Morir
es un arte,
como todo.
-Sylvia Plath

 

Salimos del cementerio en silencio, fumando, y mientras cruzamos la autopista por la pasarela enrejada, la visión de los autos y los camiones, pasando a toda velocidad allá abajo, me produce un repentino mareo, como si atravesara, en realidad, un río correntoso atestado de cocodrilos sobre un precario puente colgante. Paro, cierro los ojos, inhalo, cuento hasta diez, y exhalo; una vez, dos veces. Abro los ojos y apuro el paso hasta alcanzar a mis amigos que van delante, siempre en silencio y fumando.

Es un día de sol, extrañamente cálido y luminoso para la fecha. Fugaces filamentos de nubes manchan apenas el cielo, y una leve brisa sacude las hojas de los árboles y hace girar, lentamente, los remolinos fluorescentes que adornan algunas tumbas, arrastrando, al pasar, los aromas salobres del terminal pesquero.

Nos subimos a una micro vacía y una hora después nos bajamos en el centro con la impresión de haber recorrido cientos de kilómetros. El ajetreo de las calles nos parece aún más absurdo de lo habitual. Caminamos rápido, esquivando a los demás transeúntes que nos miran de una manera dudosa, como si adivinaran algo, o algo en nosotros les despertara una inmediata desconfianza, quizás porque caminamos, sin darnos cuenta, con ingrávidas zancadas de astronauta, o como avanzando por una frágil pasarela de hielo.  

«Afeitado y con terno se parecía a Robert De Niro», dice la noche anterior el único amigo que alcanzó a verlo, y todos reímos sin saber muy bien por qué; y es que esa noche no paramos de reirnos. Todo lo que decimos termina convertido inevitablemente en comedia, como si un don irrefrenable nos hiciera a todos, de pronto, humoristas.

Me distraigo mirando a una niña que toca la mandolina. Admiro su habilidad, su concentración, aunque toca con relajo, sin esfuerzo. El sonido del instrumento es alegre y despierta en mi cabeza una serie de asociaciones cinematográficas que dejo pasar. No quiero distraerme, no quiero contaminar mi percepción pura del momento, quiero vivirlo plenamente, sin distorsiones, el volúmen del ego al mínimo; una pura cámara que mira y registra todo: el vendedor de jugos y super ochos que se acerca, y ofrece su mercancía en voz baja; el adolescente que, parado sobre una tumba, practica ese paso de baile que está de moda, ése que consiste en mover de un lado a otro los brazos manteniendo las piernas rígidas, como formando una especie de péndulo; el botellón de vino tinto y la lata grande de cerveza decorando una tumba, el perro indolente que bosteza.

En medio de la pasarela recuerdo vagamente un cuento de John Cheever sobre un hombre que es incapaz de atravesar un puente. De un día para otro, un pánico irrefrenable le impide cruzar al otro lado,  hasta que un día se le aparece en medio del puente una especie de ángel, que propicia en el hombre la epifanía necesaria para superar la angustia. Así de fácil. Cierro los ojos. Inhalo, exhalo. Desde la pasarela, la ciudad es solo una presencia turbia, distante. «Como zambullirse en un río de pura velocidad», así debe ser, pienso. «Y después, nada». Quiero escupir hacia abajo, pero tengo la boca reseca.

Después nos emborrachamos y miramos fotos. Nos emborrachamos y comemos empanadas de pino. Nos emborrachamos  y simplemente estamos juntos. A veces nadie sabe qué decir y no importa, nadie dice nada. Nadie prende la luz, nadie se mueve. Nos emborrachamos y miramos en silencio como el humo de los cigarros adquiere en la penumbra formas que despiertan en la mente una serie de imágenes inconfesables.

+ Ricardo Vivallo (Santiago, 1984) escritor y artista visual, es fundador y editor de Libros Tadeys, sello independiente dedicado a la poesía y la narrativa contemporánea. En 2015 ganó la beca de creación del Fondo del Libro y fue finalista de los Juegos Literarios Gabriela Mistral; en 2016 obtuvo el primer lugar en el concurso de cuentos de revista Paula y en el XIII concurso Stella Corvalán, género poesía. Publicó el libro Cuaderno de Guayaquil con Saposcat.
+ Imagen: Kurt Kranz