste y desalentador. En la columna La izquierda, el fascismo y la minoría equivocada, el filósofo Juan Rodríguez analiza con agudeza y profundidad las posibles causas del fenómeno.

Yo, visto lo visto y oído lo oído por Brasil, me declaro pasmada. No puedo ofrecer ninguna respuesta que lo explique ni propuesta de cómo evitarlo, mucho menos abordar un análisis coherente para entender por qué la mayoría de estos líderes consiguen alcanzar el poder por vías de sufragio democrático. Escapa a mis posibilidades. Si estoy escribiendo esto es por una cuestión sentimental, por la cercanía y el apego que tengo por un país en el que he vivido más de siete años.

Si en Brasil, uno de los principales motivos de este giro hacia la ultraderecha es la corrupción de la clase política que lastra el desarrollo social y económico del país, está claro que el problema no comenzó antes de ayer. Como apunta la novela de Érico Verissimo ‘Incidente em Antares’, es un mal endémico y enquistado que se remonta a los mismos orígenes de la república. En la actualidad, la corrupción salpica a todos los partidos, incluida la investigada caja B de Bolsonaro. Y si el otro motivo de peso es la inseguridad, en verdad asustadora, las propuestas de la candidatura 17 no parecen ni muy originales ni muy eficientes. El resto de los temas de la polémica agenda del capitán, son relleno. No menos importante para seguir aglutinando votos. Todo suma.

Tras el resultado de la primera vuelta del 7 de octubre, se comenta que las milicias ya han comenzado a tomar posiciones en algunos barrios de la Baixada Fluminense. Que la tensión entre la gente aumenta. No parece que esta vez las encuestas vayan a equivocarse. La calle vive un carnaval de bolsonismo efervescente a ritmo del inefable reggaeton ‘O mito chegou’’. Quedan apenas unos días para que el ‘cambio radical’ se instale en el Palácio do Planalto. A partir de ahí, black out, todo incertidumbre. Los que no gustamos de Bolsonaro nos ponemos catastrofistas. Como dicen los toreros al salir a la plaza, que dios reparta suerte. Habrá que entregarse en los brazos del destino y pensar que finalmente, como aseguran siempre los brasileros, tudo vai dar certo.

 

+ Silvia Veloso (Cádiz, España 1966). Es autora de los libros Sistema en caos y Máquina: la educación sentimental de la inteligencia artificial’ (2003, finalista del Premio Macedonio Palomino, México, 2007) y El minuto americano (2009). Algunos de sus textos aparecen en la compilación Gutiérrez de A. Braithwaite (2005) y Pzrnk: Alejandra, nenhuma palavra bastará para nos curar, ensayo y traducción al portugués de poemas de Alejandra Pizarnik,  Instituto Interdisciplinar de Leitura Cátedra UNESCO PUC, Rio de Janeiro (2014). En 2017, el proyecto ‘Relato de los muros’ fue exhibido en forma de instalación en la XX Bienal de Arquitectura (Valparaíso, Chile). Socia de Barbarie, pensar con otros.
+ Imagen: El Universal
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