Me rompí una rodilla durante un partido de fútbol por lo que estoy cojo. No puedo acercarme a ninguna manifestación. Mucho menos hubiera levantado el cuerpo con la gimnasia necesaria para una evasión masiva. Desde el día viernes mi única forma de acceso a los acontecimientos, además de las redes sociales (inmediatas y desprovistas de filtro pero también inciertas), ha sido la televisión, el cuadrado dominante, la ventana al mundo que mejora y mejora su calidad de representación, crece su tamaño respecto a nuestros ojos, entretiene y acentúa el consenso social. Todos los gobiernos y actores con intención de liderazgo saben que el medio más eficaz de transmitir ideas es la televisión. Incluso nosotros, espectadores, lo sabemos. Mientras hablan esas voces con estudiados matices de acentuación y relevancia, sus imágenes recortadas en el enfoque exacto, su diseño gráfico y la música con la que dramatizan antes de anunciar un ESTADO DE EMERGENCIA, nosotros los espectadores somos arrastrados por la pasión trágica, la ilusión artística que estremece, nos vamos con ellos, la cabeza se escapa de su lugar y vuela junto a las ondas que transmiten por antenas. Volamos y descansamos en las nubes de la no responsabilización, recibimos aquellas opiniones ya fabricadas que nos ayudan a tomar una posición antes de que sea doloroso profundizar. Se acaba la posibilidad de pensar y contactarse. Allá arriba, donde flotan las ondas televisivas, todo queda lejos y esas ondas son las únicas que llevan alguna pista matizada de la realidad.

El día viernes, después de una idea preciosa de evasión masiva al Metro de Santiago, como dijo el presidente del sindicato de Metro culpando a las autoridades por su actitud, el caos vial se transformó en uno social. Había una exigencia. Había una forma de manifestación creativa que, predecible, sería enfrentada con la fuerza policial. Luego aparecieron algunas barricadas y los primeros incendios. Nadie del gobierno hablaba. Nadie daba su opinión. Reprimieron la evasión masiva pero durante las quemas nadie acudió, como si eso permitieran hacerlo. Entonces, obviamente no televisado, en medio del desconcierto el presidente fue visto en una pizzería. Lo que creímos, con lo que bromeábamos, lo que memetizábamos se hizo evidente: no le importa nada. Todo explotó y eso sí fue televisado.

Hubo destrozos, pero primero una manifestación espontánea, necesaria y popular de la que estábamos siendo parte. Yo no, yo estoy cojo, solo vi esto por televisión. Estuve viendo imágenes todo el fin de semana. Desorden en las calles, muchos incendios, enfrentamientos, ninguna guía, al comienzo ninguna aparición de la autoridad, como si no quisieran quemarse, como cuando asesinaron a Catrillanca y mintieron; muy pocas ideas, ninguna búsqueda de las causas, de lo que está viviendo Chile para llegar a esto, y muchos saqueos, incontables personas cargando lavadoras, televisores, refrigeradores, colchones, papas fritas, sin ninguna exploración de cómo el neoliberalismo ha explotado nuestro deseo hasta hacerlo desenfrenado, un saqueo que responde a la violencia del márketing y el materialismo. Sigo con la televisión: muchos escombros, los militares en las calles recorriendo con tanquetas, llamas inapagables, buses en ruinas, un dudoso desabastecimiento, las amenazas de lo largo que sería recuperar la normalidad, pero nada de lo que ocurrió el sábado en la mañana donde familias cacerolearon sin que hubiera ningún conflicto ni enfrentamiento mientras no llegaran policías.

El sábado por la noche, volviendo a ocurrir la insurgencia, no las manifestaciones sino el levantamiento incendiario –que no tiene nada que ver con las demandas ciudadanas, aunque sí son consecuencia del mundo que quisiéramos cambiar–, seguía cojo, haciendo ejercicios kinesiológicos, mirando televisión, poniendo hielo en mi rodilla, escuchando helicópteros, sirenas, gritos y en la pantalla el cronómetro del horror: media hora para el toque de queda. ¿Nos iban a disparar? Pocas veces, quizás nunca, sentí algo así: mi garganta inflamada hasta asfixiarme. La voz de los periodistas tan certeros, tan claros, tan dueños de la verdad. Su verdad transmitible con sencillez me entraba por los oídos, hablaban de delincuencia mientras en la pantalla seguía la gente corriendo con electrodomésticos y haciendo colas en las bombas de bencina. La palabra, insuficiente e imprecisa, era angustia. Una gran angustia por no poder juzgar nada. Una alteración del ánimo producida por una gran confusión. El mensaje unívoco del televisor me volvía contra mí mismo. No podía permitir que me obligaran a tomar un bando. Me armé de mis muletas y poco antes de las diez salimos cacerola en mano a la esquina, para sumarnos y de alguna manera dejarnos entender.

A medida que me acercaba oía los ruidos de las ollas, algunas con ritmo, otras desordenadas, autos que hacían sonar sus bocinas en apoyo a un movimiento, compartiendo el sentimiento de una sociedad que ha sido mercantilizada hasta su más pequeño detalle. Mientras en televisión seguía la voz de Matías del Río regañando a las personas por tener necesidades, o aparecían el ministro del Interior o el de Defensa también retándonos por no ser capaces de encontrar más salidas en su juego del crédito y la privatización, afuera había personas. Apagué la televisión, no dejé más espacio a la sincronía que hacía el caos, eliminé las voces de personajes que solo se venden a sí mismos, salí como pude y afuera, golpeando ollas, estaba mi vecino, mi vecina, gente con la que no hablo mucho. Nos miramos las caras, compartimos algunas pastillas de menta, nos dimos cuenta de que por sobre los discursos transmitidos masivamente por los medios, discursos de clase, de raza, de diferencias etarias, nos encontramos en la calle queriendo lo mismo para un mundo que no lo tenía. En la vereda del frente otro vecino salió a tocar sus ollas con dos niños de diez años que nos conmovieron. Vivimos una reunión improbable bajo la imposición del individualismo que generó entre nosotros otra forma de comunicación: seremos cómplices de un cambio y no enemigos en una competencia mercantil. Eso, afortunadamente, tampoco va a ser televisado, así saldremos a buscarlo y será la forma de volverlo a encontrar.

PD. Cuando se publicó esta columna ya habían disparado.

+Simón Ergas es licenciado en Letras y Magíster en Edición. Editor en La Pollera Ediciones (Chile) y productor general de La Furia del Libro. Autor de las novelas De una rara belleza (2011), Tierra de aves acuáticas (2016) y del libro de cuentos cortos Delitos de poca envergadura (2017).