Una camisa sin mangas con cuellito y botones, celeste, imitando un lavado claro de mezclilla. Debajo llevaba un sostén morado que me había comprado en las vacaciones. Una falda de jean con dibujos de espirales, y con un forro por dentro como si fuera shorts. ¿De qué color era mi calzón? Creo que azul, no sé, creo que azul. No sé si llevaba zapatillas o bototos. Cualquiera, supongo. Siempre son zapatillas o bototos.

Fuimos a Bellavista la primera semana de clases. Jueves, creo. Éramos, ¿diez? Estaba yo y los Davids y el Mago –así le decíamos–, el Víctor, el Nacho, el Pablo, el Tite y el Beto también, parece. El Diego y el Daniel y el Oliver. Sí, estaba el Oliver porque él sacó la falopa en la plaza. Pero yo no jalé, aunque casi sí. Igual me daba curiosidad. El David me dijo que en verdad no lo hiciera porque me iba a cagar la vida, pero que ellos ya estaban metidos en esa y que filo, ya estaban en esa. El Dada, ¡también estaba el Dada!, ese fue el que se sacó la mota. No, no me acuerdo de qué raza era, pero en esa época yo no sabía la diferencia entre cogollo y porro. Menos entre sativa e índica. Menos si era amnesia haze o moby dick o cripy. Fumamos caleta. Y después caminamos harto porque queríamos encontrar un bar que vendiera chela barata. Y justo antes de llegar al cerro San Cristóbal entramos a un local.

El Mago se encontró con una amiga, pero parece que era la polola, o a lo mejor todavía no era la polola y él se la estaba joteando. En el bar nos juntaron como tres mesas y pedimos varias botellas y ya no sé si yo puse plata o a lo mejor me invitaron. Escudo creo que era, pero a lo mejor era Báltica. La más barata. A mí nunca me gustó la chela, pero entre que estaba volada y me estaba riendo, tomé. Nos servimos en vasos de plástico, esos desechables que son como para cumpleaños de cabros chicos, y obvio que a alguno se le dio vuelta una botella cuando se estaba sirviendo. Pero. ¡Espera! Yo había ido con la Caro, con la niña que no sabía si era o no la polola del Mago, había ido con ella a comprar Mistral Ice o Smirnoff o algo así porque yo no tomaba chela. Y el tipo casi nos echó cuando nos vio volver con las tres o cuatro o dos botellitas. Que solo se podía consumir en el local lo que se compraba en el local. Qué imbécil. Yo tenía una botella plástica de agua y creo que fue el Dada el que me ayudó a vaciar mi vodka en ella. Entonces los demás tomaban chela y yo tomaba de mi botella de agua y el weón que nos atendía cachó altiro que no era agua, pero ¿qué más me iba a decir? Había hackeado el sistema. No, no, si es agua, de verdad. Sí, claro. Nos tomamos una foto, “para la prosperidad” decíamos. A mí que me carga tomarme fotos. Salí por suerte borrosa, porque la tomaron de la otra punta de la mesa.

¿Nos echaron o nos fuimos?
Caminamos de vuelta al metro Baquedano y de repente ya no éramos tantos. Estábamos el Nacho, el Pablo y yo. Ahí nomás. Sentaditos, fumando, entre agujas –que aprendí que eran los pitos súper delgados– y cigarros.

Alguien llamó por teléfono. No recuerdo si fue mi mamá para decirme que me fuera a la casa, que ya era tarde, que si me venía a buscar, o a lo mejor fui yo quien la llamó, que quería quedarme un rato más, que estaba bien, que estaba entretenida con mis amigos de la U.

En un momento el Pablo me dijo que le pasara el teléfono, así el convencía a mi mamá de quedarme con ellos. No creo que al final haya hablado con ella. Y entre tantas voces, le prometí a mi mamá que estaba bien y que me iba a quedar en la casa de uno de ellos y que sí, que es seguro, que voy a estar bien, que lo prometo.

¿Fue en ese momento que decidimos tomar un taxi? A lo mejor. Entre el Pablo que estaba jalao y curao y, más encima, volao. Yo, curá y volá. Y el Nacho todas las anteriores. Cuando estábamos en el taxi, los tres sentados atrás, el Pablo le empezó a dar direcciones al taxista. Creo que ahí cachamos que no íbamos a una casa, sino al hostal de la familia del Pablo, o de su mamá. Y que ahí podíamos dormir y todo muy piola. El Nacho ya estaba bien borrado, no decía nada, solo se reía. El Pablo me decía que era mejor así, que no se iban a arriesgar que me fuera sola en micro a las tres de la mañana, que me podía pasar cualquier cosa.

Nos bajamos a una cuadra del Club Hípico y el Pablo le pagó al taxista. Mentira. El Pablo no tenía plata, nosotros tampoco teníamos y no sabíamos que hacer. Y a lo mejor no, a lo mejor seguíamos riéndonos porque no teníamos plata para pagar el taxi. Entonces el Pablo le pasó al chofer su licencia de conducir, o su carnet. Y me acuerdo que le decía al taxista que la tomara como garantía, que ahí salía la dirección de su casa y que al día siguiente le pagaba. Y el taxista le decía que filo, que no se preocupara, y el Pablo dale con va a llover, que no, que tómala nomás, pa que así te des cuenta que soy un weón honesto, de verdad que te pago, vas a mi casa y te pago, de verdad, weón.

El taxista se fue con el carnet o licencia y nosotros entramos al hostal. Parece que fue un primo del Pablo el que nos recibió y nos pasó una pieza. Parece que estaba enojado o que le había molestado que hubiésemos tocado el timbre porque había gente durmiendo y era súper tarde, como las cuatro de la mañana.

La pieza que nos tocó era chica y estaba a un pasillo de distancia del baño y tenía dos camas, una de una plaza y otra de dos. Las paredes eran de un blanco sucio que se descascara fácilmente y había una tele chica, de esas cuadradas gigantes que pesan caleta.

Lo primero que pasó fue que el Nacho se puso los audífonos y se desplomó en la cama de una plaza. Con el Pablo nos reímos, pero el Nacho ya estaba roncando y cachamos que ya no había más que hacer. Que él y yo dormiríamos en la cama grande.

El Pablo era oficialmente lindo y habíamos estado coqueteando durante la noche y como yo siempre fui buena para que me gustaran todos, igual me gustó la idea de dormir con él. Si nunca había pasado nada, en general. Todos me decían que no, o que fuéramos solo amigos o que se habían enamorado de mi amiga, o que ya tenía polola. De verdad que estaba acostumbrada a ser calientasopa porque nunca iba más allá de eso. Y no creo que me haya dado cuenta que existía la posibilidad de que alguno de todos se la creyera.

Me saqué el sostén morado para acostarme, porque entre que nunca duermo con sostén y era una rutina muy obvia, y que igual me gustaba la idea de tener una “actitud seductora”. El Pablo se acostó en puros calzoncillos. Nos metimos debajo de la sábana húmeda y puede que me haya abrazado, pero probablemente no.

Me quedé dormida altiro.
O a lo mejor no.
De repente siento que se sube arriba mío y me besa.
¿Era un sueño? Ya no sabía. Tenía más que suficiente mota y alcohol en el cuerpo.

Podía moverme, pero igual me costaba abrir los ojos. Y me siguió besando, con lengua y manoseo. Me sacó la falda y los calzones. O, a lo mejor fui yo.

Y yo solo sentía su peso encima de mi cuerpo y sus manos en todas partes, ni siquiera lo veía porque por alguna razón, no podía abrir los ojos.

Y entonces siento así como una salchicha en mis labios. Me forzaba su pene en la boca y me dio mucho asco porque se sentía esa vienesa cruda entrando por mi garganta y hasta me daba miedo a que me diera más asco y terminara vomitando. Y le dije que no, que no quería. Entonces él volvió a darme un beso en la boca.

Yo era virgen.
Yo era virgen y ni caché si me dolió o no cuando me la metió.
Estaba cansada y me pareció raro que no me estuviera doliendo. A lo mejor con tanta masturbación me había roto el himen yo sola.
Y era raro, porque lo sentía pero no sentía nada. Ni me gustaba ni lo repudiaba. Como que era nomás.
¿Pasó algo más después o me quedé dormida? No lo sé.
Sonó la alarma de un teléfono y cuando abrí los ojos ya estaba claro afuera. El Nacho se levantó de la cama de al lado. Conchasumadre, dijo.
Yo estaba sin calzones ni falda. No quería destaparme. Me preguntó si me iba con él, que nos fuéramos caminando al metro.
Si yo le decía que sí y me levantaba, iba a ser escándalo. Entonces me tapé aún más con la sábana. Que no, que yo me voy después. Me preguntó varias veces si estaba segura y parte de mí quería irse, pero ¿cómo me iba sin mostrar nada?

Que no, que de ahí me voy.
¡Espera! Recuerdo que en algún momento fui al baño. Después de que tiramos, me dieron muchas ganas de hacer pipí.

A lo mejor fue en ese momento, o después de que se fue el Nacho y yo agarré mi falda de jeans y mis calzones quizás azules que estaban en el piso y me los puse, que el Pablo me dijo que se me veía el poto más parado. Como que me veía más mujer. Creo que me sonrojé porque se sentía como un coqueteo.

Y no sé si fue en ese momento o después cuando me dijo que si no hubiera sido él y hubiera sido el Oliver en esa cama, que me habría masacrado.

El Oliver también era guapo. Más que el Pablo. Pero tenía esa actitud culiá de “todo vale verga” y se creía el muy rudo porque usaba ropa rota y negra y tenía el pelo largo (aunque ya se estaba quedando pelado por la droga) y tocaba bajo en una banda de metal.

¿Hubiera preferido que el Oliver me hubiera masacrado? A lo mejor. A lo mejor me gustaba la idea de que ninguno de los dos podía dejar sus manos quietas. Que tenían que tocarme y manosearme porque así de deseable era yo.

El Pablo me acompañó hasta el paradero, conversando cosas triviales como que hace frío hoy día y que en cuánto pasa la micro.

Nos sentamos atrás, al lado de la ventana, y yo miraba Blanco Encalada, Matucana, Mapocho, mientras íbamos a Providencia, y me quedé callada. Y él trató de hablarme y yo seguía callada. Y me preguntó qué me pasaba, y le dije que nada. Y me bajé en el paradero del metro Salvador, callada, con olor a cigarro y a trago y a mota, y no sé si me fui a mi casa.

+ Siena Hidalgo (Santiago, 1995), es Técnica en Sonido del Instituto Profesional AIEP. Toca piano y teclados, y compone música. Ha participado en distintos talleres literarios, con Marcelo Simonetti, Gonzalo Contreras, Lumen y actualmente con María José Viera-Gallo. Este cuento es inédito.

 

Total
7
Shares